Su objetivo no eres tú

Tal vez pienses que su vida gira en torno a producirte daño, indiferencia o desprecio. Quizás no has pensado que su objetivo no eres tú.

Puede ser que creas que le conoces tan bien que adivinas todo motivo de su actuar. Pero piensa por un instante: ¿conocemos el origen de todos nuestros actos?

Entonces, ¿cómo podemos creer saber la intención de una persona si ni tan siquiera somos dueños de nosotros mismos? No nos engañemos, se trata de una mera interpretación, no es real.

Su objetivo no eres tú, es él mismo, ella misma. Tratamos, muchas veces torpemente, de satisfacer nuestras necesidades, como podemos, como sabemos. Bastante tenemos con conocer qué necesitamos como para estar pendientes de causar efectos controlados en el otro. Suficiente es discernir entre el deseo y la necesidad, no hay estrategia para más.

“Lo hace porque no quiere que triunfe”; “Siempre me quiere dejar mal ante los demás”; “Me ignora para castigarme”. Son algunas expresiones que se me ocurren que empleamos en algún momento. ¿Seguro que acertamos con la intencionalidad de los actos que definimos? ¿En qué nos basamos, objetivamente hablando, para declarar de este modo? Probablemente, se trate de nuestros propios miedos y de nuestra propia forma de ser. Proyectamos en el otro nuestras propias expectativas para no responsabilizarnos de lo que pensamos. Pasemos nuestras afirmaciones a primera persona: “no quiero triunfar”; “quedo mal ante los demás”; “me ignoro”. Quizás esto tenga más que ver que con lo que percibimos en el otro.

PalomaMGF

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El otro bastante tiene con manejar sus propias proyecciones y sus miedos. También actúa como sabe y puede, según lo que ve. Quizás no percibe el ángulo que nosotros damos por hecho y por eso no comprendemos su reacción o su forma de actuar. Es posible, también que trate de mermar nuestra autoestima para sobresalir de algún modo ya que se mueve por tal necesidad. Si lo pensamos, siempre hay una necesidad personal que origina nuestra forma de actuar. También la de él o la de ella. Lo que vemos es la punta de un iceberg de todo lo que hay en la profundidad que desconocemos. Imaginemos nuestro propio abismo, ¿sabemos cuál es? ¿Lo comprendemos? Si las respuestas son que NO, ¿por qué dar por hecho que el otro se conoce perfectamente y además se comprende? Nada más lejos de la realidad, por regla general.

Si tendemos a percibir la mala intencionalidad de los que nos rodean, podemos preguntarnos cuántos miedos tenemos, ocultos o no, y trabajar en ellos.

¿Cómo?

Primero, descubriéndolos. Destapados, se hacen más pequeños. Por ejemplo: “me da miedo hacer el ridículo frente a los demás”.

Segundo, analizándolos. ¿De dónde viene el miedo? ¿Qué reacción me produce? ¿Qué pensamientos genero desde ese miedo? En nuestro ejemplo: “Es posible que venga desde 4 de EGB cuando un grupo de niños se rieron de mí al equivocarme en una respuesta” (el origen no siempre lo recordamos, tampoco es esencial hacerlo para saber manejarlo); “Cuando estoy delante de la gente, noto bloqueo, las palabras me traicionan y emito alguna frase sin sentido”; “En grupo, a menudo pienso que voy a errar al hablar y prefiero callarme”.

Tercero, dejar de culpabilizar a los demás de lo que hacen. Pensamientos como “Manuel me ha dicho que me queda bien el gorro, seguramente no lo piensa y lo que quiere es que todo el mundo se fije en el gorro, para ridiculizarme”, son producto de mi miedo y la proyección del mismo a los actos de los demás. Entrego el poder a los otros y atribuyo una intencionalidad que seguramente no exista. De no tener este miedo, las palabras de Manuel serían inocuas o me sentarían bien al tratarse de un elogio. La intención la supongo de manera subjetiva.

