Dime cuánto juzgas y te diré cuánto temes

Hace años descubrí, a través de una actividad muy útil en mi formación en Gestalt, la cantidad de juicios que tenía sobre mí e, incluso, cuáles eran concretamente. A día de hoy continúo realizando el ejercicio a menudo y sonrío cuando me pillo de nuevo juzgándome. Gracias, profe. Siempre.

“Yo pienso que tú piensas de mí…” Tan sencillo como esto. Cada vez que temamos un juicio del otro hacia nosotros/as, podéis emplear esta sencilla fórmula. Por ejemplo, en una reunión de trabajo, podemos temer que un compañero/a piensa que no vamos preparados/as a ella. Pues ahí esta nuestro juicio, es exactamente lo que pensamos en este momento de nosotros/as mismos/as.

Probando, descubrimos de qué modo nos enjuiciamos.

Yendo un pasito más allá.

Si tememos con frecuencia ser juzgados, ¿puede ser que seamos enjuiciadores habituales de los que nos rodean?

“Él no ha hecho la exposición tan bien como yo, que sí me la he preparado”: Comparación. Despreciamos el comportamiento del otro para otorgarnos más valor.

“Siempre está metiendo la pata en público”: Juicio subjetivo que, además, no corresponde con la realidad. “Siempre” es un modo de exagerar para ofrecer una afirmación más rotunda.

“Eres inútil”: Uso del verbo ser referido a un comportamiento. Devaluamos a la persona por completo en lugar de valorar el hecho concreto.

“Deberías comer mejor”: Entendemos que nuestro código de conducta es universal y el otro debe comportarse tal y como pensamos que hay que hacerlo.

Nuestro pensamiento rígido exige comportamientos impecables de los demás y… ¡de nosotros mismos!

No nos escapamos, no permitimos desviaciones ni formas diferentes de hacer las cosas.

Imagen original PalomaMGF

Una de las consecuencias que sufrimos es el temor constante de que los demás juzguen nuestros “fallos”, nuestras “conductas erróneas” y sentimos gran cantidad de angustia cuando pensamos que los demás van a pensar de nosotros que…. Justamente es aquello que pensamos ya de nosotros mismos porque no nos permitimos ni un resquicio. Y, además, tememos que nos descubran.

Igual no merece la pena tanta rigidez, ¿verdad?

Cambiar el juicio por el entendimiento nos ayuda a flexibilizar nuestra relación con el otro. Y empezar por el auto-entendimiento para legitimarnos en otros comportamientos es una buena manera de practicar.

Así conseguimos dos objetivos:

  • Disminuir la rigidez y mejorar nuestra relación con nosotros mismos/as y con el mundo.
  • Evitar temores de ser constantemente juzgados/as al aminorar tanto auto-enjuiciamiento.

Puedes empezar ahora mismo.

Siempre eliges tú.

 

 

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Si no te miro, no te escucho y así me escudo

¿Nos ha pasado alguna vez que, conversando con alguien en una situación conflictiva, recibimos indiferencia en forma de falta de contacto visual? ¿Hemos sentido rabia al saber que esa persona no nos prestaba atención ni nos escuchaba?

Quizás nuestra percepción, una vez más, se equivoque al filtrar sólo lo que vemos, dejando de comprender el gesto. Muchas veces, quien utiliza la estrategia “no te miro, no te escucho” son los más pequeños. Puede tratarse de una herramienta de protección para evitar daños. Es posible que acabe convirtiéndose en indiferencia y si ésta es usada de forma habitual, en una manipulación pasiva.

Cuando el otro se dirige en modo ataque, acusación y/o juicio, las alarmas se disparan, queremos desconectarnos inmediatamente de sus palabras para que dejen de herir.

Retiramos la mirada para evitar todo contacto visual y, ante la falta de éste, tratamos de bloquear el auditivo. A veces se consigue, otras veces no y las palabras logran martillear la autoestima de quien las oye. En cualquier caso, la aparente indiferencia provoca una reacción del hablante que suele ser de rabia e ira porque percibe que hay falta de escucha y, de esta forma, no puede lograr culminar el ataque como esperaba.

