El mayor enemigo de la humanidad es la humanidad

¿Qué es lo que bloquea nuestra empatía más esencial? ¿Qué mecanismo anula nuestra compasión?

Me lo pregunto a menudo porque me cuesta comprender en qué nos convertimos cada mañana cuando nos levantamos y por qué al acostarnos no nos sentimos nada satisfechos.

¿Tiene que suceder una catástrofe devastadora para recuperar la consciencia de lo que realmente somos? Sólo en momentos extremos en los que nos encontramos en una misma CAMINO LLANO DE OLIVARESsuperficie común, sin rascacielos que ensalzan a nadie ni pozos en los que nadie se ve sumido, somos capaces de abrazar al prójimo que está sufriendo en este momento, somos capaces de tender una mano o simplemente brindar una sonrisa sincera a quien lo necesita, porque sólo es en esos momentos en los que la necesidad de sentirnos humanos, como especie, es más fuerte que la prioridad de mantener esa imagen personal que tanto, tantísimo daño nos hace.

El individuo frente a la masa, el yo frente a la comunidad, esa necesidad de pertenencia nos abruma hasta ahogar la verdadera esencia que nos une.

¿Por qué tampoco lloramos cuando nos sentimos destrozados ante nuestra personal desgracia? ¿Qué tan importante es la opinión de esa persona que nos acompaña o del grupo al que pertenecemos como para desprestigiar la emoción que inevitablemente sentimos? ¿La humanidad como especie es el principal enemigo de la humanidad como individuo? Casi me atrevo a afirmar que justamente se barrotestrata de lo contrario. Es el hecho de sentirnos individuos separados lo que promueve la presunción de un juicio que, si bien existe y nos aterra,  nos encarcela y divide sin más miramientos. Volvemos a aferrarnos a las expectativas que tenemos los unos de los otros y, peor aún, a la expectativa individual que mantenemos frente al resto. ¡Que no decaiga el gesto hierático, que nos pueden desenmascarar!

¿Por qué no dudamos lo más mínimo en sonreír a un pequeño que siente tristeza o llora? ¿Qué hay de esa ternura cuando se trata de otros adultos? ¿Es que no hay temor a que el niño nos juzgue si mostramos nuestra compasión? ¿En qué momento nos encerramos por no sentirnos heridos por la etiqueta o el juicio? ¿En qué edad concreta vemos al otro convertido en una amenaza?

Y así continuamos. No reparamos de que el miedo que tenemos a mostrarnos y no encajar es exactamente el mismo que tiene el otro y no nos permite ser con todo nuestro esplendor.

No creo que sea preciso ser individuos frente a la masa, más bien veo necesario ser humanos a pesar de la humanidad, trascender del miedo a ser señalados, a ser débiles y mostrar en cada momento lo que quema, lo que vibra, lo que luce.

Esperar a la desgracia para unir canales innatos es una quimera. Pase lo que pase, por muy terrible que sea, por mucho que nos desnudemos para mostrarnos esencia, todo pasa y todo se olvida de nuevo. Volvemos a nuestro núcleo dorado, protegidos por la máscara que nos esconde y todo lo que en un momento puro mostramos queda resumido a un acto de vergüenza que impide volver a mirarnos a los ojos.

Humano, demasiado humano, decía el filósofo. Me quedo con una de sus frases:

“Aun el hombre más razonable tiene necesidad de volver a la Naturaleza, es decir, a su relación fundamental ilógica con todas las cosas”

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