Si mi filtro es azul, te veo azul y pienso que eres azul. ¿Lo eres?

Podemos comportarnos de forma inocua, sin intención de dañar pero como quien mire lo haga en un color determinado, nos convertimos en ese color y se acaban los matices.

Hay personas abocadas a una interpretación habitual de los hechos, presuponen las malas intenciones allí donde una mayoría no las adivinaría nunca. Quizás su filtro de interpretación está condicionado por una pesada mochila colmada de creencias limitantes que acotan la realidad severamente. De tales creencias derivan pensamientos, uno detrás de otro, justificando la fuente para no debilitarla, de manera que la creencia se hace más y más sólida. Ni hablar de cuestionar las premisas donde se sustentan, eso supondría aligerar la mochila, generar nuevos pensamientos y una nueva percepción de la realidad. Esto es algo que normalmente inquieta. Muchas veces preferimos la comodidad de lo conocido, aunque limite, en lugar de explorar nuevos matices que amplíen el foco de visión. Y quedamos sometidos a un sistema emocional incontrolable que hastía nuestros días.

No importa quién tengamos delante, el prisma será del color de nuestra mochila y la persona quedará atrapada en una pequeña gama. Da igual si se comporta rosa o verde, si el prisma es azul, la persona se transforma en azul sin posibilidad de escapar.

Si analizamos las creencias, aligeramos la carga. Ahora pesan porque la mayoría las hemos incorporado con todo lo que traen, que no es nuestro. Cuestionarlas es adecuarlas a nuestra realidad. La creencia, de la cual deriva un cúmulo de pensamientos, ¿te vale hoy? Igual no y podemos extraerla de nuestra carga. Y los pensamientos variarán inevitablemente, algo pasará, sin duda. Probar merece la pena. Menos peso, más variedad de filtros, percepciones ampliadas, nuevas formas de mirar, pensamientos de otros colores y adecuados a la realidad de nuestro presente y emociones más llevaderas.

Veamos un ejemplo sencillo de un filtro concreto:

“Mi trabajo no lo tiene en cuenta nadie”. Ya sabemos que el todo, nada, nunca, siempre no suele coincidir con la realidad y podemos revisarlo con facilidad. De la premisa limitante del ejemplo suceden pensamientos inevitables y el filtro se torna de un color oscuro que no deja ver colores en las personas de alrededor. La persona con esta creencia probablemente visualice a los demás como enemigos o como personas que desprecian su esfuerzo y los pensamientos hacia ellos no serán alentadores, independientemente de cuál sea su comportamiento real. Es bastante posible que esta persona no tenga emociones muy agradables mientras se encuentra en el entorno laboral. Cuestionar la creencia de la que parte todo, “mi trabajo no lo tiene en cuenta nadie” y adecuarla a lo real, “poca gente tiene en cuenta mi trabajo”, deja un atisbo de color, un resquicio que posibilita que visualice de forma diferente porque el filtro no es tan oscuro, deja paso a un hilo de luz y puede llegar a visualizar algún comportamiento menos despreciativo. Generará pensamientos más alentadores y puede que su estado emocional no sea constantemente desagradable.

¿Nos hemos parado a pensar cuántas creencias heredadas o adquiridas tenemos en nuestra mochila? ¿Son nuestras en su totalidad? ¿Podemos revisarlas y adecuarlas a la realidad del día de hoy? ¿Cambiamos o desechamos alguna?

¡Adelante! Merece la pena.

 

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¡Es una norma no escrita! Disculpe, ¿y eso qué significa?

Cuántas veces hemos decidido callarnos ante esta afirmación tan rotunda, sobre todo siendo pequeños. ¡Es una norma no escrita! ¿Es que no lo sabes? Y ante el bochorno de no entenderlo, callamos y agachamos al cabeza.

