Sombra aquí, sombra allá

¿Para qué tanto empeño en construir sombras que nada tienen que ver con los objetos que proyectan? ¿Qué hay de malo en permitir que la sombra sea del mismísimo objeto y no de otro distinto?

Estas preguntas me las hago día tras día al observar el tremendo esfuerzo de muchas personas que me rodean en disimular aquello que es.

La sombra va y viene junto con aquello que proyecta. Si el objeto y su sombra se separaran, resultaría inconsistente. Si la sombra difiriera en la forma del objeto en sí mismo, pensaríamos que nuestra visión nos engaña y que hay otro objeto que desvirtúa la sombra inicial.

Si esto lo vemos tan obvio, ¿por qué creemos que nuestra percepción se va a creer la imagen que pretendemos dar de la realidad? La obviedad se impone y resulta absurdo tanto intento de enmascarar lo que hay.

Pretender proyectar imágenes ajenas a la realidad puede funcionar a corto plazo pero el tiempo se encarga de desvanecerlo. Construir imperios mantenidos por inconsistencias provocará que sus cimientos se resquebrajen tarde o temprano.

No, no quiero guardar apariencias si la imagen que se proyecta es ajena a la realidad que percibo. No quiero defender aquello que hace aguas cuando he visto cómo se agujerea el barco deliberadamente. No tengo ganas de asumir y callar cuando nadie explica. Lo que es, es y si el deseo es aparentar lo que no es, quizás sea necesario revisar qué parte de lo que es nos desagrada y modificarla para que la imagen sea fiel a la realidad. Empezar por la imagen y no por el objeto quizás sea más sencillo, pero menos consistente.

Me cansa el empeño de abordar detalles inútiles de un cuadro sin pintar. Me gusta trabajar en pintar y volver a pintar hasta que quede como quiero para luego mostrarlo. El marco o el lazo que decora el envoltorio, si bien lo muestra más atractivo, jamás sustituye la obra.

Dejemos de obcecarnos en el envoltorio y en las miles de palabras que describen la realidad si ésta no coincide con tal imagen.

¿Qué tal dedicar todo el esfuerzo en transformar el cuadro para que coincida, lo más exactamente posible, con aquello que queremos mostrar? De este modo, la imagen fluye, no se construye.

Siempre eliges tú.

 

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La importancia de fomentar el análisis tras el conflicto

La escena se desarrolla un día cualquiera de clase, en un colegio cualquiera. Juan empuja a Pedro y éste, con rabia, le propina un golpe fuerte en la cara.

Cada día me inquietan más las reacciones habituales que tenemos. No sólo me refiero al ámbito infantil. Esto es algo contagioso, no sé bien quién contagia a quién. Creo que los adultos no damos buen ejemplo cuando gestionamos nuestros conflictos. Más que elegir nuestras acciones, reaccionamos. Ellos nos observan. No importa que no entiendan nuestras explicaciones, sólo y simplemente se empapan de lo que hacemos, para bien y para mal. El ejemplo transmite mucho más que las palabras.

En el supuesto que he mencionado, es habitual encontrar “soluciones” a la situación. El adulto, maestro, padre, educador, emite un veredicto rápido asignando la culpa principal a quien ha podido observar agrediendo. Y después, suele venir el castigo como arma infalible “para que no vuelva a suceder” (ya he hablado en otros posts lo que opino de esta medida, no me quiero detener ahora en esto). Y para culminar el buen hacer del adulto nos encontramos con expresiones similares a “venga pídele perdón”. En este caso, Pedro pidió perdón con lágrimas contenidas de rabia.

Y problema solucionado. ¿Seguro?

Lo que sacamos de todo esto es una situación en la que dos niños quedan afectados por emociones sin resolver y con una falta de entendimiento que puede generar rencor a corto plazo. Es cierto que la mente infantil es muy presente y como tal, pronto olvidan el pasado, apenas piensan en cómo va a ser la relación futura entre ellos. Pero la falta de entendimiento en este conflicto importa.

Entiendo que potenciar la reflexión de lo sucedido lleva tiempo y paciencia pero es necesario si queremos fomentar la empatía. Y qué mejor modo de hacerlo comenzando por la auto-empatía.

Una breve intervención con los dos chicos sería suficiente. Y elegir el momento también es importante. Es complicado fomentar la reflexión con ellos cuando la emoción sigue candente. Vamos a esperar a que la razón recupere el protagonismo y puedan pensar con claridad.

