¿Y si lo que creemos que es un No sólo es otra forma de SÍ?

La dualidad confunde, tendemos a filtrarlo todo por el blanco-negro, por el sí-no, etc. Parece que las cosas son de una forma determinada o de otra. Creemos que lo que es sí, es sí y lo que es no es no.

Cuando esperamos un acontecimiento positivo y ocurre de otro modo, solemos frustrarnos, entristecernos o sentimos enfado. Porque cuando esperamos que ocurra A, cualquier B es contrario a nuestra expectativa. Pocas veces pensamos que ese B puede ser otra forma de A.

Nuestro hijo deja sus estudios, un familiar fallece, suspendemos un examen de acceso a un trabajo deseado, no logramos sacar el carnet de conducir… Mil ejemplos cotidianos pueden ilustrar cientos de expectativas con las que jugamos cada día.

¿Y si eliminamos de la ecuación la expectativa? ¿Por qué tanto empeño en dirigir cada ápice de nuestras vidas o la de los demás? ¿Y si el Sí que deseamos nos lleva por un camino desdichado y el No que tememos resulta ser la mejor opción porque nos muestra una cara desconocida colmada de paz? ¿Y si dejamos de ver la B como una amenaza y la dejamos pasar como otra forma de A?

Todos son caminos alternativos. ¿Dónde está el peor o el mejor sendero? Explorar cada opción como si fuera la mejor posible en cada momento me parece una forma de vida interesante. La tristeza se apacigua y una liberación se extiende por nuestro interior.

Soltar expectativas y aceptar cada No como una nueva forma de Sí. Somos meros actores de miles de vidas entrelazadas, la nuestra no es la única. Sólo somos protagonistas de nuestra propia vida, el resto del reparto tiene lo suyo, son protagonistas de sus vidas. La vida de nuestros hijos, padres, amigos o conocidos tiene un curso lleno de Siés, Noes, blancos, negros, Aes y Bes. ¿Qué sabremos nosotros si es bueno o malo que sus acontecimientos vayan por caminos inesperados o inexplicables?

Aceptar que cada No temido es una forma distinta del Sí esperado ayuda a entender momentos de los que huimos a diario.

Siempre eliges tú.

 

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Asumiendo renuncias en la gestión consciente del conflicto

Hay varias formas de enfrentarse a un conflicto. En estos momentos pienso en dos:

Una forma es desde la emoción como principal director de orquesta. La otra, desde la consciencia. Ambas tienen resultados diferentes porque el camino a recorrer también es diferente.

Cuando la emoción que lidera la gestión es la ira, solemos anclarnos a ella porque nos otorga poder. Nos sentimos fuertes porque nos percibimos menos vulnerables, con control. ¿Recordamos que tras la ira se esconde el miedo o temor a algo concreto? Gracias a esta emoción nos enfocamos a una acción determinada, que suele ser bastante inmediata. Exigencia, presión hacia el otro, chantaje, agresión física… todo es posible  si nuestro fin es resolver el conflicto con la idea de ganar. Pero ¿y la relación con el otro? ¿Y con nosotros mismos? ¿Cómo queda? ¿Queremos una relación basada en el miedo, en la rebelión o en la sumisión?

Ir escalando en el mundo de la consciencia conlleva una gestión del conflicto más eficiente pero también necesitamos asumir pérdidas que si bien, a corto plazo duelen, acaban compensando. Empezamos a ser conscientes de que el control que creíamos tener es tan sólo es una ilusión y nos desconcertamos. También comenzamos a renunciar a la victoria por sistema. ¿Para qué sirve ganar si esto conlleva un deterioro en la relación con la persona?

Muchas veces deseamos con todas nuestras fuerzas vengarnos del daño que hemos sufrido en un conflicto pero tal venganza puede ser dulce sólo en un primer momento. Luego se agría y se enquista en algún lugar de nuestro cuerpo. Se convierte en un hábito sencillo de adquirir porque conlleva una adicción complicada de razonar, el circuito de recompensas de nuestro cerebro se activa y nos produce placer. El hábito se acaba convirtiendo en un rasgo del carácter cada vez más anclado en nosotros. Lo dañino queda instalado como una App más en nuestra mente. Poco a poco, esta aplicación va ganando puestos y queda en primer orden de nuestra pantalla. Acabamos eligiéndola casi por inercia porque es la primera, es sencillo acceder a ella y es cómodo.

