¿A más confort, más prejuicios?

Mucho se habla de la zona de confort y de los beneficios de salir de ella para innovar, crear, refrescar habilidades y descubrir otras dormidas. No sé si todo el mundo necesita salir a explorar o hay personas a las que les crea tanta ansiedad que es preferible que se queden en lo ya conocido aunque no sea lo más satisfactorio. Supongo que cada uno puede valorar lo que le parezca más apropiado en cada momento.

Lo que me pregunto, casi confirmando, es si en esta zona de confort creamos o consolidamos más prejuicios que en zonas novedosas o menos conocidas.

Veamos:

Si en el mundo que conocemos nos movemos con hábitos adquiridos, por regla general, vamos relajando nuestra atención y pulsamos más a menudo el piloto automático para seguir funcionando como sabemos que toca. En este sentido, nuestra percepción se habitúa ante estímulos que podemos incluso anticipar. Nuestras creencias se van consolidando al tener experiencias parecidas hasta el punto en el que dejamos de experimentar y presuponemos el resultado de los sucesos sin llegar a constatarlo con la realidad misma. La atención va disminuyendo al creer saber lo que va a suceder, damos por hecho aquello que presuponemos y dejamos de vivir con frescura el día a día.

Al explorar nuevos horizontes (un nuevo trabajo o un destino desconocido, por ejemplo) necesitamos volver a despertar recursos aletargados. La atención se vuelve más fina y descubrimos detalles que no imaginábamos. Nuestra percepción es más rica al poder valorar más variables. Despertamos y hasta el color de un mismo árbol se vuelve más vivo e intenso. Porque captamos más y mejor. Presuponemos menos para experimentar más. De este modo, nos dejamos sorprender por estímulos que no podemos anticipar y el asombro es mayor.

¿Somos conscientes de en qué escenario nos encontramos ahora? ¿Estamos habituados y acomodados o nos situamos en un contexto desconocido en el que necesitamos estar alerta? ¿Qué preferimos? ¿Nos consideramos en este momento presas de prejuicios como un hábito instaurado o creemos que vemos la realidad de una forma fresca y nueva?

Valorando las respuestas, podemos deducir dónde o cómo nos encontramos.

Ahora bien, aun estando en una zona de confort, nuestra atención puede estar activa y podemos saber percibir la realidad sin filtros ni creencias estereotipadas, de manera que vivimos con plenitud cada instante sin necesidad de salir de esta zona. También puede ocurrir que estemos explorando terrenos desconocidos pero anclados a creencias anteriores de experiencias acaecidas, de modo que nuestra atención está activa pero boicoteada constantemente por esos pensamientos que surgen y no permiten evolución alguna.

No es tanto dónde nos encontramos sino cómo lo manejamos. Sí es cierto que tendemos a acomodarnos en espacios conocidos pero también podemos elegir lo contrario. Se trata de aprender a cuestionarnos las creencias de manera constante, alejarnos de lo que consideramos “sentido común” y reflexionar si lo que percibimos ahora es fruto de la realidad o de nuestros pensamientos filtrados. Así ponemos en marcha nuestros procesos atencionales y estamos más preparados para descubrir lo que no vemos habitualmente.

Y si lo que elegimos es salir de la zona conocida y explorar nuevos horizontes, aligeremos la mochila de todo lo que pesa y con la mirada limpia, avancemos asombrándonos con lo que nos espera.

Siempre eliges tú.

 

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Lo que decimos sí importa

Importa el qué, importa el cómo. Ellos no entienden de malos días, no comprenden que no nos soportemos por momentos, no se hacen cargo de nuestros conflictos internos. Sólo reciben y, sin querer, guardan.

¿Hablaríamos del mismo modo a un adulto? Con ellos descargamos sin pensar que todo cuanto decimos, o lo que no decimos y expresamos con gestos u onomatopeyas, se filtra hacia un corazón limpio y suave. Y cada flecha queda muy anclada para el resto de sus días.

Sí importa un insulto, sí importa un desprecio, importa esa enorme etiqueta que no deja de ser ficción. Pesa tanto que se hace difícil llevarla. Y ellos recogen y guardan sin poder remediarlo.

