Escuchar para entenderles, observar para descubrirles

No basta escucharles para preparar una respuesta determinada, tampoco es suficiente si nuestro ánimo es emitir un juicio o subsumirles en una etiqueta. Es necesario escuchar con el ánimo de entender.

No vale observarles con intención de reprenderles, no sirve de nada si vamos a tratar de corregir su conducta, es necesario observar con el ánimo de descubrir.

Comparar, encasillar, modelar, enjuiciar, son hábitos que vamos adquiriendo en la labor educativa. Estamos inmersos en una sociedad altamente competitiva que nos empuja más y más a pertenecer a grupos determinados para sentirnos más “adecuados”. Y de esta extraña forma vamos encauzando a nuestros pequeños para lograr que encajen en el mundo.

¡Alto! O no.

Cada cual puede decidir aunque necesitamos reflexionar antes de dar pasos. Nos perdemos maravillas que nos muestran cadali-dali-a-los-seis-anos-cuando-creia-ser-una-nina-levantando-la-piel-del-agua-para-ver-a-un-perro-que-duerme-a-la-sombra-del-agua-1950da día, sus capacidades son realmente asombrosas si les observamos con la verdadera intención de descubrir lo que esconden. Encasillarles en lo que “toca” a cada edad es una verdadera pérdida de posibilidades, de personalidades diferentes, de oportunidades para que nos demuestren quiénes son.

Escuchando sus argumentos en las pequeñeces del día a día, con total presencia, con el ánimo de entender qué piensan, nos acercamos a lo básico, a lo sencillo, a lo lógico.

¿Cuesta? Pues sí, la verdad, creo que es un esfuerzo enorme, hasta que se va convirtiendo en un hábito. Nuestra programación se ha ido construyendo ocultando lo más esencial, nos perdemos en detalles que complican lo más simple. Escucharles y observarles de verdad elimina paja de nuestra mente. Gritan sus emociones sin ninguna dificultad, por favor, dejemos de apagarlas por considerarlas desconocidas. Tratemos de aprender de nuevo lo que un día dejamos de practicar. No se nos ha olvidado del todo. Ya fuimos y seguimos siendo, aunque borrosos. 

Y si no llegamos a entenderles, si no podemos descubrirles, o si no nos apetece hacer este preciado esfuerzo, al menos no les aplastemos con la “razón” adulta, no anulemos esas posibilidades, no destruyamos su coherencia, respetemos su visión y su percepción, apoyemos su inocencia, permitamos que se atrevan, alentemos sus ilusiones.

Y nosotros, a nuestro abismo, que tenemos bastante que entender y descubrir en él.

Toca respetar.

Porque queremos que respeten, ¿verdad?

Aunque voy muy despacito, gracias por ayudarme a volverme cada vez más simple 😉

 

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