Caminando descalzos sobre las piedras

Como caminando por las piedras con pies descalzos, cada pisada define momentos de nuestra vida.

Muchas veces preferimos pisar justo en la piedra lisa, aquella que creemos que nos va a impulsar a la siguiente y es precisamente la que más se tambalea y nos hace perder el equilibrio hasta casi caer. Su aspecto afable oculta el lado arisco que no permite fijarse al suelo con firmeza.

Otras veces pensamos que no hay piedra dócil donde posar nuestro paso y siempre acabamos encontrando alguna, más amable o más austera, pero piedra en la que poder mantenernos en pie.

Quizás cuando estimamos que esta vez hemos dado irremediablemente con la piedra que ofrece toda su arista, combina perfectamente con la de al lado y ambas forman un cómodo y sólido piso donde descansar.

Observando detenidamente cómo nuestro pie se adapta perfectamente al contorno de cada piedra, aceptando cada forma tal y como es, meditando con el vaivén de nuestro propio equilibrio, así danzamos sin cuestionar, sabiendo que si no lanzamos el siguiente paso, nadie nos va a llevar.

¿Qué creemos que esconde cada paso? No imaginamos lo que hay con tan sólo mirarlo, hay que atreverse a pisar, a veces con firmeza, otras con duda, pero sin dejar de avanzar. Y cuando más lo necesitemos, nos podemos detener en aquel lugar que ofrezca comodidad. Sólo constataremos que es confortable cuando lo probemos, no antes. ¿Quién sabe dónde será?

Si nos centramos solamente en donde pisamos, podemos perder el rumbo, a veces es necesario levantar la vista cuando nuestro paso es firme y seguro y vislumbrar así hacia donde dirigir el siguiente paso.

¿Caminamos?

 

 

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