Suponiendo nuestras sombras

Es casi automático imaginar una intención concreta detrás de un comportamiento. También nos ocurre con los más pequeños. Precisamente ellos, que normalmente carecen de intenciones ocultas. Simplemente dicen o hacen tal cual lo viven. Pero los adultos, que ya estamos contaminados de experiencias previas y condicionamientos, asignamos intenciones sin pararnos a pensar que podemos errar en nuestras suposiciones.

¿Y si suponemos precisamente lo que somos y no reconocemos? Ya he escrito sobre las proyecciones más de una vez. Ahora me asalta la misma idea. Es muy posible que asignemos aquello que tenemos en nosotros mismos y no acabamos de ver como nuestro.

A lo mejor, un ejemplo ayuda: Imaginemos a un pequeño que manifiesta no querer ir a ver a sus abuelos un domingo cualquiera. Es entonces cuando los adultos vemos un sin fin de intenciones detrás del comportamiento.

Imagen original PalomaMGF

Su padre entendió que el niño no quería moverse de casa porque le castigó sin postre al no comerse las alubias. “Es un niño rebelde, vengativo y tirano“. ¿En qué contextos de su vida, este padre se comporta con rebeldía, con ánimo vengativo y de forma tirana sin percatarse de ello?

Su madre supuso que el niño estaría cansado y sin ganas de hacer otra cosa más que quedarse en casa. “Está apático y sin ganas de nada. Pero tiene que ir a ver a sus abuelos” ¿Cuántas veces esta madre ha podido sentir exactamente la misma apatía en otras situaciones y lo que más le ha apetecido es quedarse inmóvil? En cambio, a menudo deja de reconocer su necesidad y acaba haciendo aquello que “debe hacer”.

Su abuela creyó que el niño estaba resentido porque el domingo anterior no le hizo la tarta que le había pedido. “Pues vaya con mi nieto, es un niño rencoroso” ¿En qué momentos esta abuela funciona con rencor en situaciones determinadas creyendo que siempre es amorosa con todos?

Su abuelo pensó, tal vez, que el niño quería quedarse con su vecino jugando toda la tarde. “Es normal que quiera pasar la tarde jugando, le apetece divertirse“. ¿Cuántas veces este abuelo ha preferido la opción de divertirse antes que cualquier otra cosa?

¿Es posible que el niño tenga tantas intenciones ocultas? ¿No es más sensato pensar que cada cual le asigna la intención que más tiene que ver consigo mismo?

Reconocer lo que somos nos ayuda a entendernos. Entendiéndonos, dejamos de proyectar en los demás porque reconocemos cada parte de lo que somos. Dejando de proyectar, ya no hay juicios y podemos ver, entonces, el comportamiento tal y como es.

Sin suponer.

Sin asignar nuestras sombras.

Lo que es, es.

Siempre eliges tú.

 

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¿Por qué no saltamos?

Me encuentro delante de la valla que necesito saltar si quiero llegar al otro lado.

La miro, la mido, calculo su anchura y su altura. Me apropio de su extensión y llego a tocarla. No salto.

Con una libreta en la mano, diseño estrategias diferentes, muy lógicas todas ellas, para poder saltarla. Decido cuál es la mejor. No salto.

Imagino posibles lesiones y mi razón me grita que no salte, que hay mucho que perder y poco que ganar. A pesar de la lucecita que me empuja a intentarlo, un cúmulo de grandes argumentos limita la acción. No salto.

Retrocedo. Si cojo carrerilla, quizás si me impulso, lo logre. Una vez alejada para empezar a correr hacia la valla, decido que es mejor permanecer unos minutos más para coger fuerzas. No salto.

Me encuentro con alguien a quien explico mi propósito. Nunca llegó a saltarla y me muestra su motivo. Es potente. Quizás tenga razón, quizás es mejor preservar la cordura. En este lado tampoco se está tan mal. No salto.

Imagen original PalomaMGF

Anochece y comienzo a retirarme. Seguro que dormir me ilumina. Lo dejo para otro día. Echo un último vistazo a los colores que el atardecer me brinda. Es un lugar tan mágico el que puedo contemplar detrás de la valla… El sonido del río me embarga y los tonos ocres de los árboles me recuerdan que quiero estar ahí, al otro lado. Los sentidos me devuelven a la locura de intentarlo de verdad.

Dejo las mediciones y los cálculos a un lado, imagino la sensación de tumbarme en ese manto verde que lo cubre todo. Un impulso indescriptible se apodera de mis piernas que echan a correr sin poder ni querer evitarlo. Próxima a la temible valla, lanzo mi cuerpo al aire con la intención de superar su altura. ¡Salto!