Ascender en consciencia implica renunciar este dulce caramelo, en pro de un beneficio mayor pero más lejano: tranquilidad, sosiego y paz. Es difícil elegir este camino y fácil quedarse en el placer más inmediato. Es decisión nuestra.

Contar con las emociones como un elemento más dentro del conflicto, no como el principal ni el único, nos acerca a la gestión consciente.  Cuando empezamos a valorar el mundo interno del otro y lo equilibramos con el nuestro, dejamos de ver la venganza o el castigo como una opción porque nos acercamos al entendimiento de su visión. Para entender desde lo más hondo necesitamos desarmarnos, los escudos tampoco valen, es preciso desnudarse del todo y recuperar la mirada más inocente posible.

No hay seres más poderosos que otros, es el ego (nuestro personaje) el que mantiene esa percepción. Sin máscaras todos somos iguales, estamos hechos de la misma materia.

¿Estás dispuesto a renunciar a lo inmediato para ganar en paz?

Siempre eliges tú.

 

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La verdad no entiende de colores

Cuando nos empeñamos en mantener todos aquellos pensamientos que dan la razón a nuestra creencia nos supone un esfuerzo extra que agota y además nos adentra en un estado de sufrimiento absurdo.

La verdad nos libera. Sí, pero para llegar a esto es necesario que primero nos incordie hasta el punto de no soportarla. Sólo cuando aguantamos el pulso, trascendemos de la trampa.

Rumiamos interpretaciones, a veces obsesivas, de una realidad aséptica que coloreamos, generalmente valiéndonos de una paleta demasiado oscura. Todo para auto convencernos de que nuestra suposición es real. No lo es.

La verdad no es supuesta, ni exagerada, ni sospechada, ni imaginada. Es descubierta y sólo los sentidos nos acercan a la versión más real. Dejemos de fingir darnos la razón.

No es como lo pintas, es como es. ¿Lo sabes ya? De alguna forma siempre lo has intuido. Pues deja que caigan todas las máscaras, desnuda la versión por completo y entonces se mostrará real. No hay que hacer nada concreto para vislumbrar la verdad, hay que dejar de hacer todo aquello que la oculta.

Pregúntate: ¿Es cierto aquello que estás pensando? ¿Seguro? Defínelo objetivamente, sin suponer, sin enjuiciar, sin exagerar, sin manipular, sin recurrir al recuerdo de lo que ya ha ocurrido o a la especulación de lo que pasará. Deja que se exprese solo. Y ahora, ¿lo ves tan grave o tan negro o tan oscuro? ¿Descubres tu paleta?

Es lo que es, así y nada más. Dejemos de dramatizar, no hace falta ganar. Para dejar de sufrir, sólo hay que buscar la verdad tal y como es.

Puedes empezar ahora mismo. O no.

Siempre eliges tú.

 

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Elección sí. Control ¿para qué?

Siempre eliges tú. A menudo acabo así las entradas de este blog. Porque así lo creo de verdad.

Elegimos constantemente. Decidimos, actuamos, nos alegramos con el éxito, nos frustramos si fracasamos. Es un tiovivo que nos controla. Demasiadas expectativas. La ilusión de control nos hace sufrir.

Tres elementos: lo que hacemos, nuestra actitud y los resultados. ¿Qué crees que podemos controlar? ¿Los tres? ¿Ninguno? Venga, piénsalo por un momento.

Imaginemos que estamos preparando un examen importante que nos puede llevar a una plaza pública. Estudiamos todos los temas con precisión, nos sentimos animados porque realmente pensamos que vamos a obtener buena nota y el puesto deseado. Nos imaginamos disfrutando de nuestros próximos años con una plaza fija y estable. Montamos una vida en nuestra mente alrededor de esta ilusión. Llega el día del examen y una terrible fiebre nos desmonta toda nuestra expectativa. Aun así decidimos presentarnos a la prueba, nuestra actitud nos define. Hacemos todo lo que está en nuestra mano, todo nuestro esfuerzo encima de la mesa pero las cosas no salen como esperábamos. La vista nublada, la falta de concentración y los escalofríos entorpecen tanta preparación. ¿El resultado? Aprobamos la prueba pero no logramos el éxito esperado, la plaza no es para nosotros esta vez.

