Jaulas en el encierro

La mujer me explicó con un orgullo cargado de resignación:

“Por fin he encontrado un espacio cómodo en esta jaula y me siento en paz. Hay momentos en los que deseo chillar y escapar pero, como sé que no puedo, huyo a mi rincón, donde nadie me acecha y me siento a descansar. Poco a poco he ido aprendiendo que nada ni nadie puede entrar mi lugar. Lo he creado yo a base de piedras sólidas de indiferencia. Y me siento a salvo”.

La escuché con tristeza y admiración. Recordé de inmediato la experiencia que relató Víctor Frankl en su obra “El hombre en busca de sentido”. También llegó a mí la imagen del crisantemo que portaba el viejo artista en la película “La fuga de Alcatraz”. Hay esencias impenetrables que protegen el alma de cualquier dolor y sufrimiento.

Sentí tristeza porque me pareció que su rincón no era el que debía disfrutar. Ella necesita espacios verdes para correr, no una jaula donde vivir. En ese relato pude atrapar el trasfondo de resignación e indefensión aprendida de su tremenda situación doméstica, hoy más agravada, si cabe.

Pero también sentí una gran admiración hacia ella y hacia todo el género humano por saber encontrar magia y luz en espacios crudos y tenebrosos.

Encerrada en su jaula, por obligadas circunstancias, entre rayos cegadores y truenos estremecedores, aprende cómo encontrar ese pequeño rincón donde sentarse a la luz de su sol. Y sonríe de paz porque sabe que jamás podrán encontrarla en ese mágico lugar. Nadie puede robar su esencia, su flor.

 

Por ella y por todas las personas que sufren, hoy más que nunca, su particular encierro en una jaula que, por un circunstancial motivo, no pueden abrir.

Si no se puede buscar aire fuera, siempre hay un lugar donde hallarlo dentro de cualquier jaula y, si no queda espacio, en lo más profundo de uno mismo.

Esta entrada fue publicada en Manipuladores y narcisistas y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.