¿Y si nos percatamos de que sólo es un escudo? ¿Y si dejamos de hablar de forma amenazante para hacerlo desde la comprensión?

 

Imagen original PalomaMGF

Incluso un “no me estás escuchando” que se puede derivar de esta indiferencia simulada vuelve a construirse desde el deseo de acusar, desde el juicio y la suposición. Si nuestra forma habitual de dirigirnos al otro en una controversia es bajo esta fórmula, vamos a continuar obteniendo los mismos resultados.

¿Podemos imaginar otras formas?

Simplemente, contrastemos, antes de lanzar el juicio y la suposición: “cuando no me miras al hablarte, pienso que no me estás escuchando, ¿es así?” La respuesta nos va a sorprender muchas veces.

Si no rompemos el bucle, la persona supuestamente indiferente puede comenzar a utilizar el recurso para devolver el ataque porque sabe que ofende. Y todo esto, ¿para qué? Así nos seguimos hiriendo y aplastando en lugar de resolver la situación desde el entendimiento. Una de las dos partes puede romper la inercia tóxica. ¿Por qué no tú?

Prueba a eliminar el juicio, la culpa, el adjetivo y la suposición a la hora de narrar o describir cualquier hecho que te haya molestado.

Por ejemplo: “Me has mentido” es atacante, no contrastamos la versión del otro y, aunque estemos en lo cierto, poco vamos a avanzar con esta forma de comunicación. En cambio: “me dijiste que te habías comido todo el plato de lentejas y yo he visto comida en la basura”. Cambia bastante porque dejamos de acusar y permitimos al otro mostrar una perspectiva que puede sorprendernos. El otro no tiene necesidad de escudarse ante un ataque porque no existe y, probablemente, recuperemos el contacto visual mejorando la escucha.

Puede llevarnos práctica y tiempo. Es posible que el otro siga comunicándose de forma hostil pero está claro que la inercia conocida va a detenerse y surgirán los cambios.

Si no hay entendimiento entre ambas partes y sólo podemos limpiar una parte del camino, la nuestra, dejaremos más hueco para caminar juntos de otro modo, ¿no?

Siempre eliges tú.

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¿Cuándo dejamos de entender a la mariquita?

Recuerdo cuando yo tenía tanta prisa y vosotros erais tan pequeños. Decidíais deteneros varios minutos a contemplar a la mariquita.

Porque os deleitaban sus colores, ese vaivén del rojo al negro y del negro al rojo. Sonreíais al contemplar su movimiento, sobre todo cuando sus alas se abrían para amagar el vuelo.

Porque, con esos deditos pequeños, rozabais su coraza y, con absoluto respeto, os fundíais en su mundo desconocido sin cuestionarlo de ningún modo.
¿Cuándo dejamos de entender a la mariquita?

 

Hoy tenéis unos cuantos años más y la prisa se ha apoderado de vosotros, tal y como nos hemos empeñado los adultos día tras día, sin reparo. Esta obsesión por perdernos el delicioso momento presente nos acompaña demasiado y, sin querer, imponemos la inercia allá a dónde vamos.

Ahora soy yo la que me lamento cuando veo la vertiginosidad de vuestras vidas, cómo el néctar de lo que viene después no os deja disfrutar de lo de ahora. Ahora, cuando por fin sé que, sólo en la quietud puedo alcanzar la plenitud, sólo en la calma puedo entrever la belleza, rabio por saber que necesitáis regresar a los orígenes inmaculados de vuestros primeros años, justo cuando lo sabíais todo.

Os pido, por favor, con la plena consciencia de que ya es tarde, que volváis a bailar con la mariquita, a contemplar el claro oscuro del sol entre las hojas de los árboles, a sentir el olor de una buena taza de café y a percibir la suavidad de cada pétalo aterciopelado.

Os pido, segura de que no he sabido cómo hacerlo, que permitáis el sabio ritmo de quien verdaderamente conoce el secreto de todo, que envolváis entre algodones el disfrute de quien chapotea sin temor en el charco y que evitéis, todo cuanto podáis, mirar las manecillas de un reloj que nada entiende de la esencia de la belleza.

 

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Olé tú, que eliges y decides

Olé tú, que elegiste abandonar el camino conocido porque sabías que, detrás de su aspecto cómodo y afable, se escondía el frío helor de la oscuridad.

