¿A qué nos apegamos?

Si todo está compuesto de instantes y cada instante es efímero y se desvanece para dejar paso al siguiente, ¿a qué nos apegamos?

Si cada momento está generado por un sin fin de actores que ni imaginamos, si cada segundo es el resultado de millones de circunstancias previas ajenas a nuestro control, ¿de qué tenemos miedo?

Aferrarnos a ideas, a miedos, a personas que creemos imprescindibles, a aquello sin lo cual no sabríamos vivir, ¿no es un actitud extraña si lo vemos desde el punto de vista de lo pasajero, momentáneo e impersonal? Probablemente nada de lo que ocurre, nadie a quien conocemos es por causas controladas. Si lo pensamos, todo es producto de un devenir infinito de causas anteriores y nuestra intervención es minúscula. Si esto es así, ¿de qué nos preocupamos constantemente? ¿Para qué si escapa de nuestro control? Podemos elegir mil caminos, mil opciones, pero controlar ningún resultado.

¿Qué tememos entonces? ¿Por qué tanto apego al miedo? ¿Queremos tener miedo como identificación cultural de ser mejores personas? ¿Tememos situaciones por inercia o por educación? ¿Nos aferramos a la preocupación para sentirnos responsables? ¿Preocupándonos creemos encontrar alguna solución? Probablemente aquello que nos preocupa no tenga solución en el momento en el que estamos preocupados. Famosa es la expresión cargada de razón “si no tiene solución, para qué te preocupas y si la tiene, para qué te preocupas”. Preocupándonos, generalmente anticipamos sucesos que en este momento no tienen una solución posible hasta que no suceda en realidad, con todo su color y veamos cuál es la solución más adecuada con la visión completa de lo que es.

Si nos detenemos medio minuto y logramos percibir que nada es y solo somos una sucesión de instantes, el apego se deshace. Sólo el cambio es permanente. Ya sé que suena muy a Heráclito, será que su filosofía tiene sentido práctico.

Si esta percepción la trasladamos a distintos ámbitos de nuestra vida, incluso al educativo, logramos entender que nada nos pertenece, nadie es nuestro y esto, aunque inquieta, libera. Creemos que depende de nosotros el curso de la vida de nuestros más pequeños y en realidad sólo podemos dejar el poso de lo que somos, ellos son los que deciden apropiarse de sus matices. Tampoco ellos son susceptibles del apego que nos llena de miedos. ¿Miedo a qué? Con tanto miedo, asfixiamos, impedimos ser y disfrutar, encasillamos, fingimos, nos aferramos, encadenamos, manipulamos, nos convertimos en rutina y nos aburrimos.

Entendiendo que nadie ni nada es nuestro, ni tan siquiera nuestras propias creencias, no hay apego posible. 

¿Y sin apego no hay amor? Más que eso, sin apego, liberamos, dejamos ser, aceptamos, nos aventuramos, nos divertimos y amamos. ¿Qué mejor amor que aquel que acepta sonriente cada persona, cosa y circunstancia propias de cada instante? ¿Y cuáles deben ser las de ahora? En esta ecuación, el “deber ser” no cabe.

¿Eliges apegarte?

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