El otro día la situación fue la siguiente: Un campo pequeño de fútbol en un parque, compuesto por dos porterías en las cuales están jugando varios niños de forma independiente, unos en una portería y otros en la otra. De pronto, llega un grupo de niños ajenos y deciden que es hora de jugar un partido: “¿quién se apunta a un partido?” Todos deciden jugar ese partido menos los niños que ocupaban una de las porterías, que se mantienen en ella sin inmutarse. El resto de niños, comienzan a animarles para que ocupen otra parte del parque porque “ellos van a jugar el partido en el campo”. Pero estos niños no opinan lo mismo. Estaban antes y quieren quedarse ocupando una portería, como habían estado haciendo desde hacía un rato. Ante la escena, el padre de uno de los niños que esperaba para jugar el partido decide intervenir y “echar” a los chicos que estaban “molestando en el campo”: “Chicos, es una norma no escrita, el campo es para jugar partidos, marcharos”. Sorprendidos, uno de los muchachos pregunta: “Disculpe ¿Y eso qué significa?“. Ante las risas de todos, los chicos abandonan el campo rabiosos sin entender por qué tienen que marcharse si ellos ocupaban parte del campo desde hacía un rato. El campo está para jugar de forma libre. Si no hay instaurada una reserva de campo ¿quién decide cómo ha de usarse?

Y yo me pregunto, como ellos: ¿Qué es una norma no escrita y por qué ha de ser válida si no se consensúa en el grupo en el que se quiere aplicar? ¿Es que una norma que no es justa ni útil debe perdurar en el tiempo y en contextos en los que no cabe? Estos chicos se marchan de un campo de juego en el que hay dos porterías y espacio suficiente para que jueguen diferentes personas con las reglas que cada uno decida para su grupo de juego. ¿Por qué acatar lo que alguien decide lo que debe ser si no contempla las necesidades de todos los miembros afectados?

Disculpe, ¿qué es una norma no escrita? No me sale otra respuesta que esta: “Nada, absolutamente nada. Algo que alguien convino que era útil en un momento dado pero no tiene por qué serlo en este momento si todos no la consensuamos”.

Y así funcionamos día a día. Si la mayoría opina que la norma les conviene, entonces es útil (¿para todos?) y toca imponerla. Y si además es un adulto quien decide que la norma es la que debe operar, ya no hay discusión posible. ¡Cómo va un niño a cuestionar la sapiencia del adulto! ¡Será descarado! Esta mentalidad es la que circula en muchos contextos. Me resultó una escena triste y un ejemplo más de que hay personas que deciden qué vale y qué no vale, sin lugar discusión alguna. Ridiculizar a quien no entiende el origen de una norma es una buena forma de acallar el debate y la discusión y de acabar imponiendo una solución en un conflicto muy muy lejos del acuerdo que satisfaga a todas las partes.

Así mostramos a nuestros niños cómo son la cosas: imponer sin argumentos, gritar con autoridad y obviar las opiniones en juego. Pero eso sí, luego les exigimos diálogo, escucha y respeto.

Incongruencia de primero, absurdo de segundo y de postre… estoy empachada, hoy no quiero postre.

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La pérdida que supone sacar la filosofía de las aulas

Los expertos afirman que “hay nada más y nada menos que cien mil millones de neuronas, desde los tres o cuatro días de haber nacido, donde cada una de ellas puede conectarse con otras diez mil neuronas, al menos, estableciendo cien trillones de conexiones entre sí, siendo cada conexión la consecuencia de un nuevo aprendizaje” (Nora Rodríguez, Neuroeducación para padres). Pues bien, la neurobiología confirma que cada cerebro es único, no hay dos iguales. Esto es asombroso, absolutamente, porque somos un potencial inmenso y original. Aprendemos desde el principio, cada uno de una forma diferente y la repetición de lo aprendido, a través de acciones (y hábitos) ayuda a mantener las conexiones. Pronto empiezan a desaparecer neuronas que no conexionan ni son parte de la red. A los 4-5 años, alcanzamos el 80% de las conexiones por su uso constante.

¡Somos únicos! Cada cual con sus talentos, cada cual con sus habilidades, que se potenciarán o no, según nuestras interacciones con los demás y con el medio ambiente.

Ante tal magnitud, ¿por qué otros “expertos” se empeñan en coartar la creatividad y la capacidad de pensamiento de nuestros pequeños y no tan pequeños? ¿es que no es obvio que sacar la asignatura de Filosofía de las aulas supone una pérdida demasiado abrumadora?