No logro cruzar al otro lado. Salté demasiado pronto, dejé demasiado baja la segunda pierna, descubro que mi indumentaria no me permite el movimiento que yo quiero. Sé exactamente qué puedo mejorar en el próximo salto para estar más cerca de conseguirlo. Me doy cuenta de que mis cálculos fallaban. Hacerlo me ha dado la pista que no había podido prever. Me dañé la pierna con un rasguño que escuece. Pero una inevitable e incomparable alegría me hace sonreír. Buscaré una técnica mejor, ahora que ya sé lo que me ha fallado. Sé que puedo lograrlo porque mi motivo me recuerda que no hay cien intentos fallidos sino cien estrategias diferentes que me acercan a lo que más deseo.

Contra el miedo, acción.

Siempre eliges tú.

 

 

 

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Ampliar mirada para ver lo máximo posible

Cuando nos formamos una opinión acerca de algo o alguien, nos gusta mantenerla porque nos da seguridad. Nos rodeamos de personas con opiniones similares a las nuestras para reforzar, sin posibilidad de quiebra, nuestra postura. Sin contrastar con otros puntos de vista, no hay riesgo de desbaratar nuestra visión. Un día necesitamos tomar una decisión respecto a ese tema o persona y la tomamos convencidos de que es la más coherente según lo que alcanzamos a ver. Si no queremos abrir huecos, mantenemos oculto lo que no vemos.

¿Y cuando sabemos que no conocemos todo acerca de ese algo o alguien? ¿Y cuando ni siquiera sabemos que hay partes desconocidas? ¿Nos hemos parado a pensar que nuestra opinión se basa tan solo en lo conocido? Hay mucho que nos perdemos.

Imagen original PalomaMGF

Ampliar mirada es aceptar que hay otros puntos a partir de los cuales podemos ver otras perspectivas de una misma cuestión o de una misma persona. Y además, querer indagarlos.

Podemos completar nuestra visión contrastando con otras personas que ya han alcanzado a ver más allá de nuestros ojos o que miran desde una posición diferente. Nuestro punto de vista más el de otra persona, ya son dos. Y vamos completando. ¿Nos atrevemos a cuestionarnos?

Enfocar sólo en negro devuelve una imagen oscura. Si valoramos otros colores, en enfoque cambia y la imagen no será la misma. ¿Cómo? Igual toca valorar aspectos positivos que estábamos obviando para seguir dándonos la razón. ¿Queremos exponernos?

¿Y si, con todo, nos llegamos a formar una nueva opinión de la situación o de la persona? ¿Somos más débiles? ¿Más endebles? ¿Tenemos menos principios al variar de idea? ¿Perdemos nuestra personalidad?

El crecimiento y la evolución implica cambios: errar para reconstruir, caer para reinventar, entender para aceptar y soltar para volar.

El todo es más que la suma de sus partes. ¿Sumamos?

Siempre eliges tú.

 

 

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Ante otras formas de violencia, siempre hay caminos.

El desprecio, el despotismo y la ignorancia son otras formas de violencia. Aunque parezcan inocuas, son muy dañinas. Si quien ejerce estos comportamientos es una persona habitual en la vida del menor, considero que es otra forma de maltrato. Porque éste no puede hacer demasiado para escapar de tales actitudes.

Ningunear cualquier opinión del menor, mofarse de ellas o ignorarlas es otra manera de manipular con el fin de conseguir que se comporte tal y como deseamos. Si, despreciando o ignorando, esperamos que la víctima cambie actitudes y comportamientos, porque son considerados “erróneos”, aplastamos la voluntad y libertad del menor.

Las consecuencias pueden variar pero suelen ser perjudiciales. Causan estrés y ansiedad. Además, si es ejercida habitualmente, puede ocasionar una indefensión aprendida. Como no puede huir del manipulador, el menor aprende a resignarse y deja de defenderse, aceptando esta situación. La sumisión está servida. El pisoteo de su autoestima, también.

Pero, ¿y las causas? ¿Qué hay detrás de las personas que ejercen este maltrato? Pensando en supuestos reales, veo personas inseguras cuyo único objetivo es controlar a quien le rodea para que todo sea tal y como esperan que sea. Su necesidad principal es lograr que la vida transcurra tal y como la planean y evitar sorpresas que no sepan manejar. Para satisfacer su necesidad de seguridad que, por cierto, no deja de ser legítima, eligen una herramienta que daña a terceros. Cada cual podemos defender nuestras necesidades, por supuesto, pero ¿necesariamente tenemos que elegir mecanismos para satisfacerlas que dañen a los demás? ¿Es que no hay otros caminos? Pensando e indagando, seguro que los encontramos.