  • Preguntemos a Juan qué le ha llevado a empujar a Pedro. En el caso en cuestión, Juan nos explica que perdió el equilibrio hacia Pedro porque María le empujó a su vez.
  • Preguntemos a Pedro si lo que expone Juan lo había percibido así. Pedro nos explica que no se dio cuenta de que fue una pérdida de equilibrio y lo que pensó es que Juan quiso empujarle para vengarse de otra situación conflictiva sin resolver del día anterior. Esto sucede cuando suponemos, imaginamos o juzgamos la intencionalidad del otro sin haberla constatado.
  • Ayudemos a Pedro a comprender su propia reacción. No tiene sentido hablar de culpas en este momento. Viendo lo que pudiste ver, ¿entiendes la reacción que tuviste? Si hubieras percibido la pérdida de equilibrio, ¿habrías reaccionado igual? Pedro niega con la cabeza. Si hubiera visto la escena completa, desde fuera, su reacción habría sido diferente. Pero al no verla, reaccionó como supo con la percepción que pudo alcanzar. Esto nos pasa al reaccionar ante un hecho dejándonos llevar por la emoción del momento, sin analizar mínimamente lo sucedido o contrastar nuestra percepción. En cualquier caso, Pedro entendió su reacción sin justificarla y reconoció que, de haber tenido toda la información, probablemente no habría sentido la rabia que le llevó a actuar del modo en que lo hizo.
  • Preguntemos a Juan cómo cree que Pedro se sintió al ser empujado. Juan nos cuenta que cree que pudo sentir rabia, sobre todo al saber ahora que él percibió intencionalidad por su parte.
  • Indaguemos un poco más. Es muy importante fomentar la empatía más allá de la racional. Juan puede entender que Pedro se sienta rabioso, pero ¿le afecta?
  • Tratemos de que Juan imagine la emoción de rabia de Pedro, sólo así podrá comprender la reacción de éste, desde un punto de vista afectivo, no meramente cognitivo. ¿Puedes llegar a imaginar la emoción de rabia de Pedro? Si sintieras esa emoción ¿cómo habrías reaccionado tú? Preguntando, conectamos con el otro. Así ayudamos a Juan a ponerse verdaderamente en la posición de Pedro, no sólo desde un plano del entendimiento sino desde un punto de vista más afectivo. Juan nos explica que no sabe si hubiera reaccionado con un golpe tan fuerte pero seguro que con una agresión física, no sólo verbal.

Realizado el análisis, ambos han llegado a comprenderse. Primero, se han legitimado a sí mismos. Han llegado a auto-comprenderse, sin culpas. Han analizado cómo se habrían comportado de haber conocido la realidad de la situación. Han imaginado otro tipo de comportamiento más adecuado a lo que realmente ha sucedido. Han dejado de suponer intenciones para escuchar versiones.

¿Qué nos queda? ¿Cómo pueden considerar reparado el daño?

Preguntémosles:

  • Juan, ¿puedes compensar de algún modo a Pedro el empujón sabiendo cómo le ha hecho sentir? ¿Qué necesitas de Pedro para que repare el golpe que te ha propinado?
  • Pedro, ¿cómo repararías el daño del golpe? ¿Necesitas que Juan compense de algún modo el empujón dado?

Los chicos me miraron, se miraron entre sí, se dieron un tímido abrazo, empezaron a reírse a carcajadas y expresaron: Habiéndolo entendido todo así, ¿hace falta compensación? Bah. Para nada. Vamos a jugar, anda. 

Y marcharon.

Dedicar tiempo y reflexión para auto-entendernos y entender al otro importa.

Siempre eliges tú.

 

 

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¿Y si lo que creemos que es un No sólo es otra forma de SÍ?

La dualidad confunde, tendemos a filtrarlo todo por el blanco-negro, por el sí-no, etc. Parece que las cosas son de una forma determinada o de otra. Creemos que lo que es sí, es sí y lo que es no es no.

Cuando esperamos un acontecimiento positivo y ocurre de otro modo, solemos frustrarnos, entristecernos o sentimos enfado. Porque cuando esperamos que ocurra A, cualquier B es contrario a nuestra expectativa. Pocas veces pensamos que ese B puede ser otra forma de A.

Nuestro hijo deja sus estudios, un familiar fallece, suspendemos un examen de acceso a un trabajo deseado, no logramos sacar el carnet de conducir… Mil ejemplos cotidianos pueden ilustrar cientos de expectativas con las que jugamos cada día.

