Hoy es el resultado de toda tu vida

A menudo nos olvidamos de cuál fue el momento en el que iniciamos el camino que nos ha llevado al lugar preciso donde nos encontramos hoy, cuál fue la prioridad que nos empujó a decantarnos por una decisión y no otra, quién fue la persona que acompañó nuestro paso con su sabio consejo o su simple presencia.

Y la vivencia actual deteriora la perspectiva de siempre. Y un día nos damos cuenta de que todo lo conseguido pierde el valor que una vez le otorgamos.

Los orígenes, aquellos momentos en los que las lágrimas se derramaban por el rostro frío de tanto miedo, la angustia encogía el alma y los pensamientos de derrota acorralaban cualquier atisbo de esperanza. Momentos en los que la pesada carga ralentizaba cualquier paso firme. Segundos en los que parecía que la total obscuridad se iba a cernir sobre nosotros de forma definitiva.

Algo, alguien, uno mismo, qué se yo, hace aparecer una pequeña oportunidad, una nueva baldosa amarilla, un nuevo sendero, quizás siempre estuvo allí y es el rayo de sol, que decidimos percibir en aquel momento, el que nos muestra la belleza  de tal apariencia. Una decisión breve es la que hace cambiar el sentido de todo.

tren

Y, de pronto, la vida vuelve a ser coherente, aparentemente todo va funcionando de nuevo. El miedo no asusta tanto y el ambiente se torna amable. Uno se sube otra vez al tren conocido y la calidez lo envuelve todo. Sentimos que la respiración es completa, el aire ahora sí que llega a los pulmones y la piel recupera el color rosado de siempre. Volvemos a sentir el calor del sol, levantamos la mirada y logramos percibir todo lo que nos rodea. Nos sentimos a salvo. Mirando atrás de reojo, una tranquilidad conocida embarga todo lo que somos.

Los días van transcurriendo y nos vamos acomodando al confort del vagón habitual, de aquí no nos movemos, da mucho miedo imaginarnos nuevamente en la cuerda floja, allí no había suelo firme y, de tanto mirar al temido vacío, perdíamos la visión que ahora disfrutamos. De hecho, enfocamos tan alto que no nos damos cuenta de que hemos perdido la perspectiva de lo de abajo. Lo que hoy creemos una percepción plena, es focalizada ahora hacia un lugar distinto y no necesariamente mejor.

Y de tanta pérdida del entorno, comenzamos a olvidar el origen de donde nos hayamos, hoy es resultado de toda una vida y no lo valoramos como tal. Ahora nos atrevemos, sin pudor, a reírnos disimuladamente del que sufre, a despreciar en silencio al que no tiene, a vanagloriarnos de nuestros logros y sentirnos más especiales por encima del que mendiga una oportunidad, aquella que aquel día nos encontramos a nuestro paso. Hoy no la cedemos por nada en el mundo, por el miedo a volver a ser algo que ahora menospreciamos.

Valorar cada segundo que disfrutamos sin olvidar jamás nuestros orígenes, las lágrimas del esfuerzo, el frío del miedo y el agarrotamiento de la angustia. Este debería ser el lema. Crecer a lo alto, con total perspectiva de lo que siempre ha sido, y a lo ancho, entregando a nuestro paso el resultado de toda nuestra vida.

Sin este planteamiento, no veo posible el crecimiento honesto. Seguir aterrado por lo que un día vivimos nos aleja de comprender al que hoy sufre la misma situación. Y nada es mejor, sólo es diferente. Y nadie es mejor, sólo somos.

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