Quienes recordamos el estudio de esta asignatura desde la pasión, absoluta reflexión, con asombro y descubrimiento, desde el cuestionamiento, probablemente no nos hayamos desenganchado nunca de ella. Si bien es cierto, muchas personas recuerdan la Filosofía como una asignatura aburrida y costosa de estudiar. Siempre hay que considerar que quien la imparte puede querer transmitir o simplemente impartir.

Nuestros niños necesitan espacios de reflexión, donde puedan extraer todo el jugo creativo de su mente, donde puedan expresar aquello que piensan, donde aprendan a escuchar con respeto y a modelar sus propias hipótesis. Queremos un futuro donde quepa el diálogo pero ¿cuándo creamos lugares para ello? ¿en qué momento? No nos engañemos, las redes sociales no proporcionan estos espacios, proporcionan otras cosas pero esto no, en casa hacemos lo que podemos (unos más, otros menos, otros casi nada) y la escuela es un lugar donde los pequeños pasan innumerables horas. ¿Por qué no aprovechar al menos una hora por semana para dialogar sobre cuestiones de vida? ¿Es necesario aprender el pensamiento de otros autores? En mi opinión, más que aprender, me inclino más por llegar a entender los recobecos de otros procesos de pensamiento, respetar reflexiones surgidas desde otros puntos de vista. Con ello, reforzamos, además, la empatía. No obstante no es preciso que desde primero de primaria hablemos de la epistemología de Platón o del pensamiento ontológico de Nietzsche ya que lo que no se entiende desde la emoción, de forma natural y aplicable a la práctica, lo que no es útil para quien aprende, deja de interesarle y, en consecuencia, deja de aprenderlo. Hay otros caminos que invitan al entendimiento y al aprendizaje.

Hay tanto por hacer, se pueden plantear tantas actividades. Me consta que hay centros que están buscando estos espacios de reflexión, donde fomentan el debate y son los niños quienes toman la palabra. Pensemos en nuestra responsabilidad de lo que queremos fomentar, personas que repiten patrones sin cuestionar o personas que den validez a sus propios pensamientos, que construyan con todo su talento en marcha, que destruyan aquello que, contrastado con otras personas, no les valga ya y se atrevan a volver a construir.

Yo lo tengo claro.

¿Es que hemos tirado la toalla? ¿Qué tipo de respeto vamos a pedirles si no fomentamos momentos en los que sea necesaria la escucha y la reflexión? Incluso corremos el riesgo de que la falta de respeto sea hacia uno mismo. Repetir no es innovar y si no damos oportunidades de extraer lo propio, entenderán que no son válidos, ni originales, la autoestima caerá por los suelos. Invalidar respuestas sin una discusión o un debate me parece un ataque a su creatividad. El mensaje es claro: lo tuyo no vale, vale lo mío porque soy adulto, porque es lo que le vale a la mayoría o porque siempre ha valido. ¿Queremos esto?

Yo no.

Si la legislación va por un camino, a mi juicio inconsciente al determinar que la Filosofía debe abandonar las aulas, los docentes, padres y la sociedad misma podemos impulsar aquello que deseamos de verdad para ellos. Mañana igual será tarde. Hoy es un buen momento para empezar y hay un sinfín de recursos para ello.

¿Te sumas?

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Cuando descubres que el miedo no es tan grande, aparece la fuerza

Porque a menudo tenemos miedo al miedo y la causa primaria es pequeña comparada con la sombra que proyecta.

Porque detrás del miedo también se esconde el amor, la luz que todo lo cubre, sea como sea, pase lo que pase. Y saber esto alivia.

Porque pensar y sentir por un breve instante qué es lo peor que puede pasar, tenerlo cerca, hace que se disipe y se derrita a tus pies y esto es algo que calma.

Porque algo tan negro no resultaba otra cosa que un halo de luz opaco. Siempre será luz, la pintes como la pintes.

Porque cuando existe el amor, da igual lo que se ponga por delante, o quién lo intente. El amor es eso, infranqueable, perpetuo, potente, fuerte, directo, es ligero y no pesa, es una auténtica certeza.