¿Y si eliminamos de la ecuación la expectativa? ¿Por qué tanto empeño en dirigir cada ápice de nuestras vidas o la de los demás? ¿Y si el Sí que deseamos nos lleva por un camino desdichado y el No que tememos resulta ser la mejor opción porque nos muestra una cara desconocida colmada de paz? ¿Y si dejamos de ver la B como una amenaza y la dejamos pasar como otra forma de A?

Todos son caminos alternativos. ¿Dónde está el peor o el mejor sendero? Explorar cada opción como si fuera la mejor posible en cada momento me parece una forma de vida interesante. La tristeza se apacigua y una liberación se extiende por nuestro interior.

Soltar expectativas y aceptar cada No como una nueva forma de Sí. Somos meros actores de miles de vidas entrelazadas, la nuestra no es la única. Sólo somos protagonistas de nuestra propia vida, el resto del reparto tiene lo suyo, son protagonistas de sus vidas. La vida de nuestros hijos, padres, amigos o conocidos tiene un curso lleno de Siés, Noes, blancos, negros, Aes y Bes. ¿Qué sabremos nosotros si es bueno o malo que sus acontecimientos vayan por caminos inesperados o inexplicables?

Aceptar que cada No temido es una forma distinta del Sí esperado ayuda a entender momentos de los que huimos a diario.

Siempre eliges tú.

 

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Asumiendo renuncias en la gestión consciente del conflicto

Hay varias formas de enfrentarse a un conflicto. En estos momentos pienso en dos:

Una forma es desde la emoción como principal director de orquesta. La otra, desde la consciencia. Ambas tienen resultados diferentes porque el camino a recorrer también es diferente.

Cuando la emoción que lidera la gestión es la ira, solemos anclarnos a ella porque nos otorga poder. Nos sentimos fuertes porque nos percibimos menos vulnerables, con control. ¿Recordamos que tras la ira se esconde el miedo o temor a algo concreto? Gracias a esta emoción nos enfocamos a una acción determinada, que suele ser bastante inmediata. Exigencia, presión hacia el otro, chantaje, agresión física… todo es posible  si nuestro fin es resolver el conflicto con la idea de ganar. Pero ¿y la relación con el otro? ¿Y con nosotros mismos? ¿Cómo queda? ¿Queremos una relación basada en el miedo, en la rebelión o en la sumisión?

Ir escalando en el mundo de la consciencia conlleva una gestión del conflicto más eficiente pero también necesitamos asumir pérdidas que si bien, a corto plazo duelen, acaban compensando. Empezamos a ser conscientes de que el control que creíamos tener es tan sólo es una ilusión y nos desconcertamos. También comenzamos a renunciar a la victoria por sistema. ¿Para qué sirve ganar si esto conlleva un deterioro en la relación con la persona?

Muchas veces deseamos con todas nuestras fuerzas vengarnos del daño que hemos sufrido en un conflicto pero tal venganza puede ser dulce sólo en un primer momento. Luego se agría y se enquista en algún lugar de nuestro cuerpo. Se convierte en un hábito sencillo de adquirir porque conlleva una adicción complicada de razonar, el circuito de recompensas de nuestro cerebro se activa y nos produce placer. El hábito se acaba convirtiendo en un rasgo del carácter cada vez más anclado en nosotros. Lo dañino queda instalado como una App más en nuestra mente. Poco a poco, esta aplicación va ganando puestos y queda en primer orden de nuestra pantalla. Acabamos eligiéndola casi por inercia porque es la primera, es sencillo acceder a ella y es cómodo.

Ascender en consciencia implica renunciar este dulce caramelo, en pro de un beneficio mayor pero más lejano: tranquilidad, sosiego y paz. Es difícil elegir este camino y fácil quedarse en el placer más inmediato. Es decisión nuestra.

Contar con las emociones como un elemento más dentro del conflicto, no como el principal ni el único, nos acerca a la gestión consciente.  Cuando empezamos a valorar el mundo interno del otro y lo equilibramos con el nuestro, dejamos de ver la venganza o el castigo como una opción porque nos acercamos al entendimiento de su visión. Para entender desde lo más hondo necesitamos desarmarnos, los escudos tampoco valen, es preciso desnudarse del todo y recuperar la mirada más inocente posible.

No hay seres más poderosos que otros, es el ego (nuestro personaje) el que mantiene esa percepción. Sin máscaras todos somos iguales, estamos hechos de la misma materia.