Olé tú, que decidiste entonces, emprender un nuevo caminar. Sin pensarlo demasiado, dejaste a un lado aquello que te daba seguridad y te colocaste en el comienzo del sendero amenazante.

Olé tú, que elegiste sentir de nuevo el miedo y decidiste comenzar una vez más aun sintiendo temblor en tus piernas por ignorar cuál iba a ser el paso final. Sé que, en tu primer momento, tu corazón se aceleró y que, cualquier crujido bajo tus pies, de convertía en la causa de un escalofrío por tu espalda.

Imagen original PalomaMGF

Olé tú, que elegiste seguir tu camino y no volviste tu mirada atrás porque sabías que, en aquel pasto aparentemente confortable, la soledad te embargaba y no encontrabas plenitud alguna.

Olé tú, que decidiste, ante aquellos espesos matorrales que cubrían tu camino, abrirte paso y recuperar el ritmo de tu respiración.

Olé tú, que cuando no encontrabas hueco por dónde continuar, elegiste buscar otro sendero limpio donde descansar tus pies descalzos y volver a empezar.

 

Olé tú, que has decidido permanecer donde sabes que te acompaña tu luz en lugar de volver al confort donde sólo encuentras miedo.

Recuerda no dejar, ni por un momento, de levantar la mirada para que el sol siga calentando tu rostro y apreciar la esencia para que continúe acariciando tu emoción.

Ya has descubierto que el viaje es más esplendido cuando persigues tu autenticidad y dejas de permitir injerencias en tu voluntad.

Ya sabes que la libertad asusta pero compensa cuando sientes alinear tus pasos. No olvides, ahora, que quien maneja este caminar siempre eres tú porque, cada paso, lo eliges y decides cuál es la orientación que va a llevar.

Inercias, fuera.

Elección, siempre.

Decisión, cuando lo creas oportuno. Con toda tu firmeza.

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Si pudieras escucharme…

Si pudieras escucharme, te contaría que el mayor de tus miedos te está mostrando la clave para ser libre.

¿Sabes que si lo entiendes y lo afrontas, pierde fuerza y te empodera un poquito más?

Si pudieras escucharme, te pediría correr más riesgos porque la equivocación es una puerta a la evolución.

¿Sabes que aventurarte te mantiene vivo/a, fresco/a y devuelves a tu creatividad todo el valor que merece?

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Si pudieras escucharme, te adelantaría que esa luz, que siempre te dice por dónde ir, no se equivoca. Es la herramienta que puede conducirte a la plenitud.

¿Sabes que si la sigues puede que no llegues a donde imaginas pero te sientes coherente y feliz?

Si pudieras escucharme, te contaría un gran secreto: el dolor es inevitable pero el sufrimiento lo creas tú.

¿Sabes que si sueltas el drama, vives el dolor tal y como es: corto y directo? ¿Sabes que el sufrimiento lo creas continuamente cuando recreas una y otra vez el acontecimiento o el motivo del dolor?

Si pudieras escucharme, te diría que la queja y la autocompasión es un veneno que se apodera de tu realidad y la desvirtúa una y otra vez.

¿Sabes que el auto-entendimiento es clave para quererte pero la auto-compasión es la cárcel de tu crecimiento y responsabilidad consciente?

No podías escucharme entonces pero sí ahora.

Cuéntale a tu yo del pasado todo aquello que hoy sabes porque, probablemente, en este momento persistan los mismos fantasmas, quizás vestidos diferente. Hoy es un día perfecto para escucharte, ahora que sí puedes, y empezar a ser más libre, más creativo/a, más coherente, más auto-empático/a y más feliz.

¿Por qué no haces la prueba?

Siempre eliges tú

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Cuando la violencia esconde un grito de socorro

Manipulación, desprecio, ira, violencia física… estas formas de expresión no suelen venir solas y enmascaran sufrimiento sin gestionar.

A menudo, tiene que ver con un patrón ejercido contra nosotros. Otras veces, implica la falta de aceptación personal. Haya sido como haya sido, siempre estamos en disposición de volver a elegir qué hacer con lo que nos haya ocurrido.