Y cuando todo lo que creías oscuro se va destiñendo al ser desenmascarado, aparece una fuerza indescriptible, la única capaz de atravesar lo impensable, la que realmente acompaña desde el minuto cero y la que impide que la caída sea mortal.

Y es un momento en el que sabes que podrás con ello, con todo lo demás. No hay posibilidad de lo contrario. Ya no. Porque la causa viene de la fuente. Y la cascada es inagotable.

Una calma potente se instala y ya estás segura de que lo peor es sólo una quimera.

Lo peor… ¡¡es una imagen!! Si la tocas, no duele, es falsa, la realidad eres tú. Y es rotunda.

Si te enfrentas, lo descubres y si lo descubres, lo deshaces. Y todo lo que queda detrás es fuerza, amor y certeza.

Y ¿sabes? esa fuerza que buscas con desesperación, siempre está ahí, quieta, en el mismo lugar, sólo hay que estar dispuesta a sentirla. 


 

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Llegar a ellos a través de la escucha

Vuelvo a sorprenderme. Les escucho y vuelvo a maravillarme.

Y es que pienso que hay muchos caminos para legar a ellos. A mí me gusta especialmente el de la observación y escucha. Nos cuentan tanto que abruman pero hay que mantener la atención.

Toda la inocencia en un gesto, toda la elocuencia en frases cortas e intensas. ¿Quieres probar?

Sólo escúchales sin ánimo crítico, para entenderles no para reprenderles. Y te lo dan todo.

Hablar les calma, si escuchas con calma. Explicarse les hace razonar, buscan en su mente lo que quieren decir exactamente, lo extraen con delicadeza, a veces, otras con severidad, y nos muestran un pedacito de lo que también somos.

Hablar les divierte si lo que dicen es respetado, si captan nuestro interés, que no es posible fingir, su sensor es demasiado potente y saben desenmascararnos de inmediato.

Y es que somos lo mismo, con matices preciosos pero la esencia no es muy diferente. A veces me pregunto cuándo perdimos la fluidez de pensamiento, cómo cuesta ir recuperando lo que, sin querer, hemos ido barriendo.

Escucharles nos conecta, con él, con ella, con nosotros mismos.

La simpleza a veces desborda, quizás no estemos preparados para respuestas sencillas, directas, indecorosas, todo tiene su riesgo, ¿estás preparad@? Pues toca ensayar la atención, practicar la presencia, absorber el alma y desnudar lo aparente.

Observa el brillo de sus ojos y empápate de ellos, nos falta mucho de chispa y sobran demasiados juicios. El ejercicio es necesario, sonríe internamente porque lo que vas a descubrir no tiene precio. Detén ruedas e inercias, sólo escucha, observa, aprende, recuerda. Cualquier momento es bueno si nuestra atención es la idónea.

Sin presión, sin prisa, sin miedo.

Con amor.

 

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¿Reaccionamos a lo que sentimos?

Nos creemos dueños de nuestras reacciones, pero ¿de verdad reaccionamos a lo que estamos sintiendo o somos presas de nuestras creencias y prejuicios?

Imagina una situación reciente en la que hayas reaccionado de un modo concreto. Seguramente estás pensando que tu reacción se basó en un sentimiento desencadenado por algún suceso.

En primer lugar, ¿tienes la completa seguridad de haber percibido la realidad del suceso tal y como fue o es posible que hayas interpretado las cosas según tus creencias o tus miedos?

Ej. “Me trata como si fuera tonta, como si no viera lo que está pasando”.

¿Realmente estás viendo la realidad de lo que sucede o estás suponiendo una intencionalidad del agente? Depurar al máximo la percepción de lo que ocurre nos ayuda a objetivar la situación. Lejos de interpretar, simplemente nos dedicamos a observar. Tomar conciencia del hecho que causa la reacción, y no otra cosa, es clave para saber exactamente qué ha desencadenado el resto.

Ej. “Me explicó lo que había pasado pero yo también presencié el suceso. Y no vi lo que me contó”.