¿Estás dispuesto a renunciar a lo inmediato para ganar en paz?

Siempre eliges tú.

 

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La verdad no entiende de colores

Cuando nos empeñamos en mantener todos aquellos pensamientos que dan la razón a nuestra creencia nos supone un esfuerzo extra que agota y además nos adentra en un estado de sufrimiento absurdo.

La verdad nos libera. Sí, pero para llegar a esto es necesario que primero nos incordie hasta el punto de no soportarla. Sólo cuando aguantamos el pulso, trascendemos de la trampa.

Rumiamos interpretaciones, a veces obsesivas, de una realidad aséptica que coloreamos, generalmente valiéndonos de una paleta demasiado oscura. Todo para auto convencernos de que nuestra suposición es real. No lo es.

La verdad no es supuesta, ni exagerada, ni sospechada, ni imaginada. Es descubierta y sólo los sentidos nos acercan a la versión más real. Dejemos de fingir darnos la razón.

No es como lo pintas, es como es. ¿Lo sabes ya? De alguna forma siempre lo has intuido. Pues deja que caigan todas las máscaras, desnuda la versión por completo y entonces se mostrará real. No hay que hacer nada concreto para vislumbrar la verdad, hay que dejar de hacer todo aquello que la oculta.

Pregúntate: ¿Es cierto aquello que estás pensando? ¿Seguro? Defínelo objetivamente, sin suponer, sin enjuiciar, sin exagerar, sin manipular, sin recurrir al recuerdo de lo que ya ha ocurrido o a la especulación de lo que pasará. Deja que se exprese solo. Y ahora, ¿lo ves tan grave o tan negro o tan oscuro? ¿Descubres tu paleta?

Es lo que es, así y nada más. Dejemos de dramatizar, no hace falta ganar. Para dejar de sufrir, sólo hay que buscar la verdad tal y como es.

Puedes empezar ahora mismo. O no.

Siempre eliges tú.

 

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Elección sí. Control ¿para qué?

Siempre eliges tú. A menudo acabo así las entradas de este blog. Porque así lo creo de verdad.

Elegimos constantemente. Decidimos, actuamos, nos alegramos con el éxito, nos frustramos si fracasamos. Es un tiovivo que nos controla. Demasiadas expectativas. La ilusión de control nos hace sufrir.

Tres elementos: lo que hacemos, nuestra actitud y los resultados. ¿Qué crees que podemos controlar? ¿Los tres? ¿Ninguno? Venga, piénsalo por un momento.

Imaginemos que estamos preparando un examen importante que nos puede llevar a una plaza pública. Estudiamos todos los temas con precisión, nos sentimos animados porque realmente pensamos que vamos a obtener buena nota y el puesto deseado. Nos imaginamos disfrutando de nuestros próximos años con una plaza fija y estable. Montamos una vida en nuestra mente alrededor de esta ilusión. Llega el día del examen y una terrible fiebre nos desmonta toda nuestra expectativa. Aun así decidimos presentarnos a la prueba, nuestra actitud nos define. Hacemos todo lo que está en nuestra mano, todo nuestro esfuerzo encima de la mesa pero las cosas no salen como esperábamos. La vista nublada, la falta de concentración y los escalofríos entorpecen tanta preparación. ¿El resultado? Aprobamos la prueba pero no logramos el éxito esperado, la plaza no es para nosotros esta vez.

Realmente, ¿qué hemos podido controlar? Nuestra actitud, persistencia y todo el esfuerzo posible. Además, hemos elegido presentarnos al examen, hacer todo lo que estaba en nuestra mano antes de tirar la toalla. ¿Qué es lo que no podemos controlar? El resultado.

Saber esto nos libera.

A mi juicio, podemos entenderlo de dos formas:

1.- Como no controlamos el resultado, ¿para qué el esfuerzo? ¿Para qué elegir?

2.- Como no controlamos el resultado, al menos podemos controlar las elecciones, nuestra forma de actuar y la actitud.

¡Vamos a por el objetivo siendo conscientes de que el resultado no lo podemos predecir!

Pensándolo así, todo tiene un punto más emocionante.

Porque por mucho que creemos el camino, quitemos malas hierbas, lo alisemos o lo empedremos y lo cerquemos, un sin fin de caminos alternativos, austeros, repletos de baches o bien transitables, nos van a abordar. Nuestra actitud ante estos desvíos marca la diferencia.