Realmente, ¿qué hemos podido controlar? Nuestra actitud, persistencia y todo el esfuerzo posible. Además, hemos elegido presentarnos al examen, hacer todo lo que estaba en nuestra mano antes de tirar la toalla. ¿Qué es lo que no podemos controlar? El resultado.

Saber esto nos libera.

A mi juicio, podemos entenderlo de dos formas:

1.- Como no controlamos el resultado, ¿para qué el esfuerzo? ¿Para qué elegir?

2.- Como no controlamos el resultado, al menos podemos controlar las elecciones, nuestra forma de actuar y la actitud.

¡Vamos a por el objetivo siendo conscientes de que el resultado no lo podemos predecir!

Pensándolo así, todo tiene un punto más emocionante.

Porque por mucho que creemos el camino, quitemos malas hierbas, lo alisemos o lo empedremos y lo cerquemos, un sin fin de caminos alternativos, austeros, repletos de baches o bien transitables, nos van a abordar. Nuestra actitud ante estos desvíos marca la diferencia.

Van a estar, van a continuar, no podemos controlar cómo va a ser el camino ni mucho menos el destino final.

Podemos actuar con todas nuestras fuerzas y con la mejor actitud posible, todo lo contrario o a medias.

Siempre eliges tú.

 

 

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En un conflicto no funcionan los titulares. ¿Concretamos?

Ella explicó: “me siento muerta por dentro, él ha dejado de atenderme”.

No podemos quedarnos en las palabras, necesitamos bucear mucho más profundamente para conocer el verdadero significado de la expresión. Vivimos rodeados de titulares dramáticos e impactantes, de programas, series y noticias de similares contenidos. Ello redunda en nuestra forma de pensar y de comunicarnos pero no olvidemos que seguimos siendo personas complejas, muy alejadas de meros titulares.

En la gestión del conflicto, interno o con el otro, necesitamos entendernos. Los titulares etiquetan y no revelan nuestras emociones y pensamientos. La pregunta es una herramienta esencial para llegar al fondo. Y preguntar no es imaginar su respuesta para preparar la nuestra. Preguntar es querer escuchar su respuesta para comprenderla.

“¿A qué te refieres cuando dices que te sientes muerta?” “Piensas que estás muerta por dentro pero, ¿cómo te hace sentir esto?” Descubrir la verdadera emoción es importante para conocer qué necesita.

“Me siento muerta quiere decir que, aunque me encuentro muy activa, hago muchas cosas, es como si por dentro nada se moviera. Me entristece profundamente”. Aclaró.

Bueno, aquí ya tenemos una emoción real, la tristeza. Además, si leemos entre líneas podemos deducir que su actividad trata de esconder ese vacío, esa tristeza. Al aclarar, vemos que ya no se refiere a su pareja como culpable de la situación. En cualquier caso, no supongamos, no deduzcamos sin contrastar, podemos estar equivocados. Sigamos preguntando.

“¿Para qué tanta actividad?”. Cuidado con nuestras preguntas, tratemos de no orientar la respuesta. Si queremos contrastar nuestra suposición no planteemos la pregunta con intención de reforzar lo supuesto. Dejemos que descubra ella misma su parte, sin proyectar la nuestra sin querer. La pregunta objetiva, corta y aséptica ayuda.

“Realmente, hacer muchas cosas me mantiene ocupada y muchas veces consigo olvidar el vacío”. Respondió.

“Te sientes triste por tu vacío interno. ¿Qué necesitas?” Puede ser una pregunta para llegar a lo más importante, su necesidad.

“Necesito tener un motivo. No buscarlo a través de la actividad, sino tener un motivo claro para enfocarme en él y seleccionar mis actividades. Antes lo tenía y lo he ido apagando”.