Cuarto, me responsabilizo de mis emociones y necesidades: “Tengo miedo de hacer algo impropio o ridículo delante de los demás”. Es mi miedo, que probablemente nadie conoce. Ante esta emoción, ¿qué necesito? Seguridad. ¿Cómo puedo llegar a ella? Elijo el camino que en este momento me satisfaga (caminos hay mil, elijo el mejor): “respiro hondo, pienso bien la frase que voy a emitir, lo hago elevando el tono de voz y levantando la cabeza”.

Siendo conscientes de nuestra profundidad, manejamos mejor nuestras emociones y actuamos más acorde a lo que verdaderamente necesitamos.

¿Y los demás? Sabiendo la complejidad de nuestro mundo interno, nuestras reacciones al mismo y nuestro modo de actuar tal y como sabemos, ¿atribuimos ahora la misma responsabilidad a los actos de las personas que nos rodean?

Siempre eliges tú.

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Cuando esparcimos veneno para reforzar nuestro punto de vista

Quien haya leído “Los cuatro acuerdos” del Dr. Miguel Ruiz ya sabe un poco más sobre el poder de las palabras, tanto para bien como para mal.

Las palabras nos definen, dicen mucho de nosotros mismos y ser conscientes de ello puede suponer un cambio importante en nuestra forma de vida. ¿Por qué?

Porque dejando de hablar en piloto automático dejamos de vivir por inercia.

Porque el cambio realmente empieza por uno mismo.

Porque cuidar lo que sale de nuestra boca también depende de lo que entra en nuestra mente.

Porque es nuestra responsabilidad la impecabilidad de nuestras palabras.

Porque, si podemos hacer el bien con ellas, ¿para qué hacer el mal?

Y es que tantas y tantas veces tendemos a caer en la rutina de lanzar opiniones y puntos de vista envenenados sólo para dar mayor credibilidad a nuestra verdad. No es justo. Ni auténtico. Valoremos si nuestra opinión es tan importante como para tirar por tierra a otras personas. ¿Y qué si nuestra verdad no tiene crédito? ¿Para qué sirve tener razón si hemos potenciado nuestra versión a costa de terceros?

Defendamos todo aquello que opinemos, por qué no, pero cuando vislumbremos un fragmento que desconocíamos, volvamos a empezar a construir nuestra postura. ¿Esconde debilidad? Todo lo contrario, diría yo: quien puede reconsiderar una y otra vez su punto de vista al descubrir sombras nuevas, enriquece su visión. Es un ejercicio muy útil y potencia nuestra empatía al máximo.

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Lanzando argumentos inciertos para desbancar cualquier oposición a nuestra versión inicial sólo conseguimos estancar la mirada. Con tantos límites no descubrimos, nos perdemos la magnitud de todo el cielo, que es vasto, dejamos de percibir la profundidad del océano, que esconde magia en sus aguas y ya no crecemos. ¿Es lo que queremos?

Cuando vayamos a emitir un juicio de valor, pensemos si es lo suficientemente objetivo como para defenderlo. Si no lo es, mejor seleccionar otro argumento más veraz. Si no lo hallamos, ¿para qué lanzarlo a sabiendas de nuestra verdadera intención?

Pero para recuperar un mínimo de cordura en este sentido, no nos queda otro remedio (bendito remedio) que cuidar aquello que engullimos cada día y dejamos que pase a nuestra mente con total impunidad. Lo que escuchamos, ¿podemos asegurar que es veraz? ¿Cuánto de objetivo hay en el discurso? ¿Daña o elogia? ¿Para qué le damos crédito? ¿A quién ensalzamos con ello? ¿A quién destruimos? ¿Aplaudimos la opinión o el juicio sólo por educación o para sentirnos más cerca de la persona que lo emite? Reflexionar sobre ello nos puede dar pistas del punto en el que nos encontramos.

