Cuando con actos de generosidad pretendemos ejercer superioridad

Pensemos en un acto de generosidad cualquiera: un familiar nos regala una pequeña cantidad de dinero para un capricho que no hubiéramos adquirido sin su intervención. Se trata de generosidad si la persona lo hace de forma honesta, sin esperar obtener nada a cambio. El generoso obtiene un beneficio de satisfacción por el mero hecho de ayudar o de generar alegría y el receptor siente gratitud al ser ayudado.

Hay que tener en cuenta que no todo el mundo tiene la misma disposición de recibir ayuda, hay muchos factores que intervienen en la recepción satisfactoria del acto de generosidad. Por ejemplo, la idea de poder devolver de algún modo o en algún momento el gesto, o que el receptor no sienta inferioridad con respecto al que realiza el acto generoso, son elementos que favorecen la recepción de la ayuda.

¿Pero qué pasa cuando el que realiza el acto generoso recuerda al receptor su gesto con intención de prolongar su muestra de gratitud o de sugerir existencia de deuda? ¿Qué ocurre si en un momento posterior a la intención de regalar esa pequeña suma de dinero, ante un comportamiento imprevisto del receptor, que le desagrada, decide que ya no lo regala? En estos casos, la honestidad puede dejar de ser protagonista. El gesto inicial de ayuda, de generosidad, puede transformarse en una muestra de superioridad o de poder. “Ahora te ayudo, ahora no, yo decido y tú estás a expensas de mi decisión”.

Un exceso de generosidad puede esconder intenciones de manipulación o un intento de hacer sentir en deuda al receptor, pudiendo mermar su autoestima si es algo que se repite con asiduidad. “Si te ayudo constantemente, te retengo porque me necesitas”. “Sin mi ayuda no eres nada”.  Y esto nada tiene que ver con generosidad.

Pensemos cuando realizamos un acto generoso qué queremos obtener. El “para qué” importa.

¿Y cómo nos comportamos con nuestros hijos o educandos? También importa. Recompensando de forma material cada acto que “hacen bien”, mostramos que estos actos se reducen a merecimiento o no de dinero o bienes materiales. Aquí el poder lo ejerce el adulto y enseñamos que somos poderosos si tenemos la facultad de recompensar o no los actos de los demás. El mero hecho de decidir dar algo a cambio de una actitud (“portarse bien”) o un comportamiento (“recoger la mesa”), elimina cualquier motivación interna de actuar en pro de un beneficio mayor (por ejemplo, tener un buen ambiente familiar o ayudar en tareas por el mero hecho de colaborar con los demás). Además, estamos educando en la idea de que quien recompensa o no decide cómo hacer sentir al otro. Quien da tiene poder de conseguir comportamientos de los demás y esto es algo muy peligroso. Mostramos formas efectivas de manipulación. Quien tiene la zanahoria tiene al burro. No nos extrañemos que utilicen estas mismas formas con nosotros el día de mañana. Entonces nos enfadaremos injustamente con ellos. No olvidemos que hemos sido nosotros mismos quienes hemos enseñado este tipo de herramientas, las cuales les alejan de actuar por motivos intrínsecos, diferentes al logro de una recompensa. ¿Creemos que podrán realizar actos generosos por el mero hecho de sentirse bien o hacer sentir bien a los demás (motivos internos) o sin algo a cambio no habrá actos generosos? Y un pasito más allá ¿creemos que pueden llegar a utilizar la generosidad como herramienta de poder con los demás?

¿Somos conscientes de lo que mostramos a nuestros hijos, alumnos, etc?

¿Somos generosos honestamente o manipulativamente?

Siempre eliges tú.

 

 

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