Nervios sí, nervios no.

Qué fácil resulta volver a vivir en piloto automático, la inercia es muy potente y, al menor descuido, la inconsciencia vuelve de una forma  otra.

Hace algunos años, mi profesora de Gestalt, de quien me acuerdo con cariño a menudo, no admitía que expresara que me sintiera nerviosa por algo. Recuerdo la rueda de emociones que hacíamos y esa no estaba en el listado admitido. Me costó entender que, efectivamente, sentirnos nerviosos es temer por algo que puede pasar.

Hace un par de días me descubrí reconociendo nervios por un hecho que estaba a punto de ocurrir y volví a darme cuenta de que estaba dejando de analizar cuál era mi temor. Pero, afortunadamente, este hecho me devolvió a la consciencia de no dejar pasar oportunidad para saber exactamente cómo me siento, por qué y qué necesidad estoy dejando de atender.

Detener nuestra locura mental varias veces al día y revisar nuestra emoción nos devuelve a la presencia. Atender después a lo que nos ocurre ya es otra elección.

Imagen original PalomaMGF

Por ejemplo, sentir nervios por una reunión puede significar temer no estar a la altura por no haberla preparado demasiado; Estar nerviosos/as por un viaje que vamos a emprender puede esconder un temor a lo desconocido en el destino o a lo que nos depare el propio viaje; Sentirnos nerviosos/as por la visita de un cliente o una persona importante puede ser síntoma de un temor a no agradar o a decir algo impropio ante una pregunta comprometida.

Idagando un poquito más allá, ¿qué hay de las necesidades insatisfechas detrás de este temor o miedo? Si logramos llegar a ellas, podemos tomar acción de forma efectiva.

Siguiendo el ejemplo:

1.- El temor ante la reunión, puede dar la pista de que necesitamos preparación ante lo que vamos a defender o, si resulta que, además, la hemos preparado, puede que necesitemos reconocimiento de los demás. Sabiendo cuál es la necesidad que impera, podemos pasar a la acción. O bien siendo más cuidadosos a la hora de prepararnos, o bien empezar a reconocernos conscientemente a nosotros mismos para dejar de necesitar tanto reconocimiento ajeno. Lo importante es actuar en consecuencia en función de lo que vamos descubriendo.

2.- El temor ante el viaje, puede que necesitemos seguridad. Por ejemplo, un buen descanso previo para poder viajar con todos los sentidos en el volante, puede ser una opción. Tener el viaje preparado para visitar lo que queremos y no dejarnos nada importante puede ser otra elección (aunque ya sabemos que los planes estrictos también pueden causarnos “nerviosismo”, es decir, miedo a no poder cumplirlos y decepcionarnos). Lo importante es actuar en consecuencia en función de lo que vamos descubriendo.

3.- El temor ante la visita de una persona importante puede revelarnos la necesidad de cumplir las expectativas de los demás, agradar o aparentar la profesionalidad que se espera. En este momento podemos reflexionar acerca de la idea de vivir de cara a los demás o de cara a nosotros mismos y en función de la respuesta, elegir la acción consecuente a nuestro descubrimiento.

Merece la pena seguir presentes.

Con los ojos abiertos, conscientemente.

Siempre eliges tú.

 

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¡Y qué!

¡Y qué si decides ceder ante la presión que no te dejaba respirar!

Siempre eliges tú y, si hoy cedes, mañana puedes volver a elegir actuar tal y como necesites y según estés preparada.

¡Y qué si no consigues subir el escalón según soñabas!

Siempre eliges tú y puedes volver a diseñar la estrategia que prefieras para hacerlo con todas tus fuerzas, si lo sigues soñando. Si sola no puedes, vale con ayuda.

¡Y qué si decepcionas a los que te rodean! 

Los que te quieren saben entenderte y seguirán contigo. Los que no, continuarán aprovechando tu debilidad para lograr sus propósitos. Siempre eliges tú y puedes estar con quien te haga sentir bien. También puedes cercar, sin temor, a quien no te respeta. Si hoy no lo has conseguido, mañana vuelve a ser perfecto para intentarlo de nuevo.