Tanto dar crédito a lo que escuchamos como emitir de una forma u otra tiene verdadero poder. Ser dueños responsables de nuestras palabras produce un cambio a nuestro alrededor. Es inevitable porque la paz se cuela, todo es causa. 

Y para empezar a practicar, empecemos por nosotros mismos, hacia dentro, desde el origen. Lanzándonos amor, sólo sabremos emitir amor. Y, por supuesto, a la inversa. Fijémonos en nuestro diálogo interno y comprenderemos mejor el discurso que emitimos.

¿Quieres ser partícipe del cambio?

Siempre eliges tú.

 

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Dar por hecho o valorar y agradecer

Cuando nuestro nivel de exigencia aumenta, nublamos nuestra capacidad de agradecimiento. Somos seres insatisfechos por naturaleza ya que nuestra tendencia es asegurarnos el mayor bienestar posible. Hay teorías que muestran que nada es tan placentero como el vientre materno y, al nacer, buscamos incansablemente reproducir el escenario que teníamos en el período de gestación. Y así parece que surge nuestro deseo de satisfacer necesidades como un continuo. Si lo miramos desde el punto de vista constructivo, nos permite crecer y evolucionar.

Ahora bien, aprender a valorar cada logro obtenido, sea el que sea, significante o no tanto, nos permite utilizar esta insatisfacción “crónica” como medio para madurar y crecer. En cambio, dejar de valorar lo cotidiano eleva nuestra exigencia de más y se convierte en un hábito adictivo sin demasiado sentido.

¿Qué ocurre cuando tenemos una experiencia de vida inusual y traumática, por ejemplo una enfermedad? De pronto nada de lo que existe en ese momento importa demasiado y nuestra percepción se centra en los pequeños detalles que dábamos por hecho cada día.

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Nuestros días se desarrollan en lo alto de montañas absurdas, subimos y bajamos sin atender a la base. Nos percatamos en el último grano de arena que hay bajo nuestros pies y, si lo perdemos, nos frustramos. Cada vez queremos más y más altura y la base queda más y más lejos de nosotros.

¿Qué hay de la sensación de calor cuando el rayo de sol se posa en nuestra piel en un día frío de invierno? ¿Dónde queda la mirada tierna de nuestros hijos que capturamos sólo porque queremos percibirla? ¿Observamos las imposibles formas de las ramas de los árboles que nos rodean? ¿Captamos la luz tenue del atardecer? Todo esto está con nosotros cada día de nuestra vida pero nuestra mente se ceba en lo próximo que toca y se pierde detalles inmensos que damos por hecho una y otra vez.

¿Es que no vemos todo lo afortunados que somos? Debería ser una tarea diaria pensar al menos tres o cuatro cosas por las que somos realmente dichosos todos los días de nuestra vida, sin excepción. De este modo, nuestra percepción deja de ocuparse en lo que no hay para valorar todo lo que sí hay.

¿Lo has pensado? Sólo céntrate en tres o cuatro aspectos de tu vida que hace que seas realmente afortunado.

Cuando perdemos o dejamos de tener aquello que creemos que nos hace felices curiosamente no encontramos tres o cuatro cosas, sino muchas más. Es extraño el ser humano, cuanto menos tenemos o más bajita es nuestra montaña, más apreciamos la base, aquello que siempre está y nos hace felices. En cambio, a mayor altura, menos sabemos apreciar lo diario, lo común, lo habitual.

Pero, como todo, esto también constituye una decisión personal. Acercarse o alejarse de la base es nuestra elección.

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Levantar la vista y mirar. Que no pase un día sin pensar en aquello que realmente nos hace afortunados. Agradecer cada color que se cruza en nuestro camino, cada gesto, cada palabra ajena. Pensemos que cada persona que interactúa con nosotros siente y vive de forma similar, nadie es tan diferente a nosotros.

