La hostilidad que abruma

Tanta hostilidad me abruma hasta asfixiarme.

Competitividad salvaje, demostraciones constantes de gran valía, narcisismo, violencia encubierta… ¿para qué? De verdad, todo esto ¿por qué? ¿para qué? ¿de qué vale?

La hostilidad deja de ser útil cuando va más allá de querer evitar a ciertas personas y determinadas situaciones de conflicto. Cuando se convierte en una costumbre o en un rasgo de la personalidad, puede ser verdaderamente perjudicial.

El proceso contiene una variable muy constante: pensamos que el otro es dañino, peligroso, mezquino. ¿Lo es? Creo que todo se basa en nuestras percepciones. Si definimos objetivamente los actos supuestamente maliciosos que creemos percibir, quizás nos demos cuenta de que se trata de una mera interpretación. La creencia de la intencionalidad es nuestra, probablemente no coincida con la realidad. ¿Y qué nos genera? Asco, ira, desprecio, además de un gran resentimiento que se va acumulando sin poder evitarlo. Tal cúmulo ayuda a que nuestra percepción se filtre por sistema de una forma determinada, y no otra, la rumiación constante logra acotar nuestro punto de vista hasta hacerlo muy pequeño. Es difícil caber por él.

Qué decir de la somatización de tal proceso, no es una actitud que precisamente favorezca el bienestar cardíaco. ¿Compensa?

 

 

 

¿Cómo y por qué comenzamos a procesar racionalmente al otro desde el prisma hostil? ¿En qué momento perdemos tanta seguridad como para percibir ataques allá donde no los hay? ¿Nosotros mismos nos percibimos malintencionados o simplemente pensamos que actuamos por un motivo que creemos legítimo? ¿Y por qué consideramos, sin lugar a dudas, que el otro no quiere actuar en defensa de su motivo y dotamos de mala intención su actitud?

Cada día percibo más y más hostilidad a mí alrededor, arrastra y no encajo. No quiero encajar, además. A veces me percibo errónea porque pienso que tanta gente en mi entorno no puede estar equivocada. Pero pronto se me pasa. No quiero prismas hostiles.

Tanta rotundidad a la hora de enjuiciar al otro me produce tristeza. ¿Cómo nos atrevemos a emitir una valoración despectiva del motivo que mueve a otra persona? ¿Qué sabremos nosotros de su mundo interno? ¿Acaso conocemos el nuestro? Empecemos por nuestra casa y, probablemente, cuando conozcamos todos nuestros recovecos dejaremos de necesitar enjuiciar a los demás para sentirnos mejores.

Siento asfixia. Me bajo.

 

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