¿Consideramos los riesgos de los elogios, premios y otros refuerzos?

Vemos cómo operan estos refuerzos en distintos ámbitos de nuestra vida. Normalmente asociamos estos usos en el contexto educativo, ya sea a nivel doméstico como en los centros escolares. Los elogios son utilizados como refuerzos al realizar conductas positivas, la estrategia puede considerarse interesante para incentivar la participación, el comportamiento adecuado, reforzar la autoestima de un alumno, por ejemplo. Pero, ¿qué pasa con el aprendizaje en sí mismo? ¿Ayudamos a que aprendan o a ganar la aprobación de los demás?

Me pregunto si no estamos fomentando alumnos deseosos de lograr reconocimiento como refuerzo externo olvidándonos de la motivación intrínseca del aprendizaje mismo o de la convivencia deseada con los demás.

Pero hoy me quiero centrar en otro aspecto: ¿qué ocurre si utilizamos el elogio de forma improductiva? Es decir, elogiando a la persona y no su actitud, comparando con otros alumnos, aplaudiendo conductas inmerecidas o elogiando con el fin de amortiguar una crítica posterior. En estos casos, el refuerzo se convierte en un perjuicio para quien lo usa, para el elogiado y para el grupo.

Y yendo un paso más allá. ¿Qué pasa si decidimos utilizar el elogio u otros refuerzos para tratar de eliminar una conducta no deseada? Imaginemos que decidimos centrarnos en un alumno complicado y reforzamos cualquier cambio positivo observado que se acerque a la conducta deseada. ¿No es posible que el grupo perciba injusticia? Individuos que, por norma general, cumplen las normas establecidas, realizan las tareas de forma esperada y su actitud es adecuada a lo que el contexto requiere, ¿no considerarán que se está aplicando un beneficio extra a quien precisamente hace todo lo contrario a lo esperado de manera habitual? No entro a valorar ahora si el refuerzo beneficiará a quien lo recibe, también me ofrece muchas dudas. Me estoy centrando en la consecuencia para el grupo.

La lectura puede ser peligrosa. Quien hasta ahora ha tenido una actitud global considerada positiva por el mero beneficio interno que experimenta, ¿puede sentir tentaciones lógicas de equilibrar la injusticia y reclamar atención, elogios y beneficios externos al igual que su compañero conflictivo? Valorar este aspecto puede evitar problemas masivos con el grupo.

Es fácil dejarse llevar por la idea de conseguir un premio y es sencillo asociar la idea de que un comportamiento inadecuado ha logrado obtener un beneficio al ser más fácil obtener refuerzos positivos al mínimo cambio de actitud.

Esta idea es trasladable al ámbito doméstico, podemos imaginar igualmente la misma lectura en casa.

Y, volviendo a ir un paso más allá. ¿No es igual de trasladable al ámbito adulto en contextos formativos, empresariales, etc?

Reforzar inmerecidamente conductas por el mero hecho de tratar de lograr que con este refuerzo consigamos que quien, por regla general tiene una conducta no esperada, alcance por ello una conducta considerada normal, puede tener efectos negativos para el resto de iguales.

Además existe un peligro añadido: el resto del grupo aprende que es más beneficioso comportarse de forma no adecuada, a la espera de que un elemento externo (elogio, reconocimiento, premio, por ejemplo) refuerce la decisión de actuar de forma esperada. Y, con el paso del tiempo, lograremos que los estímulos externos sean más potentes que la motivación interna que antes operaba. El proceso de aprendizaje también sucede en el mundo adulto. Cuando el adulto comprueba que la actitud adecuada es tratada de forma injusta (el comportamiento es despreciado de algún modo), ya no produce placer realizarla y aprende mecanismos para buscar recompensas más satisfactorias.

A veces, uno más uno suman dos.

¿Consideramos los riesgos?

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