Van a estar, van a continuar, no podemos controlar cómo va a ser el camino ni mucho menos el destino final.

Podemos actuar con todas nuestras fuerzas y con la mejor actitud posible, todo lo contrario o a medias.

Siempre eliges tú.

 

 

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En un conflicto no funcionan los titulares. ¿Concretamos?

Ella explicó: “me siento muerta por dentro, él ha dejado de atenderme”.

No podemos quedarnos en las palabras, necesitamos bucear mucho más profundamente para conocer el verdadero significado de la expresión. Vivimos rodeados de titulares dramáticos e impactantes, de programas, series y noticias de similares contenidos. Ello redunda en nuestra forma de pensar y de comunicarnos pero no olvidemos que seguimos siendo personas complejas, muy alejadas de meros titulares.

En la gestión del conflicto, interno o con el otro, necesitamos entendernos. Los titulares etiquetan y no revelan nuestras emociones y pensamientos. La pregunta es una herramienta esencial para llegar al fondo. Y preguntar no es imaginar su respuesta para preparar la nuestra. Preguntar es querer escuchar su respuesta para comprenderla.

“¿A qué te refieres cuando dices que te sientes muerta?” “Piensas que estás muerta por dentro pero, ¿cómo te hace sentir esto?” Descubrir la verdadera emoción es importante para conocer qué necesita.

“Me siento muerta quiere decir que, aunque me encuentro muy activa, hago muchas cosas, es como si por dentro nada se moviera. Me entristece profundamente”. Aclaró.

Bueno, aquí ya tenemos una emoción real, la tristeza. Además, si leemos entre líneas podemos deducir que su actividad trata de esconder ese vacío, esa tristeza. Al aclarar, vemos que ya no se refiere a su pareja como culpable de la situación. En cualquier caso, no supongamos, no deduzcamos sin contrastar, podemos estar equivocados. Sigamos preguntando.

“¿Para qué tanta actividad?”. Cuidado con nuestras preguntas, tratemos de no orientar la respuesta. Si queremos contrastar nuestra suposición no planteemos la pregunta con intención de reforzar lo supuesto. Dejemos que descubra ella misma su parte, sin proyectar la nuestra sin querer. La pregunta objetiva, corta y aséptica ayuda.

“Realmente, hacer muchas cosas me mantiene ocupada y muchas veces consigo olvidar el vacío”. Respondió.

“Te sientes triste por tu vacío interno. ¿Qué necesitas?” Puede ser una pregunta para llegar a lo más importante, su necesidad.

“Necesito tener un motivo. No buscarlo a través de la actividad, sino tener un motivo claro para enfocarme en él y seleccionar mis actividades. Antes lo tenía y lo he ido apagando”.

En el momento en el que hablé con ella estaba inmersa en un conflicto con su pareja. Su queja era su falta de atención hacia ella. Profundizando, llegamos a la conclusión que era ella la que había dejado de atenderse a sí misma. Inconsciente del verdadero problema, había volcado toda la responsabilidad de su desatención hacia la pareja. Demandaba atención hasta en los más insignificantes detalles. Su pareja, consciente de que algo necesitaba hacer para ayudarla, no lograba satisfacer tanta demanda.

A través de la pregunta logramos concretar y objetivar la situación conflictiva que produce emociones negativas potentes. No es el otro el culpable de nuestra emoción, puede ser el estímulo, pero no el responsable. Además, la pareja puede ser una herramienta de ayuda en la satisfacción de nuestra necesidad, pero no podemos exigirle que sea la única vía posible de atenderla. La pareja también tiene necesidades que cubrir.

Si nos damos cuenta, de la expresión “él ha dejado de atenderme” a “necesito recuperar la motivación que tenía”, hay un abismo. Ella sentía lo mismo al expresarse pero como en su expresión, en un principio, enfocaba la responsabilidad fuera, necesitamos seguir buscando. Y en la búsqueda, necesitamos lograr concreción, evitar los titulares.

Las palabras nos cercan y el apego a las habituales puede interferir en nuestro crecimiento. En el acompañamiento en la gestión de conflictos, podemos ayudar a abrir caminos para encontrar el significado de los pensamientos más ocultos. Buceando encontramos nuevas palabras, nuevas expresiones. Crecemos.

Y tú, ¿te consideras presa de tus palabras? ¿Te expresas con titulares o eres consciente de lo que sientes en cada situación y sabes qué necesitas?

Siempre eliges tú.

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