El precio de la fuerza sancionadora en el conflicto

Sería deseable que todo conflicto acabara en acuerdo pero hay ocasiones en que la desigualdad es muy evidente y no siempre la parte más empática está dispuesta a mantener la escucha activa con la misma intensidad.

idiomaCuando el idioma no es mismo, la comunicación se dificulta enormemente.

Los sentimientos y necesidades de ambas partes inmersas en el conflicto son plenamente legítimos, es el modo de expresión de los mismos el que define los idiomas en una misma comunicación.

Por mucho que uno practique la recepción empática, o trate de establecer una conexión con la verdadera necesidad que subyace a palabras ininteligibles del otro, puede llegar un  momento en que, sencillamente, no haya ganas de seguir descifrando, el desequilibrio de ambas partes es tal que no compensa y la comunicación se acaba convirtiendo en un imposible.

¿A qué idioma me refiero? A uno de los más habituales que nos encontramos en el mundo: el que traduce las necesidades insatisfechas personales en ataques indiscriminados hacia el otro, con el fin de castigar, culpar o sentenciarle para lograr una victoria lo más inmediata posible.

Más no es mejor, es algo que mantengo convencida.

En una controversia en la que una de las partes ataca a la otra para que “sufra” las consecuencias de sus actos “reprochables”, se esconde un objetivo muy directo: que tal persona se sienta tan culpable por “haber causado” la ofensa del otro que sienta la necesidad de proceder a cambiar de actitud, normalmente, cediendo a la propuesta en curso, de manera que, a tal acto de imposición le sucede una victoria suculenta e inmediata. Pero un acuerdo alcanzado de este modo será débil, poco perdurable y probablemente sea el comienzo (o continuación) de un rencor  y un inevitable deterioro de la relación.

Nuestra mente está tan instalada en la culpa que es sencillo lograr el objetivo utilizando este tipo de actitud.

No hace falta que el uso de la fuerza coercitiva sea física, o en forma de castigo, a veces un juicio de valor, un retiro de concesiones, una insinuación de culpabilidad es suficiente como para calificar el acto como fuerza punitiva, basta que la intencionalidad sea la de aplastar al otro, la de anularle, la de limar su autoestima con la idea de vencer, porque probablemente no conozca otro modo de expresar una necesidad que no logra satisfacer y exige que sea el otro quien la satisfaga.

En este aspecto, conviene recordar que el actuar del otro sólo es el estímulo de nuestras emociones negativas desencadenadas por una necesidad no atendida, no es la causa, ésta reside en nosotros y es responsabilidad nuestra identificar qué necesidad insatisfecha tenemos y de qué modo podemos resolverla.

Así pues, no es el otro quien debe solucionar nuestro mundo interno (sí puede ser partícipe, colaborador o ayudante pero no a través de la DIBUJOS-QUE-RELAJAN-5exigencia, sino de una petición de ayuda honesta y sincera). La exigencia no funciona, las consecuencias son desastrosas, genera violencia, lo único que conseguimos es lograr una rápida victoria en el momento presente y una total falta de entendimiento en un futuro inmediato. No olvidemos que además, en caso de que usemos la fuerza disciplinaria en los conflictos con los más pequeños, el ejemplo que transmitimos es que las controversias se resuelven imponiendo y aplastando. ¿Queremos esto?

Pensemos: el uso de esta fuerza, ¿para qué la utilizamos? ¿Logra modificar el comportamiento “indeseado” del otro? Probablemente sí, otras veces, en lugar de sumisión, logramos rebelión.

Analicemos: ¿En base a qué razones hemos logrado la modificación de la conducta? ¿En base al miedo, vergüenza o culpa? ¿Son éstos los motivos que deseamos? Son razones externas que no quedan integradas de ningún modo y el cambio producido no está motivado por las causas que nos gustarían. El miedo, el deterioro de autoestima es el que sí queda instalado. ¿De verdad es lo que buscamos cuando utilizamos la amenaza, el juicio o la culpa? Funciona aparentemente pero construimos relaciones basadas en la fuerza y nadie quiere, de buena gana, contribuir a satisfacer las necesidades de quien infiere este tipo de fuerza, La compasión se hace prácticamente imposible.

Si nos responsabilizamos de nuestras acciones, deshacemos la culpa y la queja.

¿Elegimos relaciones basadas en el respeto y empatía mutua o en el miedo, autoridad y juicio?

 

 

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