Cuando el temor se convierte en el nuevo estímulo

Paramos. Detenemos en seco la maquinaria estimulante que, pocos días atrás nos movía sin cesar, sin que apenas reparáramos en su poder e inercia. No éramos conscientes de lo adictiva que era. Ni imaginábamos de qué forma nos atrapaba y de qué manera necesitábamos su presencia, su fragancia y su miel.

Paramos. Un vacío se instala de golpe. Cuesta llenarlo pero nuestro instinto adictivo sabe cómo debe actuar: “si los estímulos conocidos desaparecen, habrá que buscar unos nuevos que colmen esta sensación de abstinencia”. Porque, salvo que deseemos indagar de verdad en las dimensiones del vacío, en su color, en su utilidad y en su riqueza, necesitamos llenarlo, sea como sea.

¿Y qué hay mejor que la sobre información para mantener el cerebro activo? Volcar la ansiedad del vacío en ello provoca exceso de muchas cosas: de juicios, de críticas, de falso conocimiento de áreas en las que no somos expertos, de miedo y de temor.

Y cuando el miedo llega, se queda, si lo permitimos. Cuando aparece y detecta nuestro abismo, se convierte en un nuevo estímulo que puede llenar y colmar, falsamente, ese pozo sin fondo que no queremos afrontar.

Una dosis de miedo nos protege, ya lo sabemos. En grandes cucharadas, nos empachamos y entonces se vuelve paralizante y muy nocivo. Pero, a corto plazo, nos mantiene alerta y despista cualquier otra prioridad y cualquier otra sensación (de vacío, por ejemplo). Cuando el miedo es por un peligro inminente, nuestro cuerpo se activa  porque nuestro cerebro segrega sustancias determinadas que nos prepara para el afrontamiento. Mantener nuestro cuerpo expuesto a un peligro de estas magnitudes, de forma constante, nos agotaría.

¿Y mantener el miedo cuando el peligro no es inminente? Ya no hablamos de miedo, como emoción primaria, sino que se trata de un temor, posiblemente, por incertidumbre. Es diferente. No hay que huir o luchar, de forma prioritaria, sólo estamos expectantes a lo que puede o no pasar. Desconocemos la medida que se va a adoptar en el minuto siguiente y el escenario genera una ansiedad que mantenemos en el tiempo. Es aquí cuando podemos correr el riesgo de desencadenar un temor constante ante todo y todos los posibles acontecimientos. Un temor que, si bien no paraliza en seco, se convierte en una anestesia que, poco a poco, se adentra en nuestro cuerpo. Y se forja un nuevo estímulo que genera nuevos hábitos de comportamiento. Y dejamos de pensar en otras necesidades y perdemos de vista el abismo. Además, como es algo tan universal en este momento, lo legitimamos completamente, porque el grupo lo hace de la misma forma. Nuestro sentido de pertenencia así lo dicta y validamos el temor como nuevo estímulo. El temor al futuro puede convertirse en un sesgo que nos impide tomar decisiones en el presente.

Y, de paso, olvidamos el vacío porque hemos instalado una nueva maquinaria que nos mueve.

Pero todo esto es una reflexión que me  hago, sin estar completamente segura de ella. En estos momentos de incertidumbre, todo puede cambiar, hasta las creencias, ideas y pensamientos que, si bien hoy nos resultan útiles, puede que mañana ya no se ajusten a la nueva forma de vida, de hábitos y de situaciones.

¿Dispuestos a cambiar nuestro sistema de creencias?

Las viejas creencias no conducen al nuevo queso, menciona el cuento Quién se ha llevado mi queso.

Que el temor no se convierta en nuestro nuevo motor.

Siempre elegimos nosotros.

 

 

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