Imagen original PalomaMGF

Nuestra barrera defensiva hace que rechacemos toda muestra de violencia y nos cuesta muchísimo bucear bajo su forma. El fondo importa pero no es fácil verlo o querer encontrarlo.

Existe una gran vulnerabilidad tras la máscara violenta. En la mayoría de los casos, merece la pena indagar mínimamente para hallar el comienzo de una cuerda interminable que suele acabar en un pozo oscuro y abandonado.

Un aplastamiento constante puede ser causa de sumisión o rebelión:

  • La sumisión puede desencadenar violencia hacia uno mismo, desprecio e ira contenida que se refleja hacia los demás del mismo modo. Es frecuente la forma depresiva del carácter por descuidar constantemente las necesidades personales en favor de los demás.
  • La rebelión puede llegar a ser saludable si atiende a proteger las necesidades del aplastado/a aunque, a menudo, genera una ira perenne hacia el opresor o una intolerancia más general. En otras ocasiones, cuando no es gestionada de este modo, puede desatar necesidad de oprimir, al ser un patrón aprendido y una forma de satisfacer una autoestima destruida.

La falta de aceptación de lo que somos puede generar desprecio hacia el otro:

  • Porque es tal y como lo sentimos hacia nosotros mismos.
  • Nos despreciamos y necesitamos despreciar para compensar nuestra estima perdida.

La manipulación es una violencia silenciosa y muy tóxica, es una manera de controlar al otro, de la que ya he escrito a menudo.

La violencia física es un recurso más inmediato, menos racional, más visceral, la forma última de imposición bajo la fuerza.

Cualquiera de sus formas suele esconder un grito ensordecedor, un deseo de liberación de la propia conducta, una petición de ayuda que, en la mayoría de los casos, pasa desapercibida para la persona violenta.

Merece la pena escucharnos en la violencia y escuchar al que la ejerce. Merece la pena descubrir la parte de atrás de todo acto violento.

Siempre eliges tú.

Puedes escucharlo en:

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Dejar ser no es fácil

Es una expresión que he visto escrita y la he escuchado miles de veces. Incluso la he usado en ocasiones al escribir. Pero creo que hoy, más que nunca, me doy cuenta de lo complicado que me resulta vivir en este concepto: dejar ser.

Imagen Original PaloMGF

Dejar ser aceptando lo que viene como viene, dejar ser a quienes quiero con la plena comprensión de quiénes son. Dejar ser el minuto siguiente sin pretender cambiarlo, simplemente permitir su existencia, tal y como es.

Qué difícil me resulta hoy. Por algún motivo, me resisto a lo que es y aunque soy consciente de que la aceptación es la única forma de vivir en paz, hoy me cuesta especialmente.

Necesito sacar conclusiones:

  • Por más que invento y me esfuerzo, soy consciente de que no puedo fabricar un motivo que impulse el actuar de una persona. El motivo necesita gestarse en la persona misma. Veo, sin poder evitarlo, el camino que va forjándose y, a pesar de mi dolor, no puedo cambiarlo.

Dejar ser: no puedo ser el artífice de una motivación interna.

  • Sé que lo que yo veo negro puede ser el blanco de otra persona, es cuestión de percepción y, aunque, siga aturdida por la sombra que preveo, necesito confiar en que cada cual encuentra su manera de revertir su destino, si quiere. Y es cuestión de tiempo o de un destello que cambie el devenir de los acontecimientos. No puedo saber ni, menos aún, hacer emerger la luz. Porque lo que yo percibo como una luz, puede ser oscuridad rotunda de quien se sienta a mi lado.

Dejar ser: mi luz puede ser la noche del otro.

  • Sin prejuicios constantes, sin adivinar el curso de lo que pasa luego, sin imaginar intenciones, sin elucubrar la solución perfecta, sin etiquetar por una percepción.

Dejar ser: cada cual se rige por su perfecto motivo.

  • Ahondar en la comprensión más pura, aceptar la motivación actual, o la ausencia de ella, atisbar la persona que se esconde detrás de la que percibo, navegar en la libertad más absoluta sin tanto miedo.

Dejar ser: confiar en la persona que siempre existe aunque no sepa verla.