Parecen ignorantes a nuestras palabras pero no lo son. Posan su escudo bien tallado para devolver la imagen fría de sus ojos. Si bien antes eran de asombro e incomprensión, ya no lo son. Ahora son fríos y distantes. Distantes con la palabra que arrojamos, distantes consigo mismos para no sentir dolor.  Y ese es el mayor de los males, su desconexión para refugiarse de la emoción que no pueden dejar escapar.

Y parece que, tras las palabras hirientes, vuelven a sus actividades sin más preocupación.  No nos mintamos, no lo hacen, sólo vuelcan sus pasos al siguiente momento, el que sea que les aplaque, para dejar de sentir esa helada culebra que recorre su columna. Se vuelven con rabia y piernas temblorosas, deseando gritar, para lanzarse a cualquier otra ocupación que les desconecte más aún de su impotencia.

Y según van creciendo, la práctica se hace más sencilla y automática, no importa el sufrimiento, no importa el dolor, lo que de verdad calma es desconectarse del momento presente para que cualquier estímulo externo aplaque lo interno. Y cuanto más absorvente sea la distracción, mejor, más espirales les separan del análisis de lo que es. Hasta que llega un punto en el que un gran abismo divide su yo de su imagen.

Y se quedan con la imagen, es más benévola, más liviana, más etérea y moldeable.

Ahí queda su yo, en el envés de su realidad. Oculto y comprimido.

No hay excusas, siempre eliges tú.

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Prejuicios que causan sufrimiento

El prejuicio que nace de la confusión causa sufrimiento. Pero es nuestra mente pensando, no es más que un pensamiento sostenido por el yo que no descansa. Mente confusa, abotargada, ensuciada por las creencias y experiencias. ¿Y quién sino nuestro yo es el pensador? ¿Cómo hemos entrenado su metódica forma de percibir? ¿Cuándo comenzamos a permitir que el lodo y las piedras taponen todo brote de amor? ¿Podemos llegar a percibir el engaño del ego? ¿Somos capaces de descubrir la esencia misma de este yo que nada puede detener?
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El yo que hay detrás de todo
En eso consiste la claridad, la mente limpia de toda confusión, darnos cuenta del yo que hay detrás de todo este asunto, aquel que no participa verdaderamente de todo el montaje diario, fruto de un concienzudo entrenamiento. Si, por medio segundo, sentimos ese yo, un brote de claridad emerge y regala luz. ¿Lo sientes? Descifra el juego, la mente que inventa, el escenario que creas para darte la razón una y otra vez. Nada de eso existe en realidad, es un yo, con otro yo, esenciales, puros, vacíos de la construcción irreal, llenos de la nada más amorosa. Calmados, confiados y compasivos. No hay más. El resto no existe, sólo es producto de nuestra mente engañada por una inercia aprendida. Contempla la mirada del niño pequeño, piérdete en su inmensidad, en su claridad y comprenderás a qué me refiero. Esa mirada es la nuestra, hoy confundida, los mismos ojos, la misma esencia, el mismo yo que siempre existe sin el eco de todo lo vivido. Y el eco es el recuerdo transformado por la misma inercia que todo lo vuelca. Detenla ya para poder entender qué hay alrededor, o detrás, o en medio, no lo sé y tampoco importa. Sabiendo que está, sólo queda sentirlo.
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¿De dónde viene tanto odio, tanto juicio y tanto control?

“Una mente relajada es una mente abierta y espaciosa, una mente que no aprieta los dientes, como era en un comienzo”. Jetsunma Tenzin Palmo.

¿De dónde viene tanto odio, tanto juicio y tanto control?

Odiamos como máxima expresión de toda nuestra intolerancia. No son ellos los que han de cargar con nuestra emoción, somos nosotros los que necesitamos liberarla. Y es un bucle tan dañino como destructor. ¿Cuánto de nosotros no vemos? El grado de censura hacia ellos, tiene bastante que ver con nuestra elección de no adentrarnos en lo más nos aterra de nosotros mismos. Y esto lo negamos automáticamente porque da miedo. Pero no hay liberación posible sin la dureza de la aceptación.