¿Cuántas veces damos por hecho que el camarero “debe” traernos el café corto de café con leche templada y azúcar moreno que hemos pedido? ¿Y dejar de dar por hecho para empezar a agradecer estos pequeños detalles? Actuamos movidos por mejores intenciones que peores y tendemos a no valorarlo. En cambio, los fallos y errores los ensalzamos creyéndonos, así, perfectos. Nada más lejos de la realidad.

Sonriamos más.

Apreciemos más.

Valoremos más.

Agradezcamos más.

Siempre eliges tú.

 

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¿Para qué funcionamos con suposiciones negativas?

Para qué suponemos lo negativo de las personas que nos rodean o de los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor. Para qué nos adherimos a las suposiciones ajenas cuando éstas son de la misma índole negativa.

En mi opinión, cada vez hay más círculos que viven de este modo, supongo que porque el contagio ahora es mucho más sencillo con las nuevas tecnologías.

Me pregunto qué hay de satisfactorio en todo esto. Quiero entenderlo para dejar de juzgar.

Por un lado, la pertenencia al grupo mayoritario es potente. Es más sencillo colocarse en el grupo de personas que critican a alguien o algo, para evitar ser juzgado y no ir contra la corriente. Además, poder hablar de un mismo tema, estando de acuerdo, une y solidifica las relaciones personales. Pero vivir con base en suposiciones infundadas, sin contrastar, vivir sin observar suele conllevar construir escenarios lejos de la realidad misma.

El sentido de la pertenencia es una necesidad básica a la que todos tendemos, de forma general. Pero también podemos analizar si puede ser perjudicial y elegir en consecuencia. Hay grupos más minoritarios que ya han decidido no dejarse llevar por las suposiciones. Hay muchas personas conscientes que ya deciden observar antes de suponer, verificar antes de prejuzgar, esperar para conocer resultados antes de inventarlos con base a lo que escuchan.

No obstante, pienso que debe haber algo más satisfactorio, a corto plazo, que fortalece la tendencia, muchas veces adictiva, a pensar lo peor de cualquier situación o de las personas que las protagonizan. No es raro encontrar personas que bucean sin parar en noticias trágicas y dramáticas para encontrar suposiciones de cómo han sucedido las cosas o qué intenciones se esconden detrás de lo sucedido. Es alarmante comprobar como, cada día, determinados acontecimientos se convierten en verdaderos espectáculos gracias a los medios de comunicación, uno de los orígenes del contagio social. Es triste también observar cómo, de ello, surgen cientos de hipótesis, cada una más morbosa o exagerada que la anterior, que tratan de explicar tales acontecimientos. Y el resultado de todo ello es cómo mantenemos verdades absolutas de algo que no podemos conocer más que por opiniones y versiones ajenas.

¿Qué placer hay en mantener posturas que se basan en meras especulaciones, sobre todo cuando éstas son negativas? ¿A quién beneficia? ¿Qué hay de malo en admitir que no sabemos la realidad hasta que no la comprobamos? ¿Para qué nos aferramos a estos prejuicios?

Es posible que suponer maldad en las personas nos puede hacer sentir mejores que ellas.

Es posible que sintamos control al posicionarnos en una opinión por el sentimiento de pertenencia que mencionaba antes.

Es posible que expresar una postura tajante nos haga aparentar sapiencia acerca de un tema o de una persona.

Es posible que admitir un “no sé” nos haga sentir más débiles o ignorantes.

En cambio, pensar a base de suposiciones, nos hace vivir en realidades paralelas. Si, además, estas suposiciones son negativas, llegamos a construir un mundo amenazante que puede originar más estrés y ansiedad de lo necesario. Y no, no somos mejores que nadie ni peores, somos lo que sabemos ser y actuamos como creemos mejor. ¿De verdad pertenecer a una mayoría “enferma” de pensamientos es útil? Lo dudo.

