Con comprensión, no hay necesidad de perdón. Sin ella, tampoco.

“Te perdono”.

“¿Me perdonas?”

Cuando hay comprensión, hay entendimiento. Se acaban las condenas y no es necesario el perdón.

Creyendo que necesitamos que nos perdonen, nos condenamos. Si juzgamos, nos creemos los responsables de perdonar o no. Cuando no logramos perdonar, nos castigamos de nuevo.

Es complicado pero, admitiendo que somos titulares de la concesión del perdón, estamos admitiendo que hay situaciones condenables o inocentes, circunstancias comprensibles y otras enjuiciables. También somos víctimas del juicio de los demás. Son los demás los que van a condenar o no nuestros comportamientos.

¿Y si logramos comprender?

Comprendiendo, aceptamos el motivo del otro y dejamos de juzgar. Comprender no significa compartir ni aplaudir. Sólo es entender, sin condenas. De este modo, se hace innecesario otorgar el perdón ya que no hay juicio, no hay dedo acusador. Y, cuando nos comprenden, se desvanece la necesidad de ser perdonados.

Imagen original PalomaMGF

El juicio viene del miedo; la comprensión, del amor. Con amor, no es preciso el perdón. Si hay miedo o temor, exigiremos perdón o creeremos ser dueños de otorgarlo. Como si de un tributo se tratara.

Si, por un momento, logramos vislumbrar la construcción mental a la que estamos sometidos, veríamos que, realmente, no hay situaciones susceptibles del beneplácito del perdón. La comprensión o no, desvanece o solidifica esta construcción.

“Te perdono”. ¿Quiénes somos para otorgar o quitar este preciado trofeo? Cada uno puede llegar a ver, en la circunstancia a comprender, un matiz que lo hace diferente. Cada cual puede llegar a entender o no las causas y motivos del hecho. ¿Quién es el dueño del perdón absoluto si un acto puede percibirse de mil formas distintas, según sea el observador? No hay un perdón ecuménico posible para cada situación. Hay comprensión individual o no.

Si hay comprensión no hay necesidad de perdón, éste es un sinsentido. Si hay entendimiento, no hay condena y el perdón no tiene cabida. No podemos ser titulares universales de la comprensión a nivel global. Sólo entendemos aquí y ahora este suceso.

Si no hay comprensión no hay necesidad de perdón porque éste sería un envoltorio de algo que no existe. ¿Para qué el perdón si no comprendo? Es ilógico. Es vacío. Llegando a comprender, ya no es necesario el lazo rojo del perdón.

“¿Me perdonas?” Aparece la culpa. Nos condenamos irremediablemente y creemos que alguien debe liberarnos de la pesada carga. ¿Entendemos nuestros motivos por los cuales actuamos de una determinada forma? Si la respuesta es negativa, necesitamos situarnos en el punto en el cual decidimos actuar en función del escenario que alcanzábamos a ver. Había una necesidad que en ese momento nos impulsó a actuar del modo en que lo hicimos. ¿Lo vemos? Pues ejerzamos auto-comprensión para liberarnos de la culpa. ¿Compartimos ahora la forma en la que actuamos en aquel momento? Quizás sí, quizás no. A lo mejor ahora alcanzamos a ver más escenario y modificaríamos nuestro actuar pero entonces no podíamos ver aquello que ahora vemos. Entendámonos (estando hoy de acuerdo o no) en lugar de pedir que alguien nos extienda su mano sanadora. Y si necesitamos que ese alguien nos entienda, expliquémonos para que pueda compartir aquella visión. Y no es necesario mucho más.

Nada ni nadie va a otorgar un perdón universal. Si nos entiende, no hace falta el perdón y si no nos comprende, ¿para qué el perdón? Si nos entendemos, no hace falta la culpa y si no nos comprendemos, ¿qué significado tiene la culpa?

Sustituyamos “te perdono” por “te comprendo” y veremos cómo cambia la cosa. Sustituyamos “¿me perdonas?” por “me comprendo” o, incluso “¿me comprendes?” y fluiremos de modo distinto.

Que, ¿además de comprendernos necesitamos restituir o que nos restituyan el daño? Por supuesto, eso es otro tema compatible. Desde el entendimiento, la restauración del daño es más sencilla, más honesta y más justa para ambas partes. Pero este tema merece otro post, ya en otro momento.

Siempre eliges tú.

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