  • Cada cual va a vivir su vida, tal y como la escriba, qué se yo de su tinta, qué se yo de su historia. Cómo puedo atreverme a inventar ni una sola letra de su perfecto cuento. Es su relato, es su misterio, es su trama, es su escena. Yo sólo soy espectadora y, si cabe, el personaje secundario que se sitúa en el lugar que él o ella decide, nada más. El protagonista de su vida no voy a ser yo.

Dejar ser: respetando su papel protagonista.

  • De qué valen los valores con los que decidí construirme si hoy todo ha cambiado. Por qué mi curso es el válido y juzgo lo que no es acorde a él. Quién sabe qué será mañana lo más valioso, lo más consistente, lo más útil o lo más perfecto. ¿Lo sé yo? ¿Quién lo puede saber?

Dejar ser: ayer, hoy y mañana.

Lo que sí tengo claro en todo esto es que, dejándote ser, puedo elegir estar cerca siempre que lo decidas por si necesitas mi personaje en tu escena.

 

 

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Cuando la mente grita, el cuerpo socorre

Cansancio inexplicable, dolores recurrentes, tristeza, apatía… Nuestro cuerpo puede estar reaccionando ante un descuido persistente de nuestras necesidades más básicas.

Si la mente no es capaz de resolver este laberinto, el cuerpo hace de las suyas para que nos demos cuenta de que algo va mal. No hay una causa aparente de nuestro malestar físico y, en cambio, el cansancio continúa. Los demás síntomas también.

Por mucho que nos empeñemos en disociar mente-cuerpo, somos uno y así funcionamos, en una simbiosis perfecta. Donde uno no sabe, el otro resuelve.

¿Y si nos detenemos a pensar qué estamos descuidando o aplastando sin reparo?

Nos mantenemos en una relación tóxica sin que nos planteemos salir de ella, continuamos con un ritmo de trabajo estresante que impide cuidar a los que más queremos, seguimos obcecados en que nuestro ego siga inmiscuyéndose en la relación con nuestro familiar más querido… Un sin fin de ejemplos, cada uno sabe bien cuál el motivo que está atascando funciones básicas y a veces vitales.

Imagen original Paloma MGF

Si nuestro raciocinio ignora reiteradamente la emoción que nos indica por dónde sí y por dónde no, el cuerpo reacciona porque, ante la incapacidad de gestionar adecuadamente nuestras necesidades, ante nuestro grito desesperado de socorro, nos atendemos, solo que de una forma que no esperábamos.

Somos el amor de nuestra vida y no nos vamos a dejar solos ante la situación.

¿Qué pensábamos, que podíamos enterrar nuestras necesidades? El cuerpo no lo entiende así y, si no detenemos nuestra toxicidad para con nosotros mismos, nos va a socorrer de una forma u otra. Quizás no contábamos con ello, a lo mejor no teníamos previsto un malestar físico tan inexplicable, o ya diagnosticado, pero no nos vamos a dejar abandonados. 

Detectado el grito de socorro, vamos a empezar a funcionar diferente, vamos a compensar aquello que la razón no atiende, vamos a dar crédito a nuestro niño/a herido/a y podemos llegar a sufrir consecuencias físicas inesperadas.

Esconder la emoción que surge, nos aleja de la necesidad a cubrir y, si además lo convertimos en hábito, el cuerpo no va a callar durante mucho tiempo. Si no hemos podido o sabido descubrir, por desconexión, esa emoción, quizás sepamos entender mejor el malestar físico. Sea lo que sea, no permitamos seguir ignorándonos.

 

 

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Cuando la tristeza se transforma en depresión

Hace unos días escribí sobre la posibilidad de que el temor, como impulso habitual, se haya convertido en el nuevo estímulo para muchas personas, al ver cesar de golpe toda la distracción en la que estábamos inmersos en meses anteriores.

En este tiempo, además, me está llamando la atención otros comportamientos como el deseo de aíslo y la fuerte ira contra nuestros iguales.

Tendemos a prejuzgar con más facilitad al otro al tener menos contacto social y menos posibilidad de entendimiento. De esta forma, potenciamos las etiquetas y los filtros mentales como estrategia de distorsión de la realidad. Dejamos de vernos como somos para vernos a través de nuestro cristal personal.

