¿De dónde viene tanto odio, tanto juicio y tanto control?

“Una mente relajada es una mente abierta y espaciosa, una mente que no aprieta los dientes, como era en un comienzo”. Jetsunma Tenzin Palmo.

¿De dónde viene tanto odio, tanto juicio y tanto control?

Odiamos como máxima expresión de toda nuestra intolerancia. No son ellos los que han de cargar con nuestra emoción, somos nosotros los que necesitamos liberarla. Y es un bucle tan dañino como destructor. ¿Cuánto de nosotros no vemos? El grado de censura hacia ellos, tiene bastante que ver con nuestra elección de no adentrarnos en lo más nos aterra de nosotros mismos. Y esto lo negamos automáticamente porque da miedo. Pero no hay liberación posible sin la dureza de la aceptación.

Enjuiciamos para sentirnos ganadores o menos perdedores. Por ejemplo, “tú eres un vago” es una expresión que encierra mucho más: “tú eres lo que yo no soy, yo soy mejor que tú porque no sería capaz de ser lo que digo que tú eres”. ¿Seguro? ¿Y nuestra dualidad, por no decir nuestra gama de colores? ¿Realmente no somos en este momento, hemos sido o somos susceptibles de ser vagos en algún contexto de nuestra vida? ¿Por qué censuramos tanto este calificativo? ¿De dónde viene tanta asfixia? ¿Cuántas veces nos acusaron de serlo en ciertos momentos? ¿Quién o quiénes? ¿Qué pretendemos demostrar y a quién ocultándolo? ¿Por qué tanta necesidad de vernos mejores que él/ella? Fíjate en aquello que tanto enjuicias porque puede mostrarte algo muy escondido que sabes que existe en ti. ¿Duele? Pues sí.

Controlando a los que nos rodean podemos mantenernos bajo control. En el momento en el que percibimos arbitrariedad de movimientos, nuestro puzle se desmorona y esto nos desarma. Tanto que nos llegamos a descontrolar. Controlamos para no descontrolarnos. ¿Y qué pasa si perdemos nuestras riendas conocidas? Que nos sentimos vulnerables, inseguros y pequeños. De este modo, percibimos a los que nos rodean grandes y contundentes. Perdemos. Y ante todo la victoria es lo que nos han enseñado que debe operar.

¿Y si no se trata de ganar o perder sino sólo de ser, de estar, de existir, de aceptar, de vivir, de emocionarse, de divertirse, de sonreír y de fluir? Con mente abierta, tal y como era en un comienzo.

Liberarse de tanto odio, de tanta crítica, de tanto juicio, de tanto control implica una firme decisión. Y como toda firme decisión, si no toma color con el paso a la acción, queda tan insulsa que acaba en el más profundo de los olvidos, pero dejando, en cambio, un poso de frustración inolvidable.

¿Qué importa el pasado de los que nos rodean si lo que hoy compartimos es su presente? ¿Tanto hemos acertado nosotros como para señalar sus equivocaciones? ¿Tan diferentes somos de ellos? ¿Acaso no tenemos todos el mismo propósito de ser lo más felices que podamos? ¿Es que todos tenemos las mismas herramientas o somos igual de conscientes?

¿De verdad somos tan egocéntricos como para creer constantemente que el objetivo de los demás es tratar de hacernos infelices? Si apenas se percatan en nosotros, están tan pendientes de lograr su propia felicidad como nosotros de la nuestra. Ni más ni menos. Tanto creer que somos los protagonistas de todas las películas del resto de las personas que nos rodean ha ensalzado nuestro ego hasta límites insospechados. Con ser los actores principales de nuestro propio acto, está bien, ¿no? Más protagonismo se hace tremendamente agotador. Además no es real.

La decisión está en nuestras manos, en todo momento. La acción también. Si odiamos lo que no nos toleramos, si enjuiciamos para ocultar nuestra pequeñez y controlamos con el fin de no desmoronarnos, ¿es cosa nuestra o de los que nos rodean? Ellos viven, existen y son. Sencillamente muestran, sin querer, los aspectos más temidos de nuestro ser, nos recuerdan que en algún momento decidimos ocultar el miedo construido. Pero el miedo es tan sabio que no podemos guardarlo bajo llave, se nos escapa de entre las manos para percibirlo en la viva imagen de él, ella, ellos.

Respiremos hondo, levantemos la vista, sonriamos y empecemos de nuevo.

¿Decides? ¿Actúas?

Siempre eliges tú.

 

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