Elevar la voz para mejorar el argumento no lo hace más verdadero. La verdad no entiende de suposiciones ni de pensamientos infundados, entiende de realidades contrastadas y de observaciones objetivas.

Y sí, decir “no sé” cuando no sepamos nos libera mucho más de lo que imaginamos.

Acudamos a la información objetiva y, si no la hay, verifiquemos lo que se sabe cuando se sepa, no antes. No presupongamos lo que no entendemos. Para qué escuchar a quien tiende a lanzar verdades infundadas. Tomemos distancia de ellos, reflexionemos si podemos ser uno de ellos.

La verdad siempre está ahí aunque no podemos acceder a ella cuando queremos. Podemos tener paciencia en descubrirla o aceptar que no la conoceremos.

Siempre eliges tú.

 

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Cada mirada tiene su razón de ser

Da igual que se acabe el año y empiece uno nuevo. Las miradas son las mismas, si el que mira así lo quiere.

No importa si las entendemos o no, siguen siendo exactamente como son sin preocuparse de a quién puedan gustar.

Podemos mirar blanco o negro. Podemos no mirar. La elección es de quien la hace, la compartamos o no.

Cada mirada tiene su razón de ser y así es y será si el campo de visión se mantiene estático. Elegimos cada día ampliar o no el ámbito de percepción, sólo depende de nosotros. No hacerlo también es una elección y tiene su razón de ser. Y no pensemos que la razón es lograr algo de ti, de mí, de él, de ella. Probablemente la razón es más pura, más necesaria, más anclada de lo que alcanzamos a ver. La apariencia esconde  la verdad de su razón y la acción revela lo que cada cual sabe hacer con ella.

Podemos elegir comprender o podemos obcecarnos en plasmar nuestra razón como la única. Cada uno sabe si prefiere ser feliz entendiendo o aplastar con su mirada cualquier atisbo de prisma diferente.

Cada razón de ser contiene una verdad. Entenderla no es compartirla ni aplaudirla. Es aceptar la perspectiva de quien mira, cómo mira y por qué mira.

¿Aceptamos comprendiendo?

Siempre eliges tú.

 

 

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Todo es causa.

Ya te has dado cuenta de que el tiempo es relativo y cuando algo duele parece que todo pasa lento. Pero es el enfoque lo que hace que la realidad se ralentice. Si puedes enfocar distinto, tu realidad cambia. Y esto lo eliges tú en todo momento.

¡Claro que escuece! Permite que esté, siente el dolor y verás cómo se desvanece a medida que lo dejas ser. Llorar ayuda y la tristeza, aunque asusta, es un perfecto mecanismo que te prepara para recuperarte. No la ahogues que tiene su función y es reparadora.

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Og Mandino decía “esto pasará también” y no falla. Son tres palabras que ayudan a relativizar el presente. Piensa que todo es producto de un sin fin de causalidades. Si supieras cuántas intervenciones causales han precedido al suceso que ahora duele, te darías cuenta de inmediato de que lo que pasa es perfecto tal y como es. No habría sido posible de otro modo según cómo se han desarrollado las causas.

Si tuvieras la certeza de que todo evento daña y beneficia a alguien o a uno mismo, sabrías que lo que ha sucedido, si bien te perjudica ahora mismo, también es positivo para alguien o, quien sabe, para ti misma en un futuro. Y, de no haber sucedido, estarías más alegre y tranquila hoy pero alguien sufriría la consecuencia. O quizás tú misma en un futuro.

¿Lo ves? Quién sabe lo que es bueno o malo en este momento, no imaginamos qué puede desencadenar en un futuro algo que ahora nos hace sufrir. Quién sabe si este acontecimiento es causa de un increíble suceso venidero. Si no tenemos ni idea del resultado de los sucesos al menos podemos controlar nuestra actitud y actuar con aquello que nos pasa.

