Legitimar sus emociones, incluso las que nos disgustan

Envidia y celos, ¿conocemos a alguien que no haya sentido estas emociones? ¿Algún adulto o niño que esté libre de su sombra?

Padres y educadores creemos que no conviene alentar este tipo de emociones, cierto, pero ¿conviene anularlas? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene esconder aquello que de manera natural se manifiesta? Legitimar el sentimiento como propio nos ayuda a comprenderlo y así podemos gestionarlo.

Toda emoción nace de nosotros mismos, es la pista perfecta para conocer qué necesidad se esconde tras de ella, anular la pista implica una desconexión nefasta, está muy lejos de ayudar a la persona que la siente. Puede que la sociedad sea la primera premie el control severo de este tipo de emociones, me pregunto sinceramente si existe cordura social, realmente la respuesta la tengo clara.

Lo que yo he escuchado o vivido puede resumirse de este modo: la envida es mala, no debes sentirla; eres muy valiosa para que sientas celos de los logros de los demás; tienes que aprender a evitar la envidia….

Así podemos sentirnos realmente extraños con nuestra propia naturaleza, culpamos a nuestra esencia por mostrar su lado detestable y comenzamos a esconder aquello que “no debe ser descubierto”. Y, peor aún, nos quedamos sin conocer la verdadera razón de la emoción que surge ante un estímulo determinado. Vamos separándonos de lo que somos hasta dejar de entendernos. Así es complicado entender al otro.

Y lanzo otra cuestión: ¿la envidia es solo negativa? Si valoramos la parte positiva de la envidia nos encontramos con la admiración y el deseo de superarnos.

En procesos de separación no es extraño que los niños expresen todo tipo de sentimientos y emociones negativas, la envidia ante la aparición de la nueva pareja de un progenitor y, más complejo aún, cuando ésta incorpora a sus propios hijos, suponpadres rabietasen una verdadera explosión de emociones que no podemos obviar y, mucho menos, deslegitimar. El miedo a que la nueva pareja y sus hijos desplacen el cariño del progenitor hacia el niño es comprensible y aparece la envidia, los celos. Mantengo muchas veces que todo nace del temor y del amor y así ocurre en sucesos así. Del temor a perder el cariño, la predilección, la atención, la dedicación exclusiva que hasta ahora ha disfrutado el menor, surgen los celos, la rabia, la frustración, la impotencia y el niño puede llegar a sufrir mucho. ¿Es evitable? Probablemente no aunque podemos aliviarlo. Si tratamos de censurar sus emociones, el niño no sabrá resolver esta situación y probablemente la envidia sea un rasgo poderoso del carácter, censurará a su vez todo comportamiento envidioso que perciba a su alrededor de manera agresiva ya que no lo reconoce en sí mismo, consecuencia de su propia proyección.

¿Qué hacer? La verdad es que no tengo respuestas contundentes genéricas, aunque sí puedo afirmar mi opinión rotunda en algún aspecto: independientemente de que pueda estar o no de acuerdo con las formas y respeto de los tiempos que el menor es capaz de digerir en el nuevo emparejamiento de los progenitores separados (esta cuestión merece otro post, sin duda) es esencial la comunicación completa con el niño, desgranar toda muestra de sus emociones que podamos percibir, por mucho que las desaprobemos o resulten incómodas. Es necesario que el niño sepa que su emoción no es censurable, obedece a una necesidad completamente legítima: necesita estar seguro de que su padre o madre seguirá siendo incondicional, de que no compartirá su dedicación y su absoluto e incuestionable amoarmoniar. Cierto es que el niño percibe perfectamente la coherencia entre lo que puede afirmarse en un momento determinado y los actos posteriores, por lo que de nada vale asegurarle algo que luego no sucede en la realidad, de nada valen las promesas eternas (“nada cambiara”) cuando el día a día es diferente, de nada sirve asegurar que será su única prioridad cuando sus prioridades ahora son múltiples. Es importante reconocer lo que es, con toda su complejidad e incertidumbre, con todo el realismo y honestidad posible. Cuidado con el engaño para curar un momento de culpabilidad, es imposible engañarles, afortunadamente ellos sólo saben de coherencia. Aprender primero qué significa para el adulto la envidia, los celos, aprender a gestionar las propias emociones y necesidades para educarles de este modo sin esfuerzo. Recuperar la conexión que hemos perdido para mostrarles cómo pueden seguir conectados a su esencia. No les llevemos a nuestro perdido territorio, empapémonos de su sabiduría natural. Necesitamos un profundo trabajo personal para recuperar la coherencia extraviada.

Es interesante cuando el niño consigue entender la raíz de sus emociones, queda aliviado porque la comprende y porque su padre o madre la legitima, es algo inmenso y es ahora cuando podrá gestionar por sí mismo su necesidad y, si para ello, necesita ayuda, sabrá pedirla.

Una vez más, la cuestión está servida, ¿niños domados que no hagan ruido o niños emocionalmente sanos que sepan cuestionar sin miedo?

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