Enjuiciamos para sentirnos ganadores o menos perdedores. Por ejemplo, “tú eres un vago” es una expresión que encierra mucho más: “tú eres lo que yo no soy, yo soy mejor que tú porque no sería capaz de ser lo que digo que tú eres”. ¿Seguro? ¿Y nuestra dualidad, por no decir nuestra gama de colores? ¿Realmente no somos en este momento, hemos sido o somos susceptibles de ser vagos en algún contexto de nuestra vida? ¿Por qué censuramos tanto este calificativo? ¿De dónde viene tanta asfixia? ¿Cuántas veces nos acusaron de serlo en ciertos momentos? ¿Quién o quiénes? ¿Qué pretendemos demostrar y a quién ocultándolo? ¿Por qué tanta necesidad de vernos mejores que él/ella? Fíjate en aquello que tanto enjuicias porque puede mostrarte algo muy escondido que sabes que existe en ti. ¿Duele? Pues sí.

Controlando a los que nos rodean podemos mantenernos bajo control. En el momento en el que percibimos arbitrariedad de movimientos, nuestro puzle se desmorona y esto nos desarma. Tanto que nos llegamos a descontrolar. Controlamos para no descontrolarnos. ¿Y qué pasa si perdemos nuestras riendas conocidas? Que nos sentimos vulnerables, inseguros y pequeños. De este modo, percibimos a los que nos rodean grandes y contundentes. Perdemos. Y ante todo la victoria es lo que nos han enseñado que debe operar.

¿Y si no se trata de ganar o perder sino sólo de ser, de estar, de existir, de aceptar, de vivir, de emocionarse, de divertirse, de sonreír y de fluir? Con mente abierta, tal y como era en un comienzo.

Liberarse de tanto odio, de tanta crítica, de tanto juicio, de tanto control implica una firme decisión. Y como toda firme decisión, si no toma color con el paso a la acción, queda tan insulsa que acaba en el más profundo de los olvidos, pero dejando, en cambio, un poso de frustración inolvidable.

¿Qué importa el pasado de los que nos rodean si lo que hoy compartimos es su presente? ¿Tanto hemos acertado nosotros como para señalar sus equivocaciones? ¿Tan diferentes somos de ellos? ¿Acaso no tenemos todos el mismo propósito de ser lo más felices que podamos? ¿Es que todos tenemos las mismas herramientas o somos igual de conscientes?

¿De verdad somos tan egocéntricos como para creer constantemente que el objetivo de los demás es tratar de hacernos infelices? Si apenas se percatan en nosotros, están tan pendientes de lograr su propia felicidad como nosotros de la nuestra. Ni más ni menos. Tanto creer que somos los protagonistas de todas las películas del resto de las personas que nos rodean ha ensalzado nuestro ego hasta límites insospechados. Con ser los actores principales de nuestro propio acto, está bien, ¿no? Más protagonismo se hace tremendamente agotador. Además no es real.

La decisión está en nuestras manos, en todo momento. La acción también. Si odiamos lo que no nos toleramos, si enjuiciamos para ocultar nuestra pequeñez y controlamos con el fin de no desmoronarnos, ¿es cosa nuestra o de los que nos rodean? Ellos viven, existen y son. Sencillamente muestran, sin querer, los aspectos más temidos de nuestro ser, nos recuerdan que en algún momento decidimos ocultar el miedo construido. Pero el miedo es tan sabio que no podemos guardarlo bajo llave, se nos escapa de entre las manos para percibirlo en la viva imagen de él, ella, ellos.

Respiremos hondo, levantemos la vista, sonriamos y empecemos de nuevo.

¿Decides? ¿Actúas?

Siempre eliges tú.

 

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Caminando descalzos sobre las piedras

Como caminando por las piedras con pies descalzos, cada pisada define momentos de nuestra vida.

Muchas veces preferimos pisar justo en la piedra lisa, aquella que creemos que nos va a impulsar a la siguiente y es precisamente la que más se tambalea y nos hace perder el equilibrio hasta casi caer. Su aspecto afable oculta el lado arisco que no permite fijarse al suelo con firmeza.

