Cuando el otro quiere desestabilizarnos

Es una afirmación que realizamos o escuchamos habitualmente y, casi sin pensarlo, la compramos. Imaginamos a ese otro tratando de desbaratar cimientos con la intención de hacernos caer.

Antes de dar crédito y asignar ese juicio rotundo, podemos preguntarnos, en primer lugar:

¿Lo que vemos es lo que ocurre realmente o vuelve a ser la proyección de nuestro propio conflicto? Recordemos que el ego juega un gran papel en nuestros juicios y suposiciones.

Como, en relación a este tema he escrito ya varias veces, vamos a suponer que, verdaderamente, el otro está actuando con la intención de provocar que nos desestabilicemos.

Definamos qué queremos decir con esto, porque aquí también hay matices y cada uno podemos entender el término de una forma u otra. Desestabilizar quiere decir hacer perder la estabilidad de una persona.

Si el otro nos percibe estables, coherentes y rotundos y piensa que él/ella está en situación de pérdida, es posible que utilice estrategias dirigidas a derrumbar esa integridad porque, de ese modo, puede lograr equipararnos consigo mismo. Lo más normal es que él/ella  no se perciba inestable, no es consciente de su incoherencia ni de su deseo de compensarla haciendo incoherente al otro. Al no ser consciente de su inconsistencia, no se responsabiliza de ella y no puede llegar a solucionarla, por lo que la estrategia habitual, para equilibrar posiciones, es provocando al otro con la idea de derrumbar sus cimientos que le fijan establemente al suelo.

Si pudiera resolver su inestabilidad, se percibiría en igualdad de condiciones con el estable y no habría necesidad de competir. Pero percibiendo posibilidad de derrota, se revuelve para tratar de compensar la desigualdad.

De este modo, puede decirse que el deseo de desestabilizar es consecuencia de una inestabilidad del otro, es una estrategia de defensa para buscar esa igualdad que no sabe conseguir de otra forma.

Si nos encontramos ante la amenaza de tal actitud, es importante que mantengamos la calma y sepamos ver esta necesidad en el otro cuando percibamos las provocaciones ya que es una forma de entender su forma de actuar y no perder la perspectiva de nuestra estabilidad. Si, por un momento, damos crédito a su intención, es fácil caer en el juego y empezar a competir por mostrar nuestra coherencia. Si nos percibimos estables y coherentes con honestidad mantengamos, ahora más que nunca, la integridad de nuestros motivos, si los seguimos validando. Intentar defendernos o mostrar al mundo estos motivos puede ser una trampa que nos atrapa y nos aboca al desequilibrio. No hay necesidad de defensa, no hay necesidad de muestra, la estabilidad y congruencia se vive tal y como es, no se construye. Mantengamos los motivos que nos anclan a la tierra siempre que sean los nuestros y si, desde nosotros, hemos de cambiarlos, hagámoslo. Si lo hacemos a partir de un “para qué” real y profundo, la estabilidad continuará en nosotros. Y, aunque podamos virar, será en un escenario coherente.

Incluso en estos momentos, siempre eliges tú.

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