¿Y si dejamos de legitimar el laberinto?

Fuckowski es el personaje del último libro que ha caído en mis manos, muy recomendable, por cierto (“Fuckowski, memorias de un ingeniero”) y muy agradecida a quien me lo dejó 😉

Me ha hecho reflexionar sobre el cuento que tanto me gustó en días pasados: “Quién se ha llevado mi queso”. Realmente el mensaje es muy revelador, cuatro ratoncitos que se comportan de diferente modo en el laberinto que representa la vida misma… Personalmente encontré mis puntos comunes con todos los personajes y con sus modos de actuar. En cada momento de la vida me he encontrado buscando, husmeando, actuando o arrinconándome en una esquina, con un miedo paralizante ante lo desconocido. Y es que tener queso nos hace felices y dejar de hallarlo de pronto, puede crear una ansiedad complicada de gestionar. A veces, analizar la situación ayuda antes de tomar decisiones, otras veces no es necesaria tanta elucubración porque corremos el riesgo de perdernos en ella y dejar de movernos con todas sus consecuencias. Permanecer atentos al cambio me parece algo útil, observar la realidad en toda su extensión para entenderla y saber reaccionar con la mayor información posible, sin olvidar el continuo palpitar de nuestro corazoncito que nos dice sin parar, “esto sí”, “esto no”.

¿Quién se ha llevado mi queso? ¿Cómo es posible que alguien haya arrebatado de cuajo mi felicidad? ¡Tengo derecho a mi queso! Quizás el planteamiento lo estemos coquesonstruyendo desde el lado más cobarde e inútil.

¿Qué he hecho yo para quedarme sin queso? o mejor aún ¿Qué puedo hacer en este momento ante tal circunstancia? Personalmente, este modo de plantearlo incita a la acción, a la resolución del momento.

El queso nos crea la dependencia de su conservación, ya sea una representación de lo material o no, el miedo a perderlo surge irremediablemente. El cuento nos habla de este miedo, de los temores a lo desconocido, de lo inseguro que resulta cambiar los viejos planteamientos para adecuarlos a las nuevas circunstancias sin aferrarnos a todo lo conocido a riesgo de extinguirnos… Me sigue pareciendo una enseñanza muy útil y reveladora.

Pero, en relación con una frase del cuento, el Sr. Fuckowski me hizo pensar más allá: “Es más seguro buscar en el laberinto que permanecer en una situación sin queso”. Parece obvio. Y aquí me paro un momento. Todo el cuento transcurre en el laberinto descrito. Me pregunto si no nos estamos empeñando en legitimar este laberinto y no otro o ninguno. La vida como sistema, como algo construido de un modo también conocido. ¿Qué ocurre con todo el planteamiento si empezamos a cuestionar de igual modo el mismo laberinto? Damos por hecho un escenario tal y como ya es. Me gustaría plantear la oportunidad de desmantelar, no solo los viejos paradigmas, no solo el camino conocido que nos lleva al queso aun cuando éste se acaba, sino el propio escenario y me gustaría replantear incluso el mismo queso. Somos ratoncitos en busca del queso en nuestro laberinto particular, cada uno con su propio esquema del queso. Pero siempre queso y laberinto. Y además, ratoncitos. Siempre un sistema de vida, objetivos determinados y limitados por la creencia de lo que somos.

Si somos capaces de darnos cuenta la enormidad que se abre a nuestros pilaberintoes cuando nos atrevemos a reflexionar sobre todo aquello que hemos dado por supuesto hasta hoy, no imagino aún dónde podemos llegar si nos planteamos trastocar escenarios más sagrados, más estables, más seguros. La vida como sistema, encasillarla en un mero laberinto me parece una quimera, una ironía. Romper barreras, paredes, destruir caminos posibles para volver a empezar, cada cual en su propia libertad de construcción. Sin laberintos, a campo abierto, sin fronteras.

¿Y el queso? ¿Seguro que lo necesitamos? Esto puede ser objeto de otro post.

¿Quién dice que somos necesariamente ratones? Limitarnos a comportarnos de la forma predecible según unos parámetros u otros nos resta todo potencial. Conocer posibilidades y comprenderlas no es excusa para limitarnos a ellas y sólo a ellas.

¿Por qué no imaginar la vida sin sistemas, sin búsquedas y apegos y siendo lo que seamos capaces de ser sin etiquetas? Quizá, hasta hace un tiempo, hemos legitimado un camino como único posible; superado esto, puede ser el momento en el que el laberinto se haga innecesario y la búsqueda cese.

Y esta elección sería preciosa si cada cual la ejerce o no libremente. Las imposiciones ya no caben.

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