Lo que decimos sí importa

Importa el qué, importa el cómo. Ellos no entienden de malos días, no comprenden que no nos soportemos por momentos, no se hacen cargo de nuestros conflictos internos. Sólo reciben y, sin querer, guardan.

¿Hablaríamos del mismo modo a un adulto? Con ellos descargamos sin pensar que todo cuanto decimos, o lo que no decimos y expresamos con gestos u onomatopeyas, se filtra hacia un corazón limpio y suave. Y cada flecha queda muy anclada para el resto de sus días.

Sí importa un insulto, sí importa un desprecio, importa esa enorme etiqueta que no deja de ser ficción. Pesa tanto que se hace difícil llevarla. Y ellos recogen y guardan sin poder remediarlo.

Parecen ignorantes a nuestras palabras pero no lo son. Posan su escudo bien tallado para devolver la imagen fría de sus ojos. Si bien antes eran de asombro e incomprensión, ya no lo son. Ahora son fríos y distantes. Distantes con la palabra que arrojamos, distantes consigo mismos para no sentir dolor.  Y ese es el mayor de los males, su desconexión para refugiarse de la emoción que no pueden dejar escapar.

Y parece que, tras las palabras hirientes, vuelven a sus actividades sin más preocupación.  No nos mintamos, no lo hacen, sólo vuelcan sus pasos al siguiente momento, el que sea que les aplaque, para dejar de sentir esa helada culebra que recorre su columna. Se vuelven con rabia y piernas temblorosas, deseando gritar, para lanzarse a cualquier otra ocupación que les desconecte más aún de su impotencia.

Y según van creciendo, la práctica se hace más sencilla y automática, no importa el sufrimiento, no importa el dolor, lo que de verdad calma es desconectarse del momento presente para que cualquier estímulo externo aplaque lo interno. Y cuanto más absorvente sea la distracción, mejor, más espirales les separan del análisis de lo que es. Hasta que llega un punto en el que un gran abismo divide su yo de su imagen.

Y se quedan con la imagen, es más benévola, más liviana, más etérea y moldeable.

Ahí queda su yo, en el envés de su realidad. Oculto y comprimido.

No hay excusas, siempre eliges tú.

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