Ante todo, que el espectáculo continúe

Acaban las fiestas y con ellas la locura inconmensurable en forma de consumo. Un sopor de tristeza nos abruma y recordamos la desesperación que jamás se ha mudado.

¿Qué hacemos ahora si ya no tenemos más estímulos? ¿Cómo organizamos el día a día sin planear una nueva adquisición, un nuevo aturdimiento? No hay forma de soportar el sinsabor de quedarnos en casa quietos, necesitamos salir, buscar más luces en todos los escaparates, zigzaguear entre colores vivos que llaman sin querer a nuestras ansias de posesión.

¿Cómo puede ser la vida sin los grandes establecimientos que despistan el vacío de nuestro interior? Toca despedirse de días en los que el gasto y la compra apagan nuestra verdadera apatía perenne. Felicidad ficticia que, por momentos, hacen olvidar que seguimos en ese bucle en el que la principal motivación es aquello que se acaba, se destruye o tiene un precio.

Por eso hay más. Rebajas, segundas rebajas, liquidaciones, nuevos y más grandiosos centros de anestesias comerciales , etc. Todo vale para no regresar al hastío inoportuno. El espectáculo ha de continuar, la vida debe quedar reducida al estímulo veloz. Que no se apague la vela, que no se detenga la rueda, no vaya a ser que de pronto pare en seco y caigamos al vacío más temido.

jung¿Quién quiere dejar de mirar hacia afuera y saber lo que ocurre adentro? No es algo que corresponda a estos tiempos extraños en los que necesitamos un cuento de hadas tras otro en lugar de deleitarnos con la mera vida tal y como es, que es bastante emocionante por cierto, asombrosa y colmada de detalles espectaculares en sí mismos.

¿Qué ha pasado con la magia del juego? ¿Dónde ha quedado la viveza infantil que todo lo atrapa sin necesidad de elementos externos que distraen una y otra vez nuestra verdadera esencia del descubrimiento? Si la naturaleza forma parte de la infancia, ¿en qué momento dejamos de apreciarla en toda su inmensidad?

Y si nos damos cuenta de que nuestra generación queda atrapada por lo más banal, ¿por qué permitimos que nuestros pequeños se mantengan absortos en lo que no importa? Quizás sea porque promoviendo su letargo evitamos despertar.

“Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes.” Antoine Saint Exupery.

Pero yo no estoy tan segura de que logremos salvar esa sabiduría con la que nacemos, no creo que sean capaces de aplicar tanta indulgencia, creo que nos adherimos a la inercia muy pronto porque es lo que percibimos a nuestro alrededor constantemente. Me entristece saber que también sucumben a la vida que les mostramos porque no somos capaces de enseñarles otro camino.

¿O sí?

 osho

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