¿Paramos? ¿Sentimos? ¿Salimos?

Por eso somos tan diferentes y creemos no entender la naturaleza del niño que merodea entre nosotros simplemente disfrutando. Sabiendo racionalmente que la vida tal y como la estamos montando no nos satisface porque siempre tenemos miedo a que algo se detenga y todo se desmorone, aun así no sólo la fomentamos sino que además, tratamos de subir al ridículo carro a todo el que nos rodea, incluso a quienes queremos más que nada en este mundo, a nuestros hijos.

¿Por qué? Si así el ritmo frenético no nos va a llenar jamás porque dentro siempre permanece el círculo vacío con todo nuestro sinsabor.

¿Paramos?

Da miedo, implica enfrentarnos con la miseria misma y directa de cuando no tenemos nada, de cuando sólo somos lo que somos y no queremos descubrir.

¿Sentimos?

Asusta, quizás al principio nos invada una tristeza enorme y un abismcoloreso se abra ante nuestros pies, nos encontramos de frente con la parte más indeseable de nosotros mismos y huimos de nuevo, volvemos a subirnos al tren mágico de colores y olores que sólo nos despista y nos mantiene alejados de nuestro propio pesar.

¿Salimos?

Es duro dar un paso hacia el lado desconocido porque notamos cómo el fango ensucia nuestros lustrosos zapatos. No son reales, son limpios y brillantes porque los cambiamos en cada momento, ni si quiera nos detenemos para observar cómo se van ensuciando y cómo podemos limpiarlos de nuevo, cómo cuidar su integridad; no, sólo los cambiamos y punto y aparte. No dejamos que la mota nos embargue por si acaso acabamos chapoteando de lleno en el barro.

¿Nos entregamos?

No, eso jamás, si nos dejamos llevar por lo más auténtico, quizás suframos de caída libre y no sepamos dónde llegaremos a caer, preferimos seguir sostenidos por los hilos invisibles del sinsentido y que los manejen, más fácil aún. Más deprisa, a ser posible, que sólo así mantenemos la inercia, sólo así creemos ser felices.

Más y másaltars, queremos más. Diferente, a ser posible, cuanto más nos distraigamos, mejor, menos permanecemos con nosotros, más desconectados estamos.

¿Es esto lo que queremos de verdad?

Detenerse, sentir, salir de la inercia, entregarse al momento y desconectar el piloto automático, buscar e ir encontrando la propia felicidad, que está en cada segundo, siempre hay tiempo de hallarla porque jamás nos ha abandonado.

¿Así sí?

No es sencillo darse de bruces con uno mismo, tanto tiempo sin conocernos que ahora cuesta, todo es empezar, aliarse es el primer paso. Después todo cambia, es difícil que los colores atraigan del mismo modo, ya no despistan, no asfixian, ahora no los buscamos y cuando los encontramos, encantan, maravillan y los dejamos marchar sin ningún pesar; los olores no intoxican, no enganchan, ahora transcurren, los apreciamos y dejamos que vuelen hacia donde deban ir; las personas no dependen unas de las otras, sólo se quieren, hasta el punto de que nuestra felicidad no nos abandona cuando se marchan; no es necesario colmar nuestro hueco con miles de cosas innecesarias que caen en un infinito sin piedad, sabemos disfrutar la piedra que encarna la pelota, del río que escuchamos absortos, del calor del rayo que envuelve nuestra piel, de la risa del viento siempre que estemos dispuestos a sentirla.

Así comprendemos al pequeño que merodea entre nosotros simplemente disfrutando, la inocencia y el descubrimiento son sus principales maestros, que nada ni nadie pretenda subirles en la rueda engañosa de ruidos ensordecedores y hedores incansables que nosotros, en nuestra absurda ignorancia, aún confundimos con belleza.

 

 

 

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