¿Escuchar, entender o estar presente?

Nos enseñan desde bien pequeños cuál debe ser nuestra actitud a la hora de escuchar a los demás cuando hablan, incluso nos explican que de vez en cuando hemos de asentir con la cabeza para mostrar atención y dejar claro que estamos entendiendo lo que nos dicen.

Me pregunto por qué hacemos tanto hincapié en dar muestras de que hemos comprendido bien el mensaje obviando la importancia de la escucha empática.

Me respondo que realmente tenemos pocas habilidades para realizar una recepción sincera y presente en el momento de la escucha.

oidoNo dudamos de tener oídos para oír, tampoco cuestionamos que nuestra mente racional entiende aquello que escuchamos. Pero no nos atrevemos a asegurar que también somos presencia siempre que lo deseamos. Y es que podemos recibir un mensaje de diferentes formas y en distintos grados. El más pleno, cuando logramos estar presentes ante nuestro interlocutor. Esto no es ni más ni menos que vaciarnos de todos los prejuicios e interpretaciones, despertar al instante con la frescura e inocencia de un niño que no está anclado al recuerdo pasado ni necesita demostrar absurdamente que recibe el mensaje o que lo está procesando y tampoco precisa mostrar que es capaz de dar el mejor consejo posible. Simple y sencillamente está.

Cierto es que mantener este grado de empatía es complejo, requiere práctica ante todo y es fácil quebrar la conexión ante cualquier deseo de escucha intelectual, que bloquea casi de inmediato la recepción presente.

El deseo de tranquilizar a la persona que nos cuenta un problema o queja es natural si bien no ayuda demasiado a que ésta se sienta comprendida. Realmente, no estamos tratando de descubrir su necesidad imperante, nos detenemos en el sentimiento de sufrimiento y tratamos de paliarlo.

Veamos un ejemplo. Un niño explicó en un taller que sentía enfado ante la actitud de su madre al castigarle por no haber hecho los deberes nada más llegar del colegio. Hicimos un juego entre los asistentes y cada uno fue dando su particular aportación a la situación de este niño enfadado:

– El que trata de corregir o educar: “Claro, es que debes hacer los deberes cuando llegas a casa y antes de jugar. Primero se estudia y luego se juega”.

– El que aconseja: “Deberías hablar con tu madre para explicarle por qué no estás de acuerdo”.

– El que consuela o tranquiliza: “Bueno, tranquilo, seguro que se da cuenta y te levanta el castigo, además el enfado se te pasará pronto”.

– El que compara: “A mí me ocurre lo mismo pero aún peor, porque incluso los viernes debe ser así”.

– El que quita importancia a la situación: “Bueno, no es para tanto”.

– El terapeuta: “¿Desde cuándo ocurre esto? ¿Tu madre castiga por todo o habláis de vuestros sentimientos a menudo?”

– El que reivindica justicia: “Esto no puede ser, es injusto, no me extraño de que te enfades”.

– El que parafrasea: “Entiendo, entonces dices que tu madre te castigó por no hacer los deberes nada más llegar a casa”.

Y así sucesivamente. Todos tuvieron una intención impecable ya que cada uno de ellos aguaofreció lo que mejor supo hacer en aquel momento, desde la razón y el intelecto y desde la idea de que cada uno tenía que arreglar la situación de algún modo, pero el niño no quedó aliviado porque nadie había sabido conectar con su sentimiento y necesidad, se llevó un montón de puntos de vista pero ninguno propio y no se sentía capaz de resolver el conflicto con su madre.

Propusimos después que cada cual intentara vaciar su mente de toda idea preconcebida, experiencia anterior, prejuicio y crítica. Simplemente centrar toda la atención en el mensaje que el niño transmite, escuchando los sentimientos y necesidades, aunque no sean obvios aparentemente. En este segundo intento ya comenzaron a pasar cosas interesantes. Comenzaron las preguntas sinceras, el intento de conexión empezaba a surgir:

“¿Te sientes rabioso porque necesitas organizar tu ritmo de estudio?”

“¿Estás agotado cuando llegas del colegio y necesitas un poco de descanso o distracción antes de ponerte a estudiar?”

Ahora sí que se iluminó la cara del niño porque se estaban preocupando realmente de descifrar lo que sentía y por qué. Preguntar para conectar. Él mismo comenzó a comprender el motivo de su enfado y empezó a planificar una petición a su madre desde el plano consciente, desde su propia necesidad: organizar a su ritmo su propia tarde.

Sin seguir ningún consejo, sabía lo que tenía que hacer para gestionar el conflicto con su madre.

Este ejercicio podemos hacerlo cada día en cada contexto, tratar de estar presentes, vacíos, atentos, descifrar el mensaje oculto que no escuchamos en las palabras, el sentimiento y la necesidad de nuestro interlocutor. Practicando, logramos establecer este contacto con mayor facilidad y poco a poco, logramos mantener el grado de empatía real.

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