¿Transmitir o inculcar?

“La humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás” John Stuart Mill.

Personalmente estoy de acuerdo con esta frase, es más, la traslado a menudo en las charlas y escuelas de familias que preparo.

Es muy complejo actuar desde esta premisa pero cuando vivimos algunos resultados merece la pena. Y es que no es posible pretender que esta forma de entender las relaciones se extrapole a la humanidad sin comenzar por nuestro núcleo más básico: la familia. Da igual el tipo de familia de la que hablemos, esta fórmula de relación es, sin duda, para mí la que respeta de verdad uno de los conceptos más puros y anhelados que conozco: la libertad. Lo más arduo de todo esto es construir relaciones libres de verdad.

¿Cómo eliibertadducar desde el respeto completo de la autonomía y la libertad? Impregnar, desde los inicios de la persona, la conciencia, la honestidad y la responsabilidad, transmitir lo que somos sin necesidad de “inculcar” lo que no somos, volcar todo el amor más sincero del que disponemos sin dejar de amarnos a nosotros mismos.

El límite impuesto con obligación, coherente o no, genera rechazo, rebeldía y todo lo necesario para mantener la autoafirmación de quiénes son. ¿Por qué negar quiénes son? Con la observación y entendimiento de quiénes son, podemos ser nosotros y sencillamente dejar conjugar la relación desde el respeto, mutuo y ajeno. En el momento en el que sabemos lo que queremos y lo hacemos valer, estableciendo los límites que estimemos convenientes, que no es lo mismo que limitar al otro y a la vez mostrarles cómo hacer esto, todos podremos comunicarnos desde la libertad de hacer prevalecer lo que en cada momento preferimos, porque cada uno sabrá lo que tiene que hacer para que lo suyo funcione. Ceder o no, es cosa de cada cual, muy lejos de la imposición actual de “tienes que dejarle tu coche a tu amigo, no seas egoísta”. Es lo que nos enseñaron a nosotros con todo el cariño del mundo, no podemos evitarlo. O sí.

Desde que son muy pequeños les mostramos el mundo adulto desde la perspectiva de que uno gana y el otro pierde. Pocas veces he escuchado algo como: “tú quieres el coche, tu amigo lo quiere también, ¿puedes entender que él quiera divertirse como tú? ¿Qué hacemos? ¿Los dos necesitáis el coche para divertiros o podéis elegir otra cosa para pasarlo bien?”. Probablemente, en este momento, uno de ellos se dé cuenta de que el coche no es tan importante y abandone su pretensión desde el convencimiento propio. Si no es así y ambos desean el coche en el mismo momento, orientémosles a la solución: “¿Podéis divertiros juntos con el coche? ¿De qué manera? Con el respeto de su deseo, surgen varias soluciones de golpe, los dos han aprendido a responsabilizarse de su problema en ese momento y son bastante más directos y resolutivos que nosotros.

Es cierto que nosotros mismos, los adultos, tenemos poca idea de tratar al otro desde esta perspectiva, por eso nos cuesta tanto no intervenir en los conflictos de nuestros hijos de manera salomónica. Primero, indagar nosotros en lo nuestro para dejar de inculcar y empezar a transmitir.

Y ¿cómo? Podemos empezar a preguntarnos qué tal vamos en temas como “solución pacífica de conflictos”, “¿somos transparentes y sinceros?”, “entender nuestro poder”, “la honestidad y responsabilidad”, “¿tolero?”, “¿soy justoindiv?”, “el respeto de mi propia creatividad”, “el amor sano”, “¿de qué modo soy dependiente?”, “¿valoro lo que me aportan los demás, agradezco de corazón?”, “¿pongo límites para proteger lo que necesito?”.

Si no hemos indagado profundamente en todo esto, es complejo inculcarlo, mejor vivir ahora como yo quiero que aprendan y no que aprendan cómo yo quisiera vivir algún día.

Construir sistemas educativos o sociales desde premisas que no sabemos llevar a la práctica habitualmente de forma personal en nuestro pequeño ámbito me parece incoherente, así jamás sabremos mostrarles el verdadero camino práctico ni comprenderemos las dificultades de llevar una vida transparente.

Promover la individualidad, por mucho que cueste convivir con individualidades diferentes a la nuestra y dejar que el carácter se desarrolle, entendiendo como carácter como los propios deseos e impulsos, expresión de la propia naturaleza desarrollada dentro de la propia cultura. Aprender esto y actuar en consecuencia es todo un reto para una vida, ¿no?

Para terminar, cito otra frase del mismo autor:

“El que carece de deseos e impulsos propios no tiene más carácter que una máquina de vapor”. J. S. Mill.

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