En el momento en el que hablé con ella estaba inmersa en un conflicto con su pareja. Su queja era su falta de atención hacia ella. Profundizando, llegamos a la conclusión que era ella la que había dejado de atenderse a sí misma. Inconsciente del verdadero problema, había volcado toda la responsabilidad de su desatención hacia la pareja. Demandaba atención hasta en los más insignificantes detalles. Su pareja, consciente de que algo necesitaba hacer para ayudarla, no lograba satisfacer tanta demanda.

A través de la pregunta logramos concretar y objetivar la situación conflictiva que produce emociones negativas potentes. No es el otro el culpable de nuestra emoción, puede ser el estímulo, pero no el responsable. Además, la pareja puede ser una herramienta de ayuda en la satisfacción de nuestra necesidad, pero no podemos exigirle que sea la única vía posible de atenderla. La pareja también tiene necesidades que cubrir.

Si nos damos cuenta, de la expresión “él ha dejado de atenderme” a “necesito recuperar la motivación que tenía”, hay un abismo. Ella sentía lo mismo al expresarse pero como en su expresión, en un principio, enfocaba la responsabilidad fuera, necesitamos seguir buscando. Y en la búsqueda, necesitamos lograr concreción, evitar los titulares.

Las palabras nos cercan y el apego a las habituales puede interferir en nuestro crecimiento. En el acompañamiento en la gestión de conflictos, podemos ayudar a abrir caminos para encontrar el significado de los pensamientos más ocultos. Buceando encontramos nuevas palabras, nuevas expresiones. Crecemos.

Y tú, ¿te consideras presa de tus palabras? ¿Te expresas con titulares o eres consciente de lo que sientes en cada situación y sabes qué necesitas?

Siempre eliges tú.

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Cuando no percibimos la realidad tal y como es ¿estamos mintiendo?

En los conflictos nos encontramos puntos de vista diferentes, en esto estamos todos bastante de acuerdo. Que sean distintos no quiere decir que uno sea mejor que el otro ni más verdadero. Ahora bien, cuando uno miente para decorar la realidad hacia su razón sí podemos afirmar que uno de los puntos de vista es menos verídico que el otro. Sin embargo, me temo, que ninguno será del todo real, ni objetivo, ni cierto por completo.

¿Cuando una de las partes cuenta “su verdad” decimos que miente? En la gran mayoría de los casos se trata de una expresión de la interpretación parcial o focal de los estímulos ambientales que percibe. En otros, la manipula para lograr un objetivo concreto en el conflicto.

Pero cuando la persona realmente no alcanza a ver la realidad tal y como es, ¿miente, manipula la versión o simplemente la ve como la ve?

No es sencillo discernir un caso del otro, tampoco es muy diferente su consecuencia inicial: diferentes puntos de vista. Ahora bien, si una de las partes no llega a percibir la realidad tal y como sucede, difícilmente va a poder llegar a entender la visión de la otra parte porque le parecerá que esta visión no tiene nada que ver con su historia y, ante la imposibilidad de percibir adecuadamente, volcará la responsabilidad de lo sucedido hacia fuera porque no puede verla dentro.

Con un ejemplo sencillo, puede comprenderse:

Manuel percibe que el aparato de la TV no se enciende e interpreta que su compañero de piso ha estropeado el cable ya que el día anterior tuvieron una fuerte discusión en relación con la programación que ver. Roberto percibe la TV estropeada igualmente e interpreta que, de la discusión del día anterior, Manuel pudo golpear el aparato y por ello ya no funciona. Carlos, tercero en la escena, corrobora que hubo una discusión el día anterior y que la TV efectivamente no se enciende.

En este caso, ambos perciben el mismo tipo de estímulo (TV que no se enciende) y cada uno lo interpreta según su pensamiento, experiencia previa, visión, juicio de valor, construyendo una versión. Si quieren y escuchan, pueden llegar a visualizar la interpretación del otro y entenderse.

Imaginemos ahora que Manuel percibe, sin que esto haya ocurrido, que la TV sí que se ha encendido cuando ha pulsado el botón del mando pero que, al llegar Roberto y pasar por al lado del aparato, se apagó de inmediato para no volver a funcionar más. Carlos, tercero en la escena, corrobora que la TV no se encendió cuando Manuel declara. Roberto, por mucho que tenga intención de comprender el punto de vista de Manuel, no puede compartir la percepción de éste. Ya no se trata de poder comprender su interpretación, es que perciben hechos diferentes. En este caso, hay un tercero que puede confirmar el hecho de una forma más objetiva desde una tercera posición, ajena al conflicto, pero muchas veces no contamos con este tercero y a menudo desconocemos la realidad.