Otras veces pensamos que no hay piedra dócil donde posar nuestro paso y siempre acabamos encontrando alguna, más amable o más austera, pero piedra en la que poder mantenernos en pie.

Quizás cuando estimamos que esta vez hemos dado irremediablemente con la piedra que ofrece toda su arista, combina perfectamente con la de al lado y ambas forman un cómodo y sólido piso donde descansar.

Observando detenidamente cómo nuestro pie se adapta perfectamente al contorno de cada piedra, aceptando cada forma tal y como es, meditando con el vaivén de nuestro propio equilibrio, así danzamos sin cuestionar, sabiendo que si no lanzamos el siguiente paso, nadie nos va a llevar.

¿Qué creemos que esconde cada paso? No imaginamos lo que hay con tan sólo mirarlo, hay que atreverse a pisar, a veces con firmeza, otras con duda, pero sin dejar de avanzar. Y cuando más lo necesitemos, nos podemos detener en aquel lugar que ofrezca comodidad. Sólo constataremos que es confortable cuando lo probemos, no antes. ¿Quién sabe dónde será?

Si nos centramos solamente en donde pisamos, podemos perder el rumbo, a veces es necesario levantar la vista cuando nuestro paso es firme y seguro y vislumbrar así hacia donde dirigir el siguiente paso.

¿Caminamos?

 

 

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¿A qué nos apegamos?

Si todo está compuesto de instantes y cada instante es efímero y se desvanece para dejar paso al siguiente, ¿a qué nos apegamos?

Si cada momento está generado por un sin fin de actores que ni imaginamos, si cada segundo es el resultado de millones de circunstancias previas ajenas a nuestro control, ¿de qué tenemos miedo?

Aferrarnos a ideas, a miedos, a personas que creemos imprescindibles, a aquello sin lo cual no sabríamos vivir, ¿no es un actitud extraña si lo vemos desde el punto de vista de lo pasajero, momentáneo e impersonal? Probablemente nada de lo que ocurre, nadie a quien conocemos es por causas controladas. Si lo pensamos, todo es producto de un devenir infinito de causas anteriores y nuestra intervención es minúscula. Si esto es así, ¿de qué nos preocupamos constantemente? ¿Para qué si escapa de nuestro control? Podemos elegir mil caminos, mil opciones, pero controlar ningún resultado.

¿Qué tememos entonces? ¿Por qué tanto apego al miedo? ¿Queremos tener miedo como identificación cultural de ser mejores personas? ¿Tememos situaciones por inercia o por educación? ¿Nos aferramos a la preocupación para sentirnos responsables? ¿Preocupándonos creemos encontrar alguna solución? Probablemente aquello que nos preocupa no tenga solución en el momento en el que estamos preocupados. Famosa es la expresión cargada de razón “si no tiene solución, para qué te preocupas y si la tiene, para qué te preocupas”. Preocupándonos, generalmente anticipamos sucesos que en este momento no tienen una solución posible hasta que no suceda en realidad, con todo su color y veamos cuál es la solución más adecuada con la visión completa de lo que es.

Si nos detenemos medio minuto y logramos percibir que nada es y solo somos una sucesión de instantes, el apego se deshace. Sólo el cambio es permanente. Ya sé que suena muy a Heráclito, será que su filosofía tiene sentido práctico.

Si esta percepción la trasladamos a distintos ámbitos de nuestra vida, incluso al educativo, logramos entender que nada nos pertenece, nadie es nuestro y esto, aunque inquieta, libera. Creemos que depende de nosotros el curso de la vida de nuestros más pequeños y en realidad sólo podemos dejar el poso de lo que somos, ellos son los que deciden apropiarse de sus matices. Tampoco ellos son susceptibles del apego que nos llena de miedos. ¿Miedo a qué? Con tanto miedo, asfixiamos, impedimos ser y disfrutar, encasillamos, fingimos, nos aferramos, encadenamos, manipulamos, nos convertimos en rutina y nos aburrimos.

Entendiendo que nadie ni nada es nuestro, ni tan siquiera nuestras propias creencias, no hay apego posible. 