¡Y qué si lo que dices hoy no concuerda con lo que haces mañana!

Siempre eliges tú y puedes cambiar tu forma de pensar y actuar si crees que el camino se vuelve frío y oscuro. Nada es irreversible y toda decisión puede ser revocada si palpita de nuevo el sentido de justicia y libertad. Tus actos te definen, las palabras muchas veces son decoros de nuestros miedos. No temas si dices lo que no sientes y cuida, siempre que seas capaz, que tus actos sí reflejen lo que eres. Si hoy no lo has conseguido, prueba mañana de nuevo. Nunca es tarde para abrazar la coherencia.

¡Y qué si temes haber caído de nuevo!  ¿Para qué tanta lucha si no ha servido para avanzar?

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No hay un sendero diseñado que sea inamovible, cada segundo va cambiando en función de miles de circunstancias que se convierten en causas de estar donde estás. No hay demasiado control en los resultados, sí en nuestra decisión de actuar y en la actitud que queramos tener ante cada acontecimiento. Nunca retrocedes tanto como cuando no te mueves. Cada momento es un cambio del anterior, cada decisión es un cimiento nuevo y, por mucho que se resquebraje lo que construyes, nunca será igual que si no hubieras colocado ni una pieza nueva. La principal lucha es la que libramos contra nosotros mismos todos los días. Alinearse es la solución, emoción-pensamiento-acción, aunque generalmente requiere esfuerzo. Siempre eliges cuándo es el momento de intentarlo de nuevo.

¡Y qué si te sientes agotada! 

Siempre eliges tú cuándo es el momento de descansar, de coger aire, de levantarte, de atender lo que necesitas, de atender a quienes te necesiten. Recuerda que si tú estás bien, lo harás bien para ti. 

Hoy más que nunca, siempre eliges tú.

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Cuando no es hábito y sí es sumisión

Si un comportamiento se realiza constantemente por miedo al refuerzo negativo, no es un hábito, es sumisión.

Si, además, el refuerzo negativo del comportamiento nada tiene que ver con el mismo, el condicionamiento se vuelve inútil.

No nos engañemos, si el educando realiza la acción sólo por temor al castigo como refuerzo externo, ¿qué estamos consiguiendo? Miedo.

Logrando comportamientos gracias al miedo no los convertimos en hábitos si constantemente necesita este tipo de refuerzos. Tampoco estoy nada segura de sea el mejor modo de crear hábitos aunque éstos se naturalicen una vez que, pasado un tiempo, se retire el refuerzo negativo, pero es aceptado socialmente.

Educar infundiendo miedo de forma constante es someter. Y ya sabemos lo que ocurre con la sumisión. O aplasta o provoca rebelión.

Quien elija este modo de educar puede necesitar saber que un hábito se acaba conformando cuando se puede retirar un refuerzo externo (ya que es externo, mejor positivo que negativo) y el comportamiento surge de manera natural. Pero si, además, el refuerzo propuesto es interno, el comportamiento queda instaurado con más fuerza, más sentido y más consciencia.  Pero este camino es más complejo y no es el más usado. El castigo es más inmediato, más impactante, más amenazador.

Vanagloriarse de imponer e inculcar hábitos con calzador y depender de éste continuamente es engañarse. Quien aplauda esta formación de hábitos, alaba la sumisión de una forma enmascarada.

¡Cuidado! Hay verdaderos expertos en vender sumisión en forma de una educación estricta y ejemplar. Reforzando esta idea, podemos apoyar al que somete a continuar ejerciendo esta práctica con total impunidad.

Y la sumisión causa consecuencias graves y perennes. Así de duro y así de rotundo.

A veces, lo que se muestra con lazo rojo esconde una realidad muy dura y dolorosa para el sometido. Todos somos responsables. Decidir mirar también es una elección.