Generalmente y en nuestro primer ejemplo, los estímulos sensitivos del hecho los perciben ambas partes del conflicto. Una interpretará estos estímulos en función de sus pensamientos, creencias, experiencias, juicios, valores, etiquetas… Pero puede llegar a comprender, si acepta trabajar en la gestión de su conflicto, la visión de la otra parte si entiende, aunque no comparta, sus pensamientos, creencias, experiencias, es decir, todo su mundo interno. El proceso es similar en el fondo pero con un escenario distinto. Ahora bien, cuando la otra parte explica su versión de los hechos desde un fondo diferente, no es la forma lo que difiere sino la esencia misma. Digamos que una de las partes percibe unos estímulos que interpreta y la otra otros estímulos diferentes, con su interpretación oportuna. Aquí es complejo trabajar la empatía y comprensión mutua. El entendimiento se torna prácticamente imposible.

Lamentablemente, hay muchas situaciones de este tipo, más de las que pensamos. A priori vemos personas poco empáticas, “cerradas” o manipuladoras pero lo cierto es que muchas de estas personas son incapaces de percibir como la mayoría.

No existe intención de desvirtuar la verdad, por lo que no podemos exigir una responsabilidad al respecto ni un cambio de actitud. Asegurarán que la realidad es la que ven y no otra. Y así es. Manuel, en nuestro ejemplo, se ve sin ningún tipo de responsabilidad en la TV estropeada. Vuelca la responsabilidad en Roberto porque parte de hechos que no han ocurrido en realidad.

Podemos ver muy lejano este tipo de comportamiento. A veces no nos damos cuenta de que podemos estar cerrados, no a puntos de vista diferentes, sino a percibir lo que pasa a nuestro alrededor.

El autoengaño para lograr que nada se mueva de un lugar conocido es muy común y opera más de lo que pensamos. Y este autoengaño, convertido en un hábito, genera  opacidad o ceguera a lo que sucede a nuestro alrededor. Es muy posible que Manuel, acostumbrado a decorar la realidad hacia su prisma, vea algo que no ocurre porque este mecanismo se ha convertido en su hábito: distorsionar de forma automática su percepción sin que intervenga la consciencia.

Reflexionemos: si recurrimos al engaño para manipular la realidad a nuestro favor, ¿qué conseguimos con esta actitud?

Reflexionemos: si recurrimos al autoengaño como hábito para no salir de nuestra zona de confort ¿qué logramos?

Responsabilizarnos de nuestra actitud es útil para saber qué necesitamos cambiar y, si queremos, hacerlo.

Siempre eliges tú.

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Conflictos enquistados: ¿Queremos entendernos o seguir teniendo razón?

“¡No tengo nada que hablar con ella!” Aunque la afirmación parece rotunda está llena de miedo.

Porque si me siento a hablar con ella temo llorar. Porque si verbalizo el verdadero motivo de mi ira, quedo desnuda y ya no tengo armas. Porque si llegamos a entendernos ya no puedo victimizarme. Porque indagar en lo que realmente me enfada cuesta y prefiero culpar a la otra parte.

Situaciones que se dan una y otra vez. No escapamos del engaño de nuestra mente quedando enredados en lo que no es. 

“No soporto el ruido que hace al comer”, “¿no se da cuenta de que molesta cuando baja la persiana?”, “me hace ver programas insoportables de la TV”, “siempre limpio yo”… ¿Nos damos cuenta de que son frases que flotan en nuestra mente continuamente? El parloteo nocivo de nuestro pensamiento desvirtúa nuestra realidad siempre que nos dejamos. Y nuestro pensamiento no somos nosotros mismos. Nosotros somos quienes elegimos dar crédito a lo que creemos percibir. ¿Pensamos lo que percibimos o percibimos según lo que pensamos? Si toda la humanidad considera que el ruido que hace el otro al comer es insoportable, podríamos asegurar que lo que percibimos es real. Pero mucho me temo que se trata de una mera interpretación de lo que vemos o escuchamos.

