No dejes, no permitas.

No dejes que los borrones de tu cabeza desvirtúen lo que crees. Sé que no es fácil sentarse al lado de quien vacía toda su basura en tu mente y que no te afecte. Grita más fuerte si puedes para que no te arrastre. En el fondo de tu corazón sabes lo que no es cierto. Siento que lancen tanto veneno para confundirte.

Imagen original PalomaMGF

Respira muy hondo, yo te ayudo. Despeja tanto gris mirando al cielo, que es limpio y sin recovecos. El horizonte siempre ayuda a recuperar lo que sabes. No es sencillo despojarte del traje de aristas que, con tanto empeño, pretenden enfundarte hasta asfixiarte. Pero sabes que eres más fuerte que cualquier mentira. Yo me encargo de susurrártelo cuando lo precises. Patalea cuanto sepas para que nada más se cuele. Hay tanto esfuerzo a tu alrededor para mostrar lo que no existe, que cuesta mucho mantener cristalina la mirada.

Si supieras cuánta verdad hay en tus ojos y en tu alma, no permitirías a nadie que te hiciera dudar. Pero es más fuerte el ansia de ganar de los que te rodean y dañan demasiado como para mantenerte intacto.

No te preocupes que cuido de tu luz, aunque no lo sientas. No decaigas porque en cada minuto de tu día velo para que sigas con toda tu fuerza. Y aunque tú dudes, quedo muy muy cerca para mantenerte a salvo.

Te prometo que volverás a saber lo que es cierto y lo que no, volverás a distinguir la claridad con todo su esplendor. Te llevo en mi espalda, siempre que quieras, para bucear hacia lo más hondo que podamos y recuperar la belleza de la sencillez. No sufras ni un minuto más que hay mucha luz donde no imaginas y tu halo te acompaña siempre.

Aunque escueza, mantén toda la firmeza que seas capaz, muy pronto exploraremos nuevas formas de entender, de aprender, de discernir para que sepas amurallar tu verdad más absoluta. No permitiremos más injerencias. Límites sí y bien rotundos. Nadie tiene derecho a herir de tal forma tanta inocencia.

No dejes, no permitas. Yo te ayudo.

 

 

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Donde hay Amor sólo cabe amor

Donde hay amor no cabe la mentira porque a través de ésta ocultamos nuestro verdadero ser para mostrar aquello que queremos enseñar con la idea de confundir al otro. Si hay amor, ¿para qué confundir? El amor sólo entiende de seres esenciales, no de máscaras.

Donde hay amor no cabe ni el chantaje ni la amenaza porque con estas herramientas tratamos de controlar al otro, someterlo y tratar de lograr que se comporte exactamente como esperamos que lo haga para nuestra satisfacción. Si hay amor, no hay expectativa ni metas. El amor es el medio y el fin en sí mismo.

Donde hay amor no cabe la presión porque con ello sólo pretendemos amoldar al otro a nuestro capricho para que deje ser como es. Si hay amor, hay aceptación absoluta de quién es el otro. La libertad no puede ser aplastada, ni encogida, ni golpeada.

Donde hay amor no cabe la culpa porque haciendo sentir culpa pretendemos que el otro se perciba erróneo. Si hay amor, no hay error posible, el otro es quien es con total perfección.

Donde hay amor no cabe el juicio porque éste es contrario al entendimiento. Si hay amor, sabemos percibir la inocencia del otro y comprender sus elecciones.

Donde hay amor no cabe el reclamo porque amar es unilateral e incondicional, no hay motivo para esperar ni reclamar recompensas. Amar es hacerlo porque sí, sin recovecos, sin premios.

Donde hay amor no cabe la dependencia porque ésta es producto de una necesidad. Quien ama, no necesita, ni tampoco da para ser necesitado.

Donde hay amor no cabe la lejanía porque ésta es una percepción del ego. Si hay amor, no hay distancia que lo entorpezca ni lazos que deban retener al otro.