¿Tristeza? Sí, deja que esté contigo hasta que decida marcharse. Mientras, coge fuerzas y decide qué hacer con esto que te pasa, cómo puedes ser partícipe de miles de causas para que las cosas sucedan. No es cuestión de buena o mala suerte, es cuestión de participar en la suerte tanto como quieras. Si quieres puedes intervenir. Si quieres puedes no hacerlo. Cualquier decisión y acción causará un efecto. Todo es causa. ¿Qué efectos surtirán?

Siempre eliges tú.

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¿A más confort, más prejuicios?

Mucho se habla de la zona de confort y de los beneficios de salir de ella para innovar, crear, refrescar habilidades y descubrir otras dormidas. No sé si todo el mundo necesita salir a explorar o hay personas a las que les crea tanta ansiedad que es preferible que se queden en lo ya conocido aunque no sea lo más satisfactorio. Supongo que cada uno puede valorar lo que le parezca más apropiado en cada momento.

Lo que me pregunto, casi confirmando, es si en esta zona de confort creamos o consolidamos más prejuicios que en zonas novedosas o menos conocidas.

Veamos:

Si en el mundo que conocemos nos movemos con hábitos adquiridos, por regla general, vamos relajando nuestra atención y pulsamos más a menudo el piloto automático para seguir funcionando como sabemos que toca. En este sentido, nuestra percepción se habitúa ante estímulos que podemos incluso anticipar. Nuestras creencias se van consolidando al tener experiencias parecidas hasta el punto en el que dejamos de experimentar y presuponemos el resultado de los sucesos sin llegar a constatarlo con la realidad misma. La atención va disminuyendo al creer saber lo que va a suceder, damos por hecho aquello que presuponemos y dejamos de vivir con frescura el día a día.

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Al explorar nuevos horizontes (un nuevo trabajo o un destino desconocido, por ejemplo) necesitamos volver a despertar recursos aletargados. La atención se vuelve más fina y descubrimos detalles que no imaginábamos. Nuestra percepción es más rica al poder valorar más variables. Despertamos y hasta el color de un mismo árbol se vuelve más vivo e intenso. Porque captamos más y mejor. Presuponemos menos para experimentar más. De este modo, nos dejamos sorprender por estímulos que no podemos anticipar y el asombro es mayor.

¿Somos conscientes de en qué escenario nos encontramos ahora? ¿Estamos habituados y acomodados o nos situamos en un contexto desconocido en el que necesitamos estar alerta? ¿Qué preferimos? ¿Nos consideramos en este momento presas de prejuicios como un hábito instaurado o creemos que vemos la realidad de una forma fresca y nueva?

Valorando las respuestas, podemos deducir dónde o cómo nos encontramos.

Ahora bien, aun estando en una zona de confort, nuestra atención puede estar activa y podemos saber percibir la realidad sin filtros ni creencias estereotipadas, de manera que vivimos con plenitud cada instante sin necesidad de salir de esta zona. También puede ocurrir que estemos explorando terrenos desconocidos pero anclados a creencias anteriores de experiencias acaecidas, de modo que nuestra atención está activa pero boicoteada constantemente por esos pensamientos que surgen y no permiten evolución alguna.

No es tanto dónde nos encontramos sino cómo lo manejamos. Sí es cierto que tendemos a acomodarnos en espacios conocidos pero también podemos elegir lo contrario. Se trata de aprender a cuestionarnos las creencias de manera constante, alejarnos de lo que consideramos “sentido común” y reflexionar si lo que percibimos ahora es fruto de la realidad o de nuestros pensamientos filtrados. Así ponemos en marcha nuestros procesos atencionales y estamos más preparados para descubrir lo que no vemos habitualmente.

Y si lo que elegimos es salir de la zona conocida y explorar nuevos horizontes, aligeremos la mochila de todo lo que pesa y con la mirada limpia, avancemos asombrándonos con lo que nos espera.

Siempre eliges tú.

 

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