Así expresado, suena diferente, ¿no?

desbord¿Piensas que según definamos el hecho causante, podemos sentir emociones distintas? Dotar de una intencionalidad concreta desbordará emociones que no serán reales ni útiles, en muchos casos. A veces, la misma intencionalidad (“me trata como si fuera tonta”) proviene de un temor personal (“me da miedo que me perciban tonta”, “me asusta que detecten carencias que trato de ocultar”…) y reaccionamos de una forma desacerbada y desproporcional al suceso mismo.

En segundo término, ¿sientes lo que sientes o lo que crees que sientes?

Ej. “Me siento manipulada por su trato”.

Sí, piensas que te manipula (creencia de su intencionalidad) pero, ¿qué sientes? Esta forma de percibir marca la diferencia. “Sentirte manipulada” probablemente vuelva a generar una reacción desbordante. Pero realmente ¿hemos conectado el suceso con nuestra emoción o con un conjunto de temores, prejuicios y pensamientos que se distancian bastante de un sentir?

“Me enfado cuando cuando me cuenta las cosas de una forma diferente a mi percepción”.

Bien, ya puedes conectar más fácilmente con tu necesidad y hacer algo al respecto.

Merece la pena hacer esta reflexión cada vez que reaccionemos a situaciones concretas porque no siempre reaccionamos sino que nos dejamos llevar por una inercia potente y permitimos reacciones. Para ser dueños de nuestras acciones, necesitamos tomar consciencia del proceso que ha desencadenado decidir actuar o no actuar de una determinada forma.

Y marca la diferencia. Pruébalo.

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Fomentar el miedo no es protegerles

“Cuando la información que llega a la conciencia es congruente con nuestras metas, la energía psíquica fluye sin esfuerzo”. Mihaly Csikszentmihalyi.

Experimentar esto al menos una vez en la vida es más que suficiente para que sepamos que fluir es alinearse por completo y que es un estado de felicidad plena. Si jamás hemos logrado este estado o, mejor expresado, si no somos conscientes de haberlo sentido, es muy posible que creamos que el disfrute en sí mismo no es suficiente satisfacción para realizar cualquier acción.

Y entonces aparece lo más nocivo, bajo mi parecer: alentamos a nuestros hijos, alumnos, etc., a marcarse metas por objetivos externos más allá de la misma satisfacción y felicidad intrínseca del propio desempeño en cuestión. Y vienen los miedos. El mero pensamiento de no conseguir la recompensa deseada inhibe el empeño y bloquea la energía de la realización misma de la acción. Y el disfrute tiende a cesar.

Si somos conscientes de que no fluimos, al menos demos la oportunidad de que ellos sí lo puedan experimentar porque puede ser la clave de su verdadero impulso. Nuestro miedo fracasar, a perder lo que no hemos conseguido aún, a dejar de ser reconocidos, todo ello lo podemos gestionar o no, cada cual lo que prefiera, pero que no sea la venda con la que ceguemos a los más pequeños a la hora de actuar.

Animar y no destruir. Si no perseguimos nuestros sueños por el motivo que sea (seguro que también es legítimo) tratemos de que ellos sepan discernir el camino. Ensayo-error, muchas veces consiste en eso. Que lo intenten sin parar. ¿Que concluyen que no es lo que realmente les entusiasma? Que sea porque ellos mismos descubren que no lo es. Alentarles a no intentarlo no es protegerles de la caída, es mantenerles en el suelo, inmóviles, aletargados.

Busquemos vías para que sepan hacerlo.

Concentración plena sin percibirla, respiración alineada sin necesidad de forzar, simplemente no pensar, actuar y ser lo que hacemos, sentir cómo el tiempo se detiene completamente aunque no seamos conscientes de ello en el mismo momento. Estos instantes son volátiles y si intentamos mantenerlos, se escapan.

No es inculcar, es transmitir. Si no queremos aprender para saber transmitir, al menos, dejemos de bloquear. Mantengámonos lejos antes de destruir sus ilusiones, sus sueños, sus metas. Permitamos que se equivoquen y sobre todo, que experimenten para que decidan desde lo más interno.

Y si nos incomodan sus proyectos, quizás debamos replantearnos nuestra labor como educadores.

¿Quieres educar o dejarte llevar por tus miedos?

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