Donde hay amor hay absoluta libertad. Donde hay amor sólo puede haber amor. Y si no, es otra cosa.

 

 

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¿Intención o acción?

¿Cuántas veces nos hemos sentido frustrados o enfadados por no actuar tal y como habíamos previsto? ¿Y cuántas veces no sabemos cómo actuar porque no hemos llegado a ver qué necesidad teníamos?

Son dos cuestiones diferentes:

1.- No actuar por no saber qué necesitamos. Cuando vivimos en “piloto automático” tenemos un problema de consciencia. No indagamos en nosotros, ni en cómo nos sentimos ni qué necesitamos. Por lo cual es difícil atinar con nuestra forma de actuar.

Por ejemplo: si nuestra salud se deteriora y no indagamos en las causas, probablemente continuemos con hábitos perjudiciales. Unos análisis podrían revelar niveles de colesterol elevados y, de este modo, podemos cuidar alimentos que injerimos para disminuirlos. Entonces actuaríamos acorde a lo que necesitamos. En cambio, no saber qué nos ocurre puede llevarnos a consumir grasas perjudiciales y sentirnos cada vez peor. Parece fácil verlo así. En cambio, en cuestión de necesidades de otro tipo, nos cuesta más por no tener herramientas para ello.

Si nos encontramos en una situación laboral no deseada, porque tenemos un compañero tóxico o un superior manipulador, nos cuesta más saber qué necesitamos para actuar en consecuencia pero es igual de imprescindible indagar. Ver para saber cómo actuar. Si nuestro compañero tóxico nos produce, por su forma de actuar, tristeza y apatía, podemos tratar de bucear en nuestra necesidad invadida. Para cada uno será la suya. Imaginemos que descubrimos que deseamos dejar de escuchar mensajes negativos porque nos produce angustia y no queremos ver a nadie por los ojos negativos de nuestro compañero sino con los nuestros propios. Entonces estaremos acercándonos a la necesidad, por ejemplo, de libertad de juicio. Ahora ya podemos saber de qué forma actuar para establecer límites a este compañero. Podemos alejarnos y dejar este trabajo, podemos hablar con él para que deje de enviarnos mensajes tóxicos o podemos cambiarnos de departamento. En cualquier caso, actuaremos para satisfacer nuestra necesidad porque la hemos conseguido ver.

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2.- No actuar aun sabiendo qué necesitamos. Esta situación la considero más perjudicial porque ya sabemos qué necesidad hay que satisfacer para estar bien y alineados con nuestras emociones. En cambio, por una razón u otra, dejamos de actuar acorde a ella. En nuestro ejemplo básico, si sabemos que necesitamos evitar grasas y no lo hacemos, al sentirnos peor de salud, nos sentiremos además peor anímicamente porque nos sentimos responsables directos.

Si en ejemplo más complicado, conociendo la toxicidad de nuestro compañero y descubierta nuestra necesidad al respecto, hacemos NADA, nos adentraremos en un agujero muy complicado y nuestro enfado con nosotros mismos irá en aumento. Probablemente, este auto-enfado lo vomitemos fuera buscando culpables externos para eludir nuestra responsabilidad en el asunto (es un recurso habitual). Muy probablemente, acabemos somatizando físicamente esta ruptura con nuestras emociones y necesidades.

En cambio, reunir el valor suficiente para elegir consecuentemente ACTUAR protegiendo nuestra necesidad nos hará sentir satisfechos con nosotros. Estaremos alineados con nuestro pensar y nuestro sentir. Es cierto que atreverse a dar el paso y actuar puede provocarnos otras emociones diferentes. Por ejemplo, el miedo puede abalanzarse hacia nosotros porque desconocemos qué ocurrirá ahora que hemos actuado de forma diferente a nuestro hábito. Es una consecuencia normal. El miedo protege frente a lo desconocido y tiene una función positiva mientras no paralice o se cronifique. Contemos con ello. Es la llamada Zona de Pánico. Superada, encontraremos un escenario nuevo y lleno de posibilidades. Además, contamos con recursos suficientes para afrontarlos. Ya lo hemos hecho en otras ocasiones, ¿lo recordáis?

