Cuando la tristeza se transforma en depresión

Hace unos días escribí sobre la posibilidad de que el temor, como impulso habitual, se haya convertido en el nuevo estímulo para muchas personas, al ver cesar de golpe toda la distracción en la que estábamos inmersos en meses anteriores.

En este tiempo, además, me está llamando la atención otros comportamientos como el deseo de aíslo y la fuerte ira contra nuestros iguales.

Tendemos a prejuzgar con más facilitad al otro al tener menos contacto social y menos posibilidad de entendimiento. De esta forma, potenciamos las etiquetas y los filtros mentales como estrategia de distorsión de la realidad. Dejamos de vernos como somos para vernos a través de nuestro cristal personal.

Imagen original PalomaMGF

Es lógico que hoy, más que nunca ante la situación que estamos viviendo, sintamos miedo porque nos hace actuar con cuidado y nos otorga protección. Es natural que experimentemos enfado cuando observamos comportamientos que ponen en peligro a los demás o a nosotros mismos y reaccionemos al respecto. Es adaptativa la tristeza ante, por ejemplo, la pérdida de libertad que estamos sufriendo. El problema lo tenemos cuando empezamos a experimentar ansiedad, odio o depresión. La emoción deja de cumplir su papel natural y pasa a ser destructiva. La distorsión cognitiva aparece de múltiples formas.

Como consecuencia de estos pensamientos automáticos distorsionados, surge la tristeza en su versión destructiva: la depresión.

Cuando entramos en un estado depresivo lo hacemos porque comienzan a operar múltiples posibilidades de pensamientos distorsionados ante los acontecimientos que, por supuesto, son reales. Además, comenzamos a perder nuestra autoestima y nos sentimos sobrepasados.

Por seguir el ejemplo anterior: claro que la restricción de la libertad habitual provoca una pérdida (de hábitos, de estímulos placenteros, de contacto social, de elección…) y es objetivo y real que la estemos sufriendo. La tristeza natural surge por percibir dicha pérdida. Es una emoción breve e intensa, ralentiza nuestro pensamiento y reduce el gasto de energía, preparándonos para un nuevo enfoque. Acaba pasando y si, nos obligamos a evitarla, nos perdemos todas las funciones positivas que tiene. Pero cuando nuestra mente decide generar pensamientos destructivos, por el acontecimiento, empezamos a percibirlo a través de un filtro artificial.

Y entramos en el todo-nada-nunca-siempre con pensamientos dicotómicos como por ejemplo: “nunca volveremos a la normalidad”, “nada es igual”, “siempre hago lo mismo, día tras día”

  • Si eliminamos el filtro y analizamos la realidad, nos damos cuenta de que desconocemos cómo va a ser la normalidad como para poder realizar tal predicción.
  • Probablemente, han cambiado muchas cosas pero seguro que alguna sigue estática (seguimos vivos, mantenemos nuestro hogar, nuestro trabajo, nuestra familia, pueden ser algunos ejemplos).
  • Y, casi con seguridad, nuestras rutinas diarias no son exactamente iguales cada día.

Si registramos todo ello, dejamos de pensar en términos tan absolutos que nos alejan de la realