La cultura del premio (y del castigo)

Estímulo – Respuesta – Refuerzo. Este modelo de modificación de conducta lleva prácticamente un siglo investigado. Funciona. Hoy lo sabemos. Logramos conductas modeladas hacia un lado u otro, según sea lo más apropiado, o lo que más nos interese o lo que consideremos más aceptado.

¿Y las consecuencias?

skinnerHoy también las conocemos. Aun así, una gran mayoría considera que los beneficios de lo conseguido superan los perjuicios de las consecuencias.

En cambio, no queremos hijos pasivos, frustrados, desilusionados o dependientes de lo externo. Pues algo falla. Quizás no relacionamos que estos perjuicios son directamente proporcionales a los refuerzos positivos (y negativos) a los que les tenemos acostumbrados.

De la gran mayoría a la que me refería antes, una buena parte de ella, considera que reforzar determinadas conductas con castigos puede ser perjudicial a largo plazo. ¿Y los premios? Los premios, son una buena forma de lograr que se realicen y consoliden determinados comportamientos. ¿Seguro?

Si con los castigos inhibimos algunas conductas y con los premios logramos otras, ¿no es la misma moneda, volteando la cara?

Niños castigados por sistema: niños reprimidos, enfadados, desafiantes, rebeldes o sumisos. No olvidemos que si damos una orden, recibimos sumisión o rebelión. ¿Preferimos alguno de las dos respuestas? ¿Ninguna?

Niños premiados por sistema: niños inflados y acostumbrados a buscar la recompensa olvidando disfrutar del camino, perseguir la zanahoria es lo que tiene. Y si el premio cuesta un esfuerzo mayor a lo esperado, no pasa nada, cambian de actividad, aquella en la que el premio sea más alcanzable. Llega un momento que no todas las recompensas satisfacen, las expectativas se van elevando a medida que los premios son insuficientes y la frustración aparece con más frecuencia e intensidad.

Y cuando la vida muestra el lado más agrio, cuando sencillamente se acaban estosregalos_2 refuerzos positivos, la frustración, vacío y enorme tristeza aparece. Ya no hay motivo para actuar, no merece la pena si no hay una recompensa que lo endulce todo. La pasividad aparece en su lado más severo y el victimismo se instala. “La vida no me da lo que merezco”, “tengo derecho a más”. La queja encubre la responsabilidad personal y la culpa hacia lo externo es un aliado potente para no ver la realidad.

Ahora les toca aprender a valorar las acciones en sí mismas y cuesta, el condicionamiento lleva años operando y en edades muy tempranas donde en aprendizaje queda más consolidado. Nunca es tarde para re-aprender, es cierto, pero cuesta.

Queremos hijos con iniciativa, divertidos, persistentes, ilusionados, pero educamos hijos dependientes de la ilusión de “lo que viene después”.

Incompatible.

Probablemente no sabemos hacerlo de otro modo, es posible que hayamos “sufrido” el mismo tipo de aprendizaje y es el que sabemos transmitir. Podemos acomodarnos en esta excusa o aprender nuevas formas de intentarlo. Requiere esfuerzo extra, ya lo creo. Valoremos consecuencias y preguntémonos las veces que haga falta si estamos haciendo lo que creemos mejor para ellos.

Hacer lo mismo nos lleva a conseguir los mismos resultados. ¿Cambiamos algo?

 

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