¿Intención o acción? Adultos, jóvenes, niños, esto se extiende a cualquier edad y situación.

Siempre eliges tú.

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¿Filtramos todas las instrucciones, órdenes e imperativos?

La escena fue la siguiente: una niña de unos cuatro años iba caminando con su madre por la calle. Al ver a un hombre asomado a una ventana, pintando los marcos de la misma, la niña se lo cuenta a su madre, señalando al pintor: “mira, mamá, un señor en la ventana”. Su madre miró y respondió con rotundidad: “no señales”. La pequeña, extrañada, le pregunta el por qué y su madre le responde con severidad: “porque no se señala con el dedo”.

Supongo que ningún lector puede vanagloriarse de no haber actuado de este modo en algún momento en su vida. Yo tampoco. Ahora bien, darnos cuenta de cómo o cuándo lanzamos mensajes rotundos sin explicar el motivo, puede ayudarnos a hacernos más conscientes de lo que queremos transmitir.

Probablemente, la niña del ejemplo haya percibido su conducta como errónea sin comprender el motivo. Aun preguntando, tampoco recibió una respuesta coherente que le ayudara a integrar la orden recibida.

Quiero pensar que el motivo que le llevó a la madre a responder así es por considerar que señalar contraría las normas de educación recibidas en su momento. ¿Y cuestionarlas por un momento para desecharlas o hacerlas definitivamente nuestras?

De este modo, la pregunta de la niña cuestionando el motivo de la orden puede hacernos reflexionar su verdadero por qué. Tenemos oportunidad de responder con lógica a sus preguntas para ayudarles a entender los usos y costumbres sociales, si es que tienen alguna base o dejar de atenderlos si consideramos que no dañamos a nadie.

Supongamos que entendemos legítima la norma, imponerla sin un razonamiento detrás conlleva que el receptor de la orden se someta a ella o se rebele pero, al no comprenderla, no la va a integrar. Probablemente, en su edad adulta, transmita la misma orden sin poder reforzarla con argumentos de peso. Si detrás de esta norma (no señalar con el dedo) existe una percepción de que podemos molestar al señalado ya que sabe que hablamos de él, no está de más explicarlo. Considerando que puede tratarse de una falta de respeto, podemos hacer partícipe, en este caso a la niña, de nuestra opinión para que imagine, empáticamente, cómo puede sentirse y qué puede pensar la persona señalada. Y si creemos que no hay nada de malo en hablar de una persona y que ésta lo perciba al señalarla, podemos directamente anular la validez de la costumbre y reconocer nuestro cambio de perspectiva. 

Parece una obviedad pero ¿cuántas veces lanzamos instrucciones sin pasar previamente por nuestro filtro particular? ¿Con cuántas verdades absolutas hemos cargado nuestra mochila, que tanto pesa, sin analizarlas antes para decidir si las mantenemos con nosotros o las desechamos?

Explicar los por qués de nuestros imperativos puede ayudarnos a aligerar la carga, a discernir qué es nuestro y qué no lo es. Cambiar de opinión, al ver con más claridad, no nos quita autoridad, es más, mostramos que todos podemos seguir aprendiendo y modificando la percepción de la realidad según eliminamos capas de un vendaje elegido.

Haciéndonos conscientes podemos enseñarles a ser conscientes.

Siempre eliges tú.

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Su objetivo no eres tú

Tal vez pienses que su vida gira en torno a producirte daño, indiferencia o desprecio. Quizás no has pensado que su objetivo no eres tú.

Puede ser que creas que le conoces tan bien que adivinas todo motivo de su actuar. Pero piensa por un instante: ¿conocemos el origen de todos nuestros actos?