Convivientes con menores, por favor, los adultos sois vosotros y, si necesitáis seguridad y control, es vuestro problema, buscad la mejor solución, pero no sólo para vosotros. Si elegís aplastar a los demás para que vuestra voluntad quede por encima, pensad en el daño que causáis. Es enorme y, la mayoría de las veces, poco reversible. No olvidemos, además, que otros convivientes que no ejercen tales actos pero callan y no apoyan al menor, se convierten en cómplices o en encubridores y también dañan.

Menores convivientes con este tipo de personas inmaduras, por favor, siempre pedid ayuda, la hay. Si es posible: contacto cero porque alejarse, muchas veces, es el único camino. Si sientes culpa, no es real. Analiza qué depende de ti y ocúpate de ello. De lo que no depende de ti, acéptalo o aléjate. Si sientes tristeza, es posible que sea por la pérdida de libertad y tranquilidad. Si lo que sientes es enfado, trata de expresarlo aunque no sea directamente con el inseguro que aplasta, que no suele ayudar. Si sientes miedo, es legítimo pero no dejes que te paralice y menos te anticipes a él porque entonces sentirás angustia y ansiedad y, en poco tiempo, es posible que somatices. La realidad sorprende, la mayoría de los temores son producto de nuestras interpretaciones y no son tan reales como imaginamos. Busca exactamente el hecho que te hace sentir como te sientes, es más fácil trabajar un hecho que una forma concreta de ser. Cuando conozcas cuál es, identifica claramente tu emoción y cuál es la necesidad que queda apagada. Ahora ya podemos recuperar las riendas y buscar los caminos más idóneos para protegerla. Los hay, te lo aseguro.

Despreciar e ignorar es comunicación violenta. ¿Lo ves? ¿Lo quieres?

Siempre eliges tú.

 

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Controlar no es amar

El control se disfraza de múltiples maneras, pero ninguna le otorga el título de AMOR.

Da igual que se ejerza con la pareja, con un hijo/a o con un amigo/a. Controlar no es amar, por mucha apariencia que revista.

Si controla, asfixia. La petición de explicación constante no es interés, es miedo a perder. El amor es respeto y libertad.

Si controla, anula. Conocer cada detalle de tu día no es un intento de conexión, es una forma de encerrarte en un puño, cada vez más apretado, para luego cuestionarte. El amor es confianza y vuelo.

Si controla, aturde. Interrogar no es algo aislado. Es el preámbulo del enjuiciamiento posterior. Y desarma, desnivela y descoloca. El amor es comprensión y aceptación.

Si controla, exige. Querer saber no es proteger, es una forma de conocer cómo puede exigir de ti lo que necesita para sí. Es enfermedad. El amor es sanación y no tiene expectativas de ningún tipo.

Si controla es porque puede. Quien establece límites deja de ser un blanco fácil y el controlador buscará otra presa.

Limitar es conocer tus necesidades y respetarlas para que los demás sepan hacerlo. No implica que nadie las satisfaga. La única persona responsable de cubrirlas eres tú.

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Tienes derecho a actuar sin dar explicaciones. Tienes derecho a decir “no puedo hablar ahora” o “no quiero contártelo”. Tienes derecho a respetarte y a ser libre. Tienes derecho a atender lo que necesitas en cada momento. Tienes derecho a no hacer lo que no quieres, a no ir a donde no te apetece, a no decir lo que no sientes. Tienes derecho a ser la persona que eres sin importarte quién lo aprecie o quién lo cuestione. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a actuar en consecuencia, sin represión alguna. Tienes derecho a equivocarte y a elegir de nuevo siempre que lo necesites. Tienes derecho a divertirte como te apetezca. Y, ante todo, tienes derecho a AMARTE por encima de cualquier cosa

No puedes cambiar la mente del controlador pero sí dejar de ser su blanco.

Siempre eliges tú.

 

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Nervios sí, nervios no.

Qué fácil resulta volver a vivir en piloto automático, la inercia es muy potente y, al menor descuido, la inconsciencia vuelve de una forma  otra.

Hace algunos años, mi profesora de Gestalt, de quien me acuerdo con cariño a menudo, no admitía que expresara que me sintiera nerviosa por algo. Recuerdo la rueda de emociones que hacíamos y esa no estaba en el listado admitido. Me costó entender que, efectivamente, sentirnos nerviosos es temer por algo que puede pasar.

Hace un par de días me descubrí reconociendo nervios por un hecho que estaba a punto de ocurrir y volví a darme cuenta de que estaba dejando de analizar cuál era mi temor. Pero, afortunadamente, este hecho me devolvió a la consciencia de no dejar pasar oportunidad para saber exactamente cómo me siento, por qué y qué necesidad estoy dejando de atender.

Detener nuestra locura mental varias veces al día y revisar nuestra emoción nos devuelve a la presencia. Atender después a lo que nos ocurre ya es otra elección.