Siempre eliges tú.

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Sí puedes

Sí puedes.

Salir y gritar ¡ya basta! Mirar de frente con fuerza y no dejar que nadie cuestione tu suerte. Apretar los puños cada vez que te duela y levantar el rostro para no esconderte.

Sí puedes.

Preguntar hasta encontrar respuestas. No, no vale cualquier reproche, necesitas que respondan tus preguntas. Atacar es sencillo, impacta pero no responde y ya no te vale. Desbaratar tus argumentos con un grito es fácil, impone pero no es útil y ya no te vale. Razonar y mostrar coherencia es lo difícil y tú lo haces cada día. No te sumes a quien, con la fuerza, cree que puede aplastarte. Tu camino es verdadero, auténtico y puro.

Sí puedes.

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Defender tu criterio por mucho que cueste y contra todo el que desee acallar tu palabra con la mentira y la manipulación. No permitas que nadie te atrape mostrando su lado débil sólo para derribar tu motivo. Escucha razones, no lágrimas que manipulan, ni palabras que atacan y pretenden mostrar una culpa inexistente. Ya sabes que la culpa no existe, la responsabilidad sí. Tus motivos son los que alcanzas a ver cada día, desde tu perspectiva. Sólo eres responsable de ti y de tus actos, nunca culpable.

Sí puedes.

Sigue analizando todos los para qués que seas capaz de encontrar y, si continuas segura, adelante. Protege tus muros y muestra firmeza. La manipulación cae ante la seguridad. Sin víctima, no hay maniobra posible. Sin marioneta, no hay controlador que opere.

Sí puedes.

Y dejarás de encajar en el molde habitual. Y perderás personas cercanas que usan el control para manejarte. ¡Que se vayan lejos, muy lejos! Y vendrán nuevas personas que respeten tu integridad. ¿Sabes por qué? Porque tú ya la respetas. ¡Que se acerque todo el que te haga bien!

Sí puedes.

Sin miedo y con fuerza; con palabras y razones; con escucha y sin permitir injerencias; con tus muros y con todo tu corazón.

Siempre hay más de un camino, no hay final oscuro, encuentra esa luz, que la llevas. Y si sola no puedes, sabes bien quien está cerca para encender tu vela.

Siempre eliges tú.

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Cuando el otro quiere desestabilizarnos

Es una afirmación que realizamos o escuchamos habitualmente y, casi sin pensarlo, la compramos. Imaginamos a ese otro tratando de desbaratar cimientos con la intención de hacernos caer.

Antes de dar crédito y asignar ese juicio rotundo, podemos preguntarnos, en primer lugar:

¿Lo que vemos es lo que ocurre realmente o vuelve a ser la proyección de nuestro propio conflicto? Recordemos que el ego juega un gran papel en nuestros juicios y suposiciones.

Como, en relación a este tema he escrito ya varias veces, vamos a suponer que, verdaderamente, el otro está actuando con la intención de provocar que nos desestabilicemos.

Definamos qué queremos decir con esto, porque aquí también hay matices y cada uno podemos entender el término de una forma u otra. Desestabilizar quiere decir hacer perder la estabilidad de una persona.

Si el otro nos percibe estables, coherentes y rotundos y piensa que él/ella está en situación de pérdida, es posible que utilice estrategias dirigidas a derrumbar esa integridad porque, de ese modo, puede lograr equipararnos consigo mismo. Lo más normal es que él/ella  no se perciba inestable, no es consciente de su incoherencia ni de su deseo de compensarla haciendo incoherente al otro. Al no ser consciente de su inconsistencia, no se responsabiliza de ella y no puede llegar a solucionarla, por lo que la estrategia habitual, para equilibrar posiciones, es provocando al otro con la idea de derrumbar sus cimientos que le fijan establemente al suelo.

Si pudiera resolver su inestabilidad, se percibiría en igualdad de condiciones con el estable y no habría necesidad de competir. Pero percibiendo posibilidad de derrota, se revuelve para tratar de compensar la desigualdad.