Entonces, ¿cómo podemos creer saber la intención de una persona si ni tan siquiera somos dueños de nosotros mismos? No nos engañemos, se trata de una mera interpretación, no es real.

Su objetivo no eres tú, es él mismo, ella misma. Tratamos, muchas veces torpemente, de satisfacer nuestras necesidades, como podemos, como sabemos. Bastante tenemos con conocer qué necesitamos como para estar pendientes de causar efectos controlados en el otro. Suficiente es discernir entre el deseo y la necesidad, no hay estrategia para más.

“Lo hace porque no quiere que triunfe”; “Siempre me quiere dejar mal ante los demás”; “Me ignora para castigarme”. Son algunas expresiones que se me ocurren que empleamos en algún momento. ¿Seguro que acertamos con la intencionalidad de los actos que definimos? ¿En qué nos basamos, objetivamente hablando, para declarar de este modo? Probablemente, se trate de nuestros propios miedos y de nuestra propia forma de ser. Proyectamos en el otro nuestras propias expectativas para no responsabilizarnos de lo que pensamos. Pasemos nuestras afirmaciones a primera persona: “no quiero triunfar”; “quedo mal ante los demás”; “me ignoro”. Quizás esto tenga más que ver que con lo que percibimos en el otro.

PalomaMGF

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El otro bastante tiene con manejar sus propias proyecciones y sus miedos. También actúa como sabe y puede, según lo que ve. Quizás no percibe el ángulo que nosotros damos por hecho y por eso no comprendemos su reacción o su forma de actuar. Es posible, también que trate de mermar nuestra autoestima para sobresalir de algún modo ya que se mueve por tal necesidad. Si lo pensamos, siempre hay una necesidad personal que origina nuestra forma de actuar. También la de él o la de ella. Lo que vemos es la punta de un iceberg de todo lo que hay en la profundidad que desconocemos. Imaginemos nuestro propio abismo, ¿sabemos cuál es? ¿Lo comprendemos? Si las respuestas son que NO, ¿por qué dar por hecho que el otro se conoce perfectamente y además se comprende? Nada más lejos de la realidad, por regla general.

Si tendemos a percibir la mala intencionalidad de los que nos rodean, podemos preguntarnos cuántos miedos tenemos, ocultos o no, y trabajar en ellos.

¿Cómo?

Primero, descubriéndolos. Destapados, se hacen más pequeños. Por ejemplo: “me da miedo hacer el ridículo frente a los demás”.

Segundo, analizándolos. ¿De dónde viene el miedo? ¿Qué reacción me produce? ¿Qué pensamientos genero desde ese miedo? En nuestro ejemplo: “Es posible que venga desde 4 de EGB cuando un grupo de niños se rieron de mí al equivocarme en una respuesta” (el origen no siempre lo recordamos, tampoco es esencial hacerlo para saber manejarlo); “Cuando estoy delante de la gente, noto bloqueo, las palabras me traicionan y emito alguna frase sin sentido”; “En grupo, a menudo pienso que voy a errar al hablar y prefiero callarme”.

Tercero, dejar de culpabilizar a los demás de lo que hacen. Pensamientos como “Manuel me ha dicho que me queda bien el gorro, seguramente no lo piensa y lo que quiere es que todo el mundo se fije en el gorro, para ridiculizarme”, son producto de mi miedo y la proyección del mismo a los actos de los demás. Entrego el poder a los otros y atribuyo una intencionalidad que seguramente no exista. De no tener este miedo, las palabras de Manuel serían inocuas o me sentarían bien al tratarse de un elogio. La intención la supongo de manera subjetiva.

Cuarto, me responsabilizo de mis emociones y necesidades: “Tengo miedo de hacer algo impropio o ridículo delante de los demás”. Es mi miedo, que probablemente nadie conoce. Ante esta emoción, ¿qué necesito? Seguridad. ¿Cómo puedo llegar a ella? Elijo el camino que en este momento me satisfaga (caminos hay mil, elijo el mejor): “respiro hondo, pienso bien la frase que voy a emitir, lo hago elevando el tono de voz y levantando la cabeza”.

Siendo conscientes de nuestra profundidad, manejamos mejor nuestras emociones y actuamos más acorde a lo que verdaderamente necesitamos.

¿Y los demás? Sabiendo la complejidad de nuestro mundo interno, nuestras reacciones al mismo y nuestro modo de actuar tal y como sabemos, ¿atribuimos ahora la misma responsabilidad a los actos de las personas que nos rodean?

Siempre eliges tú.

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Cuando esparcimos veneno para reforzar nuestro punto de vista

Quien haya leído “Los cuatro acuerdos” del Dr. Miguel Ruiz ya sabe un poco más sobre el poder de las palabras, tanto para bien como para mal.

Las palabras nos definen, dicen mucho de nosotros mismos y ser conscientes de ello puede suponer un cambio importante en nuestra forma de vida. ¿Por qué?

Porque dejando de hablar en piloto automático dejamos de vivir por inercia.

Porque el cambio realmente empieza por uno mismo.

Porque cuidar lo que sale de nuestra boca también depende de lo que entra en nuestra mente.

Porque es nuestra responsabilidad la impecabilidad de nuestras palabras.

Porque, si podemos hacer el bien con ellas, ¿para qué hacer el mal?

Y es que tantas y tantas veces tendemos a caer en la rutina de lanzar opiniones y puntos de vista envenenados sólo para dar mayor credibilidad a nuestra verdad. No es justo. Ni auténtico. Valoremos si nuestra opinión es tan importante como para tirar por tierra a otras personas. ¿Y qué si nuestra verdad no tiene crédito? ¿Para qué sirve tener razón si hemos potenciado nuestra versión a costa de terceros?

Defendamos todo aquello que opinemos, por qué no, pero cuando vislumbremos un fragmento que desconocíamos, volvamos a empezar a construir nuestra postura. ¿Esconde debilidad? Todo lo contrario, diría yo: quien puede reconsiderar una y otra vez su punto de vista al descubrir sombras nuevas, enriquece su visión. Es un ejercicio muy útil y potencia nuestra empatía al máximo.

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Lanzando argumentos inciertos para desbancar cualquier oposición a nuestra versión inicial sólo conseguimos estancar la mirada. Con tantos límites no descubrimos, nos perdemos la magnitud de todo el cielo, que es vasto, dejamos de percibir la profundidad del océano, que esconde magia en sus aguas y ya no crecemos. ¿Es lo que queremos?

Cuando vayamos a emitir un juicio de valor, pensemos si es lo suficientemente objetivo como para defenderlo. Si no lo es, mejor seleccionar otro argumento más veraz. Si no lo hallamos, ¿para qué lanzarlo a sabiendas de nuestra verdadera intención?

Pero para recuperar un mínimo de cordura en este sentido, no nos queda otro remedio (bendito remedio) que cuidar aquello que engullimos cada día y dejamos que pase a nuestra mente con total impunidad. Lo que escuchamos, ¿podemos asegurar que es veraz? ¿Cuánto de objetivo hay en el discurso? ¿Daña o elogia? ¿Para qué le damos crédito? ¿A quién ensalzamos con ello? ¿A quién destruimos? ¿Aplaudimos la opinión o el juicio sólo por educación o para sentirnos más cerca de la persona que lo emite? Reflexionar sobre ello nos puede dar pistas del punto en el que nos encontramos.

Tanto dar crédito a lo que escuchamos como emitir de una forma u otra tiene verdadero poder. Ser dueños responsables de nuestras palabras produce un cambio a nuestro alrededor. Es inevitable porque la paz se cuela, todo es causa. 

Y para empezar a practicar, empecemos por nosotros mismos, hacia dentro, desde el origen. Lanzándonos amor, sólo sabremos emitir amor. Y, por supuesto, a la inversa. Fijémonos en nuestro diálogo interno y comprenderemos mejor el discurso que emitimos.

