¿Acaso no somos un poco árboles?

Hoy entra la estación del año más especial para mí, al menos por el momento, y quería hacerle mi propio homenaje. Siempre estuve pendiente del aspecto florido del entorno en primavera y aún no deja de atraerme. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el otoño me cautiva, es misterioso y parece oscuro sin serlo.

Hace ya tiempo que encontré algo mágico en los árboles, los que me conocen lo saben y aún se ríen cuando comento maravillada “mira qué árbol, es precioso”. Encuentro muchas similitudes con las personas, son tan directos y nobles que me enamoran.

El otoño nos deja imágenes de la robustez de los árboles, de la desnudez, de lo auténtico, de lo profundo, ahí están mostrando todo su potencial, su belleza, todas sus diferencias entre sí mientras percibimos árboles en su género sin apenas distinguirlos. Su esencia es rotunda.

Y yo me pregunto si no somos un poco árboles, con esa naturaleza tan innata, tanto que mostrar y poco que esconder, me pregunto si la belleza no está en el entresijo de cada rama que nos enloquece por no poder evitarla. Si nos fijáramos más en lo innato del árbol, podríamos entender un poco más lo que somos.

¿No vemos que están ahí, cada día, sin apenas darnos cuenta? otoñoContinúan con nosotros, su levedad es embaucadora, humilde, no descansan, no se quejan, a la vez disfrutan del espacio sin hacer ruido. Tantos años con la vida porque escuchan sin parar, apenas gritan y sólo lo hacen al compás del viento, nunca individuales, siempre con el entorno, al compás, con su vaivén hermoso y tácito.

¿No apreciamos la robustez de su esqueleto, la magia de su simpleza? Cada cual a su manera, y todos perfectos, ninguno provoca el cambio en el otro, todos respetados por la naturaleza misma, todos con su duende, cada cual con su sencillez.

¿No nos maravillamos con la belleza de su cambio? Floridos, rebosantes de colores, no importa el contraste, todos bellos, todos lucen. Y sin color también tienen su función, su sitio, su espacio, cada cual en su lugar con todo su potencial, sin cuestionar. Y no importa que una suave capa blanca esconda su belleza, porque no es necesario enseñarla en todo momento, también es uno inmenso cuando no se muestra, también es uno sabio cuando se desnuda.

¿No apreciamos la alfombra de sabiduría que despliegan en cada othojas caidasoño en nuestros propios cimientos? Sin ningún tipo de apego, desprenden toda su maravilla y reparten una pizca de su experiencia, ahí queda para quien la aprecie. Sin precio, sin contraprestación, devuelven al entorno aquello que reciben con su toque particular y siempre completo.

Si escuchamos la sabiduría ancestral de sus años, de su esencia, sabremos descubrir todo lo que podemos llegar a ser y no logramos porque a menudo olvidamos quiénes somos.

Los árboles, esos magos y silenciosos sabios. Observa su mensaje y descifra lo que esconde.

 

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