De este modo, puede decirse que el deseo de desestabilizar es consecuencia de una inestabilidad del otro, es una estrategia de defensa para buscar esa igualdad que no sabe conseguir de otra forma.

Si nos encontramos ante la amenaza de tal actitud, es importante que mantengamos la calma y sepamos ver esta necesidad en el otro cuando percibamos las provocaciones ya que es una forma de entender su forma de actuar y no perder la perspectiva de nuestra estabilidad. Si, por un momento, damos crédito a su intención, es fácil caer en el juego y empezar a competir por mostrar nuestra coherencia. Si nos percibimos estables y coherentes con honestidad mantengamos, ahora más que nunca, la integridad de nuestros motivos, si los seguimos validando. Intentar defendernos o mostrar al mundo estos motivos puede ser una trampa que nos atrapa y nos aboca al desequilibrio. No hay necesidad de defensa, no hay necesidad de muestra, la estabilidad y congruencia se vive tal y como es, no se construye. Mantengamos los motivos que nos anclan a la tierra siempre que sean los nuestros y si, desde nosotros, hemos de cambiarlos, hagámoslo. Si lo hacemos a partir de un “para qué” real y profundo, la estabilidad continuará en nosotros. Y, aunque podamos virar, será en un escenario coherente.

Incluso en estos momentos, siempre eliges tú.

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Con comprensión, no hay necesidad de perdón. Sin ella, tampoco.

“Te perdono”.

“¿Me perdonas?”

Cuando hay comprensión, hay entendimiento. Se acaban las condenas y no es necesario el perdón.

Creyendo que necesitamos que nos perdonen, nos condenamos. Si juzgamos, nos creemos los responsables de perdonar o no. Cuando no logramos perdonar, nos castigamos de nuevo.

Es complicado pero, admitiendo que somos titulares de la concesión del perdón, estamos admitiendo que hay situaciones condenables o inocentes, circunstancias comprensibles y otras enjuiciables. También somos víctimas del juicio de los demás. Son los demás los que van a condenar o no nuestros comportamientos.

¿Y si logramos comprender?

Comprendiendo, aceptamos el motivo del otro y dejamos de juzgar. Comprender no significa compartir ni aplaudir. Sólo es entender, sin condenas. De este modo, se hace innecesario otorgar el perdón ya que no hay juicio, no hay dedo acusador. Y, cuando nos comprenden, se desvanece la necesidad de ser perdonados.

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El juicio viene del miedo; la comprensión, del amor. Con amor, no es preciso el perdón. Si hay miedo o temor, exigiremos perdón o creeremos ser dueños de otorgarlo. Como si de un tributo se tratara.

Si, por un momento, logramos vislumbrar la construcción mental a la que estamos sometidos, veríamos que, realmente, no hay situaciones susceptibles del beneplácito del perdón. La comprensión o no, desvanece o solidifica esta construcción.

“Te perdono”. ¿Quiénes somos para otorgar o quitar este preciado trofeo? Cada uno puede llegar a ver, en la circunstancia a comprender, un matiz que lo hace diferente. Cada cual puede llegar a entender o no las causas y motivos del hecho. ¿Quién es el dueño del perdón absoluto si un acto puede percibirse de mil formas distintas, según sea el observador? No hay un perdón ecuménico posible para cada situación. Hay comprensión individual o no.

Si hay comprensión no hay necesidad de perdón, éste es un sinsentido. Si hay entendimiento, no hay condena y el perdón no tiene cabida. No podemos ser titulares universales de la comprensión a nivel global. Sólo entendemos aquí y ahora este suceso.

Si no hay comprensión no hay necesidad de perdón porque éste sería un envoltorio de algo que no existe. ¿Para qué el perdón si no comprendo? Es ilógico. Es vacío. Llegando a comprender, ya no es necesario el lazo rojo del perdón.

