Culpa: tiene derecho a guardar silencio

“Otro día sin hacer nada de ejercicio”; “He vuelto a hacer fritos para cenar”; “No estoy ayudando nada, con la que está cayendo”…

Imagen original PalomaMGF

Comportamientos que distan de lo que marca nuestro código de vida. Porque deberíamos hacer ejercicio, deberíamos cenar sano, deberíamos ser voluntarios de alguna ONG, que es lo que dicta nuestra escala de valores, según lo que hemos decidido que tiene que ser.

Y estos “deberíamos” nos hacen esclavos de aquello que, muchas veces, no queremos.

Y nos sentimos “malos”, despreciables, merecedores de un  castigo severo.

Si juzgamos el comportamiento como nocivo, como algo reprochable que nos gustaría cambiar, sentimos un remordimiento, que puede llamarse sano y nos conduce a la acción del cambio. Sin embargo, si nos juzgamos a nosotros, como personas, sentimos ansiedad y vergüenza. Aquí entra en juego la culpa porque nos percibimos erróneos.

 ¿Y por qué los pensamientos de culpa se convierten en destructivos?

Porque percibimos la realidad distorsionándola:

  • “He hecho algo mal”. En lugar de entender el origen y el motivo del comportamiento, lo tildamos como malo. ¿En función de qué y de la escala de quién? ¿Estamos magnificando el hecho?
  • “Soy vergonzoso/a”. Le damos tanto valor al comportamiento que arrasa con lo que somos. Focalizamos la percepción de nosotros mismos en un hecho aislado o en un comportamiento concreto que, aunque se repita en el tiempo, nubla todo lo demás. Una y otra ve recordamos el hecho y, una y otra vez, sentimos culpa. Porque nos merecemos un castigo y no merecemos sentirnos mejor. ¿Seguro? ¿Por qué?
  • “Debería…” Reglas y más reglas que un día introdujimos en una mochila que pesa mucho. ¿Y si cuestionamos todos los “deberías” que cargan nuestra espalda y nos quedamos con aquellos que compartimos de verdad, desde nuestro convencimiento consciente?

Entre que nos sentimos culpables y no, postergamos. La ansiedad y el desprecio es suficiente castigo y experimentamos un cierto alivio poco responsable. Como ya nos hemos castigado, postergamos la reparación del daño, si éste se ha producido realmente. Ni aprendemos, ni nos orientamos a la acción. El peso de la culpa es enorme, paralizante y poco resolutivo.

¿Qué podemos hacer para convertir un comportamiento que no aceptamos en algo productivo? 

1.- Comprender el origen de nuestros actos, auto-empatizar con nuestro motivo y dejar de juzgar:

“Otro día que no hago ejercicio”.

¿Por qué no lo he hecho? Porque me cuesta mucho esfuerzo empezar, me agota y no encuentro una rutina que me motive.

Legitimo mi motivo en lugar de juzgarme.

2.- Reconocemos el error del comportamiento:

“Si no hago ejercicio, mi salud se deteriorará, me viene bien hacerlo”. De esta forma, reconocemos las dos necesidades en conflicto: “necesito cuidar mi salud” y “necesito hacer ejercicio que me motive”. Dejamos los “deberías” a un lado y consideramos lo que queremos o necesitamos.

3.- Desarrollar una estrategia para resolver el conflicto de necesidades, contemplando ambas:

“Quizás una bicicleta estática, mientras escucho la radio, me guste más”.

4.- ¡Ponerse en acción!

Cuando estemos en un ataque de culpa, pensemos:

  • ¿He hecho algo “malo” consciente y voluntariamente?
  • ¿Me percibo erróneo/a a causa de este comportamiento?
  • ¿La emoción que experimento es proporcional a lo ocurrido o me encuentro en un estado de rumiación constante?
  • ¿Me estoy castigando o me he puesto en marcha para cambiar lo que percibo como erróneo?

Si las respuestas son:

“No he querido perjudicar de forma consciente ni voluntaria; me estoy percibiendo erróneo/a; me encuentro una y otra vez martirizándome por lo ocurrido, siento mucha vergüenza y desprecio hacia mí mismo/a; no consigo avanzar…”

La culpa destructiva ha aparecido de nuevo. Podemos elegir quedarnos con ella o avanzar a pesar de ella.

Culpa: tiene derecho a guardar silencio.

Siempre eliges tú.

Esta entrada fue publicada en Auto-conocimiento, Gestion de conflictos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.