Prejuicios que causan sufrimiento

El prejuicio que nace de la confusión causa sufrimiento. Pero es nuestra mente pensando, no es más que un pensamiento sostenido por el yo que no descansa. Mente confusa, abotargada, ensuciada por las creencias y experiencias. ¿Y quién sino nuestro yo es el pensador? ¿Cómo hemos entrenado su metódica forma de percibir? ¿Cuándo comenzamos a permitir que el lodo y las piedras taponen todo brote de amor? ¿Podemos llegar a percibir el engaño del ego? ¿Somos capaces de descubrir la esencia misma de este yo que nada puede detener?
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El yo que hay detrás de todo
En eso consiste la claridad, la mente limpia de toda confusión, darnos cuenta del yo que hay detrás de todo este asunto, aquel que no participa verdaderamente de todo el montaje diario, fruto de un concienzudo entrenamiento. Si, por medio segundo, sentimos ese yo, un brote de claridad emerge y regala luz. ¿Lo sientes? Descifra el juego, la mente que inventa, el escenario que creas para darte la razón una y otra vez. Nada de eso existe en realidad, es un yo, con otro yo, esenciales, puros, vacíos de la construcción irreal, llenos de la nada más amorosa. Calmados, confiados y compasivos. No hay más. El resto no existe, sólo es producto de nuestra mente engañada por una inercia aprendida. Contempla la mirada del niño pequeño, piérdete en su inmensidad, en su claridad y comprenderás a qué me refiero. Esa mirada es la nuestra, hoy confundida, los mismos ojos, la misma esencia, el mismo yo que siempre existe sin el eco de todo lo vivido. Y el eco es el recuerdo transformado por la misma inercia que todo lo vuelca. Detenla ya para poder entender qué hay alrededor, o detrás, o en medio, no lo sé y tampoco importa. Sabiendo que está, sólo queda sentirlo.
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