Imagen original PalomaMGF

Es lógico que hoy, más que nunca ante la situación que estamos viviendo, sintamos miedo porque nos hace actuar con cuidado y nos otorga protección. Es natural que experimentemos enfado cuando observamos comportamientos que ponen en peligro a los demás o a nosotros mismos y reaccionemos al respecto. Es adaptativa la tristeza ante, por ejemplo, la pérdida de libertad que estamos sufriendo. El problema lo tenemos cuando empezamos a experimentar ansiedad, odio o depresión. La emoción deja de cumplir su papel natural y pasa a ser destructiva. La distorsión cognitiva aparece de múltiples formas.

Como consecuencia de estos pensamientos automáticos distorsionados, surge la tristeza en su versión destructiva: la depresión.

Cuando entramos en un estado depresivo lo hacemos porque comienzan a operar múltiples posibilidades de pensamientos distorsionados ante los acontecimientos que, por supuesto, son reales. Además, comenzamos a perder nuestra autoestima y nos sentimos sobrepasados.

Por seguir el ejemplo anterior: claro que la restricción de la libertad habitual provoca una pérdida (de hábitos, de estímulos placenteros, de contacto social, de elección…) y es objetivo y real que la estemos sufriendo. La tristeza natural surge por percibir dicha pérdida. Es una emoción breve e intensa, ralentiza nuestro pensamiento y reduce el gasto de energía, preparándonos para un nuevo enfoque. Acaba pasando y si, nos obligamos a evitarla, nos perdemos todas las funciones positivas que tiene. Pero cuando nuestra mente decide generar pensamientos destructivos, por el acontecimiento, empezamos a percibirlo a través de un filtro artificial.

Y entramos en el todo-nada-nunca-siempre con pensamientos dicotómicos como por ejemplo: “nunca volveremos a la normalidad”, “nada es igual”, “siempre hago lo mismo, día tras día”

  • Si eliminamos el filtro y analizamos la realidad, nos damos cuenta de que desconocemos cómo va a ser la normalidad como para poder realizar tal predicción.
  • Probablemente, han cambiado muchas cosas pero seguro que alguna sigue estática (seguimos vivos, mantenemos nuestro hogar, nuestro trabajo, nuestra familia, pueden ser algunos ejemplos).
  • Y, casi con seguridad, nuestras rutinas diarias no son exactamente iguales cada día.

Si registramos todo ello, dejamos de pensar en términos tan absolutos que nos alejan de la realidad y nos empujan a mantener la emoción de tristeza, de forma poco constructiva.

También es frecuente entrar en el filtro de la descalificación de lo positivo, del que escribí hace poco más de dos meses.

(Creo que necesito repetir temas porque me doy cuenta de la utilidad que tienen estas estrategias en estos días).

En nuestro ejemplo, si nos centramos constantemente en la pérdida de libertad que estamos teniendo y no focalizamos nuestra atención en las ganancias que experimentamos (tener tiempo para nosotros, disfrutar de una mayor consciencia al respirar aire puro cuando pisamos la calle, lograr una mayor intimidad con nuestra familia, releer el libro que tenía pensado hace ya varios meses…), claro que nuestra tristeza permanece y se confunde, además, con rabia y frustración.

Siempre podemos analizar la gran cantidad de engaños mentales que utilizamos para magnificar los aspectos negativos de lo acontecido y alejarnos de la realidad objetiva.

La realidad muchas veces puede ser triste pero no caigamos en la trampa y la consideremos deprimente. Si esto ocurre, es muy posible que hayamos entrado en el mundo de la distorsión que, recordemos, nos atrapa a todos en un momento u otro y, dejando a un lado la culpa, siempre podemos analizar el pensamiento automático que nos ha sobrevenido y desmontarlo con habilidad.

Si somos los dueños del pensamiento filtrado, también podemos ser los artífices del realista.

Siempre eliges tú.