¿Y sin apego no hay amor? Más que eso, sin apego, liberamos, dejamos ser, aceptamos, nos aventuramos, nos divertimos y amamos. ¿Qué mejor amor que aquel que acepta sonriente cada persona, cosa y circunstancia propias de cada instante? ¿Y cuáles deben ser las de ahora? En esta ecuación, el “deber ser” no cabe.

¿Eliges apegarte?

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Cuando con actos de generosidad pretendemos ejercer superioridad

Pensemos en un acto de generosidad cualquiera: un familiar nos regala una pequeña cantidad de dinero para un capricho que no hubiéramos adquirido sin su intervención. Se trata de generosidad si la persona lo hace de forma honesta, sin esperar obtener nada a cambio. El generoso obtiene un beneficio de satisfacción por el mero hecho de ayudar o de generar alegría y el receptor siente gratitud al ser ayudado.

Hay que tener en cuenta que no todo el mundo tiene la misma disposición de recibir ayuda, hay muchos factores que intervienen en la recepción satisfactoria del acto de generosidad. Por ejemplo, la idea de poder devolver de algún modo o en algún momento el gesto, o que el receptor no sienta inferioridad con respecto al que realiza el acto generoso, son elementos que favorecen la recepción de la ayuda.

¿Pero qué pasa cuando el que realiza el acto generoso recuerda al receptor su gesto con intención de prolongar su muestra de gratitud o de sugerir existencia de deuda? ¿Qué ocurre si en un momento posterior a la intención de regalar esa pequeña suma de dinero, ante un comportamiento imprevisto del receptor, que le desagrada, decide que ya no lo regala? En estos casos, la honestidad puede dejar de ser protagonista. El gesto inicial de ayuda, de generosidad, puede transformarse en una muestra de superioridad o de poder. “Ahora te ayudo, ahora no, yo decido y tú estás a expensas de mi decisión”.

Un exceso de generosidad puede esconder intenciones de manipulación o un intento de hacer sentir en deuda al receptor, pudiendo mermar su autoestima si es algo que se repite con asiduidad. “Si te ayudo constantemente, te retengo porque me necesitas”. “Sin mi ayuda no eres nada”.  Y esto nada tiene que ver con generosidad.

Pensemos cuando realizamos un acto generoso qué queremos obtener. El “para qué” importa.

¿Y cómo nos comportamos con nuestros hijos o educandos? También importa. Recompensando de forma material cada acto que “hacen bien”, mostramos que estos actos se reducen a merecimiento o no de dinero o bienes materiales. Aquí el poder lo ejerce el adulto y enseñamos que somos poderosos si tenemos la facultad de recompensar o no los actos de los demás. El mero hecho de decidir dar algo a cambio de una actitud (“portarse bien”) o un comportamiento (“recoger la mesa”), elimina cualquier motivación interna de actuar en pro de un beneficio mayor (por ejemplo, tener un buen ambiente familiar o ayudar en tareas por el mero hecho de colaborar con los demás). Además, estamos educando en la idea de que quien recompensa o no decide cómo hacer sentir al otro. Quien da tiene poder de conseguir comportamientos de los demás y esto es algo muy peligroso. Mostramos formas efectivas de manipulación. Quien tiene la zanahoria tiene al burro. No nos extrañemos que utilicen estas mismas formas con nosotros el día de mañana. Entonces nos enfadaremos injustamente con ellos. No olvidemos que hemos sido nosotros mismos quienes hemos enseñado este tipo de herramientas, las cuales les alejan de actuar por motivos intrínsecos, diferentes al logro de una recompensa. ¿Creemos que podrán realizar actos generosos por el mero hecho de sentirse bien o hacer sentir bien a los demás (motivos internos) o sin algo a cambio no habrá actos generosos? Y un pasito más allá ¿creemos que pueden llegar a utilizar la generosidad como herramienta de poder con los demás?

¿Somos conscientes de lo que mostramos a nuestros hijos, alumnos, etc?

¿Somos generosos honestamente o manipulativamente?

Siempre eliges tú.

 

 

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