Conflictos enquistados: ¿Queremos entendernos o seguir teniendo razón?

“¡No tengo nada que hablar con ella!” Aunque la afirmación parece rotunda está llena de miedo.

Porque si me siento a hablar con ella temo llorar. Porque si verbalizo el verdadero motivo de mi ira, quedo desnuda y ya no tengo armas. Porque si llegamos a entendernos ya no puedo victimizarme. Porque indagar en lo que realmente me enfada cuesta y prefiero culpar a la otra parte.

Situaciones que se dan una y otra vez. No escapamos del engaño de nuestra mente quedando enredados en lo que no es. 

“No soporto el ruido que hace al comer”, “¿no se da cuenta de que molesta cuando baja la persiana?”, “me hace ver programas insoportables de la TV”, “siempre limpio yo”… ¿Nos damos cuenta de que son frases que flotan en nuestra mente continuamente? El parloteo nocivo de nuestro pensamiento desvirtúa nuestra realidad siempre que nos dejamos. Y nuestro pensamiento no somos nosotros mismos. Nosotros somos quienes elegimos dar crédito a lo que creemos percibir. ¿Pensamos lo que percibimos o percibimos según lo que pensamos? Si toda la humanidad considera que el ruido que hace el otro al comer es insoportable, podríamos asegurar que lo que percibimos es real. Pero mucho me temo que se trata de una mera interpretación de lo que vemos o escuchamos.

Se trata de describir la realidad de forma objetiva, tal y como es. Sin suponer intenciones, sin etiquetar, sin juzgar. Cuanto más pequeños somos, mejor lo hacemos ¿Cuándo hemos desaprendido tanto?

Un niño describiría estas situaciones con afirmaciones como “hace un ruido fuerte mientras come”, “cuando baja la persiana, me quedo sin luz y tengo que levantarme a encender la lámpara”, “pone programas en la TV que no me gustan”, “suelo barrer a menudo”, Estas frases exponen la realidad de una forma mucho más descriptiva que antes, ¿no?

Hacer responsable al otro de nuestros males hará que le veamos enorme y perverso, le deshumanizamos y empezamos a percibirle como un generador de sufrimiento.

¿Por qué no detener la inercia ahora mismo? Necesitamos sentarnos, hablar y escuchar. No reprochar, sólo hablar y escuchar. Porque, aunque no lo creamos, el otro tiene tantas necesidades como nosotros y hace las cosas con un fin propio que probablemente nada tenga que ver con nuestra percepción. Ni puede llegar a imaginar cómo nos sienta su actitud ni puede adivinar por qué nos molesta tanto.

Detrás de cada percepción que pone en alerta nuestras emociones hay una necesidad no satisfecha. 

¿Qué hay detrás del ruido insoportable al comer que tanto nos puede molestar? Puede ser la necesidad de comer en silencio. ¿Y por qué puede afectarnos tanto que baje la persiana a diario a una hora que consideramos inapropiada? Puede tratarse de la necesidad de aprovechar al máximo la luz natural y evitar costes innecesarios ¿No nos gustan los programas de la TV que pone el otro en casa? Quizás necesitemos seleccionar lo que entra en nuestra mente y ese tipo de programación no es la que más se adecúa a nuestra ecología mental. Y sobre la limpieza, ¿siempre limpiamos nosotros? ¿Todo? ¿Cada día? Quizás no sea ajustado a la realidad (“todo”, “nada”, “siempre”, “nunca” suele desvirtuar lo real). Y si así fuera, es posible que necesitemos equilibrio. Todas ellas son necesidades legítimas y entendibles pero si no se las comunicamos al otro, no nos va a comprender. Y si, además de no comunicarlas, reprochamos continuamente sus comportamientos, la convivencia se hará insoportable. Creemos que el otro debe conocer todas nuestras necesidades como si poseyera una bola de cristal. ¡Pero si a veces ni las detectamos nosotros mismos!

¿Y el otro? ¿Consideramos en algún momento por qué puede estar comportándose así? ¿Creemos de verdad que las cosas las hace con el único objetivo de molestarnos? Es muy habitual que la rumiación logre convencernos de que el motivo de la vida del otro es causarnos molestias a diario. A menudo, nos aferramos a esta creencia y justificamos nuestros pensamientos que van en esa línea para darnos la razón sin parar. Con frecuencia, además, nuestro deseo de victimismo alienta pensamientos de este estilo y así quedamos protegidos en nuestro castillo perfectamente creado para evitar entender. Es más sencillo culpar que comprender, lo llevamos haciendo años. Es una inercia.

Siempre hay necesidades legítimas que nos empujan a actuar de una u otra forma, quizás no estemos de acuerdo con la estrategia que elige el otro para satisfacer sus necesidades pero si logramos comprender éstas, podremos mirar más allá de lo que hace. Entendiendo para qué lo hace el cómo deja de importar tanto.

Si no detectamos nuestro “para qué” ni su “para qué”, es difícil definir acuerdos concretos. Quedándonos en la etiqueta, en el juicio o en la exageración desvirtuamos la realidad de lo que ocurre, generamos pensamientos nocivos que entorpecen y nos aferramos a ellos para seguir teniendo la razón.  Fabricamos ira y sufrimos innecesariamente. Así no hay entendimiento.

La pregunta que necesitamos hacernos es: ¿queremos entendernos o tener razón? En función de la respuesta, actúa.

Siempre eliges tú.

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