 

Puedes escucharlo en 

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Culpa: tiene derecho a guardar silencio

“Otro día sin hacer nada de ejercicio”; “He vuelto a hacer fritos para cenar”; “No estoy ayudando nada, con la que está cayendo”…

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Comportamientos que distan de lo que marca nuestro código de vida. Porque deberíamos hacer ejercicio, deberíamos cenar sano, deberíamos ser voluntarios de alguna ONG, que es lo que dicta nuestra escala de valores, según lo que hemos decidido que tiene que ser.

Y estos “deberíamos” nos hacen esclavos de aquello que, muchas veces, no queremos.

Y nos sentimos “malos”, despreciables, merecedores de un  castigo severo.

Si juzgamos el comportamiento como nocivo, como algo reprochable que nos gustaría cambiar, sentimos un remordimiento, que puede llamarse sano y nos conduce a la acción del cambio. Sin embargo, si nos juzgamos a nosotros, como personas, sentimos ansiedad y vergüenza. Aquí entra en juego la culpa porque nos percibimos erróneos.

 ¿Y por qué los pensamientos de culpa se convierten en destructivos?

Porque percibimos la realidad distorsionándola:

  • “He hecho algo mal”. En lugar de entender el origen y el motivo del comportamiento, lo tildamos como malo. ¿En función de qué y de la escala de quién? ¿Estamos magnificando el hecho?
  • “Soy vergonzoso/a”. Le damos tanto valor al comportamiento que arrasa con lo que somos. Focalizamos la percepción de nosotros mismos en un hecho aislado o en un comportamiento concreto que, aunque se repita en el tiempo, nubla todo lo demás. Una y otra ve recordamos el hecho y, una y otra vez, sentimos culpa. Porque nos merecemos un castigo y no merecemos sentirnos mejor. ¿Seguro? ¿Por qué?
  • “Debería…” Reglas y más reglas que un día introdujimos en una mochila que pesa mucho. ¿Y si cuestionamos todos los “deberías” que cargan nuestra espalda y nos quedamos con aquellos que compartimos de verdad, desde nuestro convencimiento consciente?

Entre que nos sentimos culpables y no, postergamos. La ansiedad y el desprecio es suficiente castigo y experimentamos un cierto alivio poco responsable. Como ya nos hemos castigado, postergamos la reparación del daño, si éste se ha producido realmente. Ni aprendemos, ni nos orientamos a la acción. El peso de la culpa es enorme, paralizante y poco resolutivo.

¿Qué podemos hacer para convertir un comportamiento que no aceptamos en algo productivo? 

1.- Comprender el origen de nuestros actos, auto-empatizar con nuestro motivo y dejar de juzgar:

“Otro día que no hago ejercicio”.

¿Por qué no lo he hecho? Porque me cuesta mucho esfuerzo empezar, me agota y no encuentro una rutina que me motive.

Legitimo mi motivo en lugar de juzgarme.

2.- Reconocemos el error del comportamiento:

“Si no hago ejercicio, mi salud se deteriorará, me viene bien hacerlo”. De esta forma, reconocemos las dos necesidades en conflicto: “necesito cuidar mi salud” y “necesito hacer ejercicio que me motive”. Dejamos los “deberías” a un lado y consideramos lo que queremos o necesitamos.

3.- Desarrollar una estrategia para resolver el conflicto de necesidades, contemplando ambas:

“Quizás una bicicleta estática, mientras escucho la radio, me guste más”.

4.- ¡Ponerse en acción!

Cuando estemos en un ataque de culpa, pensemos:

  • ¿He hecho algo “malo” consciente y voluntariamente?
  • ¿Me percibo erróneo/a a causa de este comportamiento?
  • ¿La emoción que experimento es proporcional a lo ocurrido o me encuentro en un estado de rumiación constante?
  • ¿Me estoy castigando o me he puesto en marcha para cambiar lo que percibo como erróneo?

Si las respuestas son:

“No he querido perjudicar de forma consciente ni voluntaria; me estoy percibiendo erróneo/a; me encuentro una y otra vez martirizándome por lo ocurrido, siento mucha vergüenza y desprecio hacia mí mismo/a; no consigo avanzar…”

La culpa destructiva ha aparecido de nuevo. Podemos elegir quedarnos con ella o avanzar a pesar de ella.

Culpa: tiene derecho a guardar silencio.

Siempre eliges tú.

Si prefieres escucharlo:

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