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Por ejemplo, sentir nervios por una reunión puede significar temer no estar a la altura por no haberla preparado demasiado; Estar nerviosos/as por un viaje que vamos a emprender puede esconder un temor a lo desconocido en el destino o a lo que nos depare el propio viaje; Sentirnos nerviosos/as por la visita de un cliente o una persona importante puede ser síntoma de un temor a no agradar o a decir algo impropio ante una pregunta comprometida.

Idagando un poquito más allá, ¿qué hay de las necesidades insatisfechas detrás de este temor o miedo? Si logramos llegar a ellas, podemos tomar acción de forma efectiva.

Siguiendo el ejemplo:

1.- El temor ante la reunión, puede dar la pista de que necesitamos preparación ante lo que vamos a defender o, si resulta que, además, la hemos preparado, puede que necesitemos reconocimiento de los demás. Sabiendo cuál es la necesidad que impera, podemos pasar a la acción. O bien siendo más cuidadosos a la hora de prepararnos, o bien empezar a reconocernos conscientemente a nosotros mismos para dejar de necesitar tanto reconocimiento ajeno. Lo importante es actuar en consecuencia en función de lo que vamos descubriendo.

2.- El temor ante el viaje, puede que necesitemos seguridad. Por ejemplo, un buen descanso previo para poder viajar con todos los sentidos en el volante, puede ser una opción. Tener el viaje preparado para visitar lo que queremos y no dejarnos nada importante puede ser otra elección (aunque ya sabemos que los planes estrictos también pueden causarnos “nerviosismo”, es decir, miedo a no poder cumplirlos y decepcionarnos). Lo importante es actuar en consecuencia en función de lo que vamos descubriendo.

3.- El temor ante la visita de una persona importante puede revelarnos la necesidad de cumplir las expectativas de los demás, agradar o aparentar la profesionalidad que se espera. En este momento podemos reflexionar acerca de la idea de vivir de cara a los demás o de cara a nosotros mismos y en función de la respuesta, elegir la acción consecuente a nuestro descubrimiento.

Merece la pena seguir presentes.

Con los ojos abiertos, conscientemente.

Siempre eliges tú.

 

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¡Y qué!

¡Y qué si decides ceder ante la presión que no te dejaba respirar!

Siempre eliges tú y, si hoy cedes, mañana puedes volver a elegir actuar tal y como necesites y según estés preparada.

¡Y qué si no consigues subir el escalón según soñabas!

Siempre eliges tú y puedes volver a diseñar la estrategia que prefieras para hacerlo con todas tus fuerzas, si lo sigues soñando. Si sola no puedes, vale con ayuda.

¡Y qué si decepcionas a los que te rodean! 

Los que te quieren saben entenderte y seguirán contigo. Los que no, continuarán aprovechando tu debilidad para lograr sus propósitos. Siempre eliges tú y puedes estar con quien te haga sentir bien. También puedes cercar, sin temor, a quien no te respeta. Si hoy no lo has conseguido, mañana vuelve a ser perfecto para intentarlo de nuevo.

¡Y qué si lo que dices hoy no concuerda con lo que haces mañana!

Siempre eliges tú y puedes cambiar tu forma de pensar y actuar si crees que el camino se vuelve frío y oscuro. Nada es irreversible y toda decisión puede ser revocada si palpita de nuevo el sentido de justicia y libertad. Tus actos te definen, las palabras muchas veces son decoros de nuestros miedos. No temas si dices lo que no sientes y cuida, siempre que seas capaz, que tus actos sí reflejen lo que eres. Si hoy no lo has conseguido, prueba mañana de nuevo. Nunca es tarde para abrazar la coherencia.

¡Y qué si temes haber caído de nuevo!  ¿Para qué tanta lucha si no ha servido para avanzar?

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No hay un sendero diseñado que sea inamovible, cada segundo va cambiando en función de miles de circunstancias que se convierten en causas de estar donde estás. No hay demasiado control en los resultados, sí en nuestra decisión de actuar y en la actitud que queramos tener ante cada acontecimiento. Nunca retrocedes tanto como cuando no te mueves. Cada momento es un cambio del anterior, cada decisión es un cimiento nuevo y, por mucho que se resquebraje lo que construyes, nunca será igual que si no hubieras colocado ni una pieza nueva. La principal lucha es la que libramos contra nosotros mismos todos los días. Alinearse es la solución, emoción-pensamiento-acción, aunque generalmente requiere esfuerzo. Siempre eliges cuándo es el momento de intentarlo de nuevo.

¡Y qué si te sientes agotada! 

Siempre eliges tú cuándo es el momento de descansar, de coger aire, de levantarte, de atender lo que necesitas, de atender a quienes te necesiten. Recuerda que si tú estás bien, lo harás bien para ti. 

Hoy más que nunca, siempre eliges tú.

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