Se trata de describir la realidad de forma objetiva, tal y como es. Sin suponer intenciones, sin etiquetar, sin juzgar. Cuanto más pequeños somos, mejor lo hacemos ¿Cuándo hemos desaprendido tanto?

Un niño describiría estas situaciones con afirmaciones como “hace un ruido fuerte mientras come”, “cuando baja la persiana, me quedo sin luz y tengo que levantarme a encender la lámpara”, “pone programas en la TV que no me gustan”, “suelo barrer a menudo”, Estas frases exponen la realidad de una forma mucho más descriptiva que antes, ¿no?

Hacer responsable al otro de nuestros males hará que le veamos enorme y perverso, le deshumanizamos y empezamos a percibirle como un generador de sufrimiento.

¿Por qué no detener la inercia ahora mismo? Necesitamos sentarnos, hablar y escuchar. No reprochar, sólo hablar y escuchar. Porque, aunque no lo creamos, el otro tiene tantas necesidades como nosotros y hace las cosas con un fin propio que probablemente nada tenga que ver con nuestra percepción. Ni puede llegar a imaginar cómo nos sienta su actitud ni puede adivinar por qué nos molesta tanto.

Detrás de cada percepción que pone en alerta nuestras emociones hay una necesidad no satisfecha. 

¿Qué hay detrás del ruido insoportable al comer que tanto nos puede molestar? Puede ser la necesidad de comer en silencio. ¿Y por qué puede afectarnos tanto que baje la persiana a diario a una hora que consideramos inapropiada? Puede tratarse de la necesidad de aprovechar al máximo la luz natural y evitar costes innecesarios ¿No nos gustan los programas de la TV que pone el otro en casa? Quizás necesitemos seleccionar lo que entra en nuestra mente y ese tipo de programación no es la que más se adecúa a nuestra ecología mental. Y sobre la limpieza, ¿siempre limpiamos nosotros? ¿Todo? ¿Cada día? Quizás no sea ajustado a la realidad (“todo”, “nada”, “siempre”, “nunca” suele desvirtuar lo real). Y si así fuera, es posible que necesitemos equilibrio. Todas ellas son necesidades legítimas y entendibles pero si no se las comunicamos al otro, no nos va a comprender. Y si, además de no comunicarlas, reprochamos continuamente sus comportamientos, la convivencia se hará insoportable. Creemos que el otro debe conocer todas nuestras necesidades como si poseyera una bola de cristal. ¡Pero si a veces ni las detectamos nosotros mismos!

¿Y el otro? ¿Consideramos en algún momento por qué puede estar comportándose así? ¿Creemos de verdad que las cosas las hace con el único objetivo de molestarnos? Es muy habitual que la rumiación logre convencernos de que el motivo de la vida del otro es causarnos molestias a diario. A menudo, nos aferramos a esta creencia y justificamos nuestros pensamientos que van en esa línea para darnos la razón sin parar. Con frecuencia, además, nuestro deseo de victimismo alienta pensamientos de este estilo y así quedamos protegidos en nuestro castillo perfectamente creado para evitar entender. Es más sencillo culpar que comprender, lo llevamos haciendo años. Es una inercia.

Siempre hay necesidades legítimas que nos empujan a actuar de una u otra forma, quizás no estemos de acuerdo con la estrategia que elige el otro para satisfacer sus necesidades pero si logramos comprender éstas, podremos mirar más allá de lo que hace. Entendiendo para qué lo hace el cómo deja de importar tanto.

Si no detectamos nuestro “para qué” ni su “para qué”, es difícil definir acuerdos concretos. Quedándonos en la etiqueta, en el juicio o en la exageración desvirtuamos la realidad de lo que ocurre, generamos pensamientos nocivos que entorpecen y nos aferramos a ellos para seguir teniendo la razón.  Fabricamos ira y sufrimos innecesariamente. Así no hay entendimiento.

La pregunta que necesitamos hacernos es: ¿queremos entendernos o tener razón? En función de la respuesta, actúa.

Siempre eliges tú.

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