¿Filtramos todas las instrucciones, órdenes e imperativos?

La escena fue la siguiente: una niña de unos cuatro años iba caminando con su madre por la calle. Al ver a un hombre asomado a una ventana, pintando los marcos de la misma, la niña se lo cuenta a su madre, señalando al pintor: “mira, mamá, un señor en la ventana”. Su madre miró y respondió con rotundidad: “no señales”. La pequeña, extrañada, le pregunta el por qué y su madre le responde con severidad: “porque no se señala con el dedo”.

Supongo que ningún lector puede vanagloriarse de no haber actuado de este modo en algún momento en su vida. Yo tampoco. Ahora bien, darnos cuenta de cómo o cuándo lanzamos mensajes rotundos sin explicar el motivo, puede ayudarnos a hacernos más conscientes de lo que queremos transmitir.

Probablemente, la niña del ejemplo haya percibido su conducta como errónea sin comprender el motivo. Aun preguntando, tampoco recibió una respuesta coherente que le ayudara a integrar la orden recibida.

Quiero pensar que el motivo que le llevó a la madre a responder así es por considerar que señalar contraría las normas de educación recibidas en su momento. ¿Y cuestionarlas por un momento para desecharlas o hacerlas definitivamente nuestras?

De este modo, la pregunta de la niña cuestionando el motivo de la orden puede hacernos reflexionar su verdadero por qué. Tenemos oportunidad de responder con lógica a sus preguntas para ayudarles a entender los usos y costumbres sociales, si es que tienen alguna base o dejar de atenderlos si consideramos que no dañamos a nadie.

Supongamos que entendemos legítima la norma, imponerla sin un razonamiento detrás conlleva que el receptor de la orden se someta a ella o se rebele pero, al no comprenderla, no la va a integrar. Probablemente, en su edad adulta, transmita la misma orden sin poder reforzarla con argumentos de peso. Si detrás de esta norma (no señalar con el dedo) existe una percepción de que podemos molestar al señalado ya que sabe que hablamos de él, no está de más explicarlo. Considerando que puede tratarse de una falta de respeto, podemos hacer partícipe, en este caso a la niña, de nuestra opinión para que imagine, empáticamente, cómo puede sentirse y qué puede pensar la persona señalada. Y si creemos que no hay nada de malo en hablar de una persona y que ésta lo perciba al señalarla, podemos directamente anular la validez de la costumbre y reconocer nuestro cambio de perspectiva. 

Parece una obviedad pero ¿cuántas veces lanzamos instrucciones sin pasar previamente por nuestro filtro particular? ¿Con cuántas verdades absolutas hemos cargado nuestra mochila, que tanto pesa, sin analizarlas antes para decidir si las mantenemos con nosotros o las desechamos?

Explicar los por qués de nuestros imperativos puede ayudarnos a aligerar la carga, a discernir qué es nuestro y qué no lo es. Cambiar de opinión, al ver con más claridad, no nos quita autoridad, es más, mostramos que todos podemos seguir aprendiendo y modificando la percepción de la realidad según eliminamos capas de un vendaje elegido.

Haciéndonos conscientes podemos enseñarles a ser conscientes.

Siempre eliges tú.

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