¿Por qué no saltamos?

Me encuentro delante de la valla que necesito saltar si quiero llegar al otro lado.

La miro, la mido, calculo su anchura y su altura. Me apropio de su extensión y llego a tocarla. No salto.

Con una libreta en la mano, diseño estrategias diferentes, muy lógicas todas ellas, para poder saltarla. Decido cuál es la mejor. No salto.

Imagino posibles lesiones y mi razón me grita que no salte, que hay mucho que perder y poco que ganar. A pesar de la lucecita que me empuja a intentarlo, un cúmulo de grandes argumentos limita la acción. No salto.

Retrocedo. Si cojo carrerilla, quizás si me impulso, lo logre. Una vez alejada para empezar a correr hacia la valla, decido que es mejor permanecer unos minutos más para coger fuerzas. No salto.

Me encuentro con alguien a quien explico mi propósito. Nunca llegó a saltarla y me muestra su motivo. Es potente. Quizás tenga razón, quizás es mejor preservar la cordura. En este lado tampoco se está tan mal. No salto.

Imagen original PalomaMGF

Anochece y comienzo a retirarme. Seguro que dormir me ilumina. Lo dejo para otro día. Echo un último vistazo a los colores que el atardecer me brinda. Es un lugar tan mágico el que puedo contemplar detrás de la valla… El sonido del río me embarga y los tonos ocres de los árboles me recuerdan que quiero estar ahí, al otro lado. Los sentidos me devuelven a la locura de intentarlo de verdad.

Dejo las mediciones y los cálculos a un lado, imagino la sensación de tumbarme en ese manto verde que lo cubre todo. Un impulso indescriptible se apodera de mis piernas que echan a correr sin poder ni querer evitarlo. Próxima a la temible valla, lanzo mi cuerpo al aire con la intención de superar su altura. ¡Salto!

No logro cruzar al otro lado. Salté demasiado pronto, dejé demasiado baja la segunda pierna, descubro que mi indumentaria no me permite el movimiento que yo quiero. Sé exactamente qué puedo mejorar en el próximo salto para estar más cerca de conseguirlo. Me doy cuenta de que mis cálculos fallaban. Hacerlo me ha dado la pista que no había podido prever. Me dañé la pierna con un rasguño que escuece. Pero una inevitable e incomparable alegría me hace sonreír. Buscaré una técnica mejor, ahora que ya sé lo que me ha fallado. Sé que puedo lograrlo porque mi motivo me recuerda que no hay cien intentos fallidos sino cien estrategias diferentes que me acercan a lo que más deseo.

Contra el miedo, acción.

Siempre eliges tú.

 

 

 

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