¿Quieres ser partícipe del cambio?

Siempre eliges tú.

 

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Dar por hecho o valorar y agradecer

Cuando nuestro nivel de exigencia aumenta, nublamos nuestra capacidad de agradecimiento. Somos seres insatisfechos por naturaleza ya que nuestra tendencia es asegurarnos el mayor bienestar posible. Hay teorías que muestran que nada es tan placentero como el vientre materno y, al nacer, buscamos incansablemente reproducir el escenario que teníamos en el período de gestación. Y así parece que surge nuestro deseo de satisfacer necesidades como un continuo. Si lo miramos desde el punto de vista constructivo, nos permite crecer y evolucionar.

Ahora bien, aprender a valorar cada logro obtenido, sea el que sea, significante o no tanto, nos permite utilizar esta insatisfacción “crónica” como medio para madurar y crecer. En cambio, dejar de valorar lo cotidiano eleva nuestra exigencia de más y se convierte en un hábito adictivo sin demasiado sentido.

¿Qué ocurre cuando tenemos una experiencia de vida inusual y traumática, por ejemplo una enfermedad? De pronto nada de lo que existe en ese momento importa demasiado y nuestra percepción se centra en los pequeños detalles que dábamos por hecho cada día.

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Nuestros días se desarrollan en lo alto de montañas absurdas, subimos y bajamos sin atender a la base. Nos percatamos en el último grano de arena que hay bajo nuestros pies y, si lo perdemos, nos frustramos. Cada vez queremos más y más altura y la base queda más y más lejos de nosotros.

¿Qué hay de la sensación de calor cuando el rayo de sol se posa en nuestra piel en un día frío de invierno? ¿Dónde queda la mirada tierna de nuestros hijos que capturamos sólo porque queremos percibirla? ¿Observamos las imposibles formas de las ramas de los árboles que nos rodean? ¿Captamos la luz tenue del atardecer? Todo esto está con nosotros cada día de nuestra vida pero nuestra mente se ceba en lo próximo que toca y se pierde detalles inmensos que damos por hecho una y otra vez.

¿Es que no vemos todo lo afortunados que somos? Debería ser una tarea diaria pensar al menos tres o cuatro cosas por las que somos realmente dichosos todos los días de nuestra vida, sin excepción. De este modo, nuestra percepción deja de ocuparse en lo que no hay para valorar todo lo que sí hay.

¿Lo has pensado? Sólo céntrate en tres o cuatro aspectos de tu vida que hace que seas realmente afortunado.

Cuando perdemos o dejamos de tener aquello que creemos que nos hace felices curiosamente no encontramos tres o cuatro cosas, sino muchas más. Es extraño el ser humano, cuanto menos tenemos o más bajita es nuestra montaña, más apreciamos la base, aquello que siempre está y nos hace felices. En cambio, a mayor altura, menos sabemos apreciar lo diario, lo común, lo habitual.

Pero, como todo, esto también constituye una decisión personal. Acercarse o alejarse de la base es nuestra elección.

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Levantar la vista y mirar. Que no pase un día sin pensar en aquello que realmente nos hace afortunados. Agradecer cada color que se cruza en nuestro camino, cada gesto, cada palabra ajena. Pensemos que cada persona que interactúa con nosotros siente y vive de forma similar, nadie es tan diferente a nosotros.

¿Cuántas veces damos por hecho que el camarero “debe” traernos el café corto de café con leche templada y azúcar moreno que hemos pedido? ¿Y dejar de dar por hecho para empezar a agradecer estos pequeños detalles? Actuamos movidos por mejores intenciones que peores y tendemos a no valorarlo. En cambio, los fallos y errores los ensalzamos creyéndonos, así, perfectos. Nada más lejos de la realidad.

Sonriamos más.

Apreciemos más.

Valoremos más.

Agradezcamos más.

Siempre eliges tú.

 

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