“¿Me perdonas?” Aparece la culpa. Nos condenamos irremediablemente y creemos que alguien debe liberarnos de la pesada carga. ¿Entendemos nuestros motivos por los cuales actuamos de una determinada forma? Si la respuesta es negativa, necesitamos situarnos en el punto en el cual decidimos actuar en función del escenario que alcanzábamos a ver. Había una necesidad que en ese momento nos impulsó a actuar del modo en que lo hicimos. ¿Lo vemos? Pues ejerzamos auto-comprensión para liberarnos de la culpa. ¿Compartimos ahora la forma en la que actuamos en aquel momento? Quizás sí, quizás no. A lo mejor ahora alcanzamos a ver más escenario y modificaríamos nuestro actuar pero entonces no podíamos ver aquello que ahora vemos. Entendámonos (estando hoy de acuerdo o no) en lugar de pedir que alguien nos extienda su mano sanadora. Y si necesitamos que ese alguien nos entienda, expliquémonos para que pueda compartir aquella visión. Y no es necesario mucho más.

Nada ni nadie va a otorgar un perdón universal. Si nos entiende, no hace falta el perdón y si no nos comprende, ¿para qué el perdón? Si nos entendemos, no hace falta la culpa y si no nos comprendemos, ¿qué significado tiene la culpa?

Sustituyamos “te perdono” por “te comprendo” y veremos cómo cambia la cosa. Sustituyamos “¿me perdonas?” por “me comprendo” o, incluso “¿me comprendes?” y fluiremos de modo distinto.

Que, ¿además de comprendernos necesitamos restituir o que nos restituyan el daño? Por supuesto, eso es otro tema compatible. Desde el entendimiento, la restauración del daño es más sencilla, más honesta y más justa para ambas partes. Pero este tema merece otro post, ya en otro momento.

Siempre eliges tú.

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No dejes, no permitas.

No dejes que los borrones de tu cabeza desvirtúen lo que crees. Sé que no es fácil sentarse al lado de quien vacía toda su basura en tu mente y que no te afecte. Grita más fuerte si puedes para que no te arrastre. En el fondo de tu corazón sabes lo que no es cierto. Siento que lancen tanto veneno para confundirte.

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Respira muy hondo, yo te ayudo. Despeja tanto gris mirando al cielo, que es limpio y sin recovecos. El horizonte siempre ayuda a recuperar lo que sabes. No es sencillo despojarte del traje de aristas que, con tanto empeño, pretenden enfundarte hasta asfixiarte. Pero sabes que eres más fuerte que cualquier mentira. Yo me encargo de susurrártelo cuando lo precises. Patalea cuanto sepas para que nada más se cuele. Hay tanto esfuerzo a tu alrededor para mostrar lo que no existe, que cuesta mucho mantener cristalina la mirada.

Si supieras cuánta verdad hay en tus ojos y en tu alma, no permitirías a nadie que te hiciera dudar. Pero es más fuerte el ansia de ganar de los que te rodean y dañan demasiado como para mantenerte intacto.

No te preocupes que cuido de tu luz, aunque no lo sientas. No decaigas porque en cada minuto de tu día velo para que sigas con toda tu fuerza. Y aunque tú dudes, quedo muy muy cerca para mantenerte a salvo.

Te prometo que volverás a saber lo que es cierto y lo que no, volverás a distinguir la claridad con todo su esplendor. Te llevo en mi espalda, siempre que quieras, para bucear hacia lo más hondo que podamos y recuperar la belleza de la sencillez. No sufras ni un minuto más que hay mucha luz donde no imaginas y tu halo te acompaña siempre.

Aunque escueza, mantén toda la firmeza que seas capaz, muy pronto exploraremos nuevas formas de entender, de aprender, de discernir para que sepas amurallar tu verdad más absoluta. No permitiremos más injerencias. Límites sí y bien rotundos. Nadie tiene derecho a herir de tal forma tanta inocencia.

No dejes, no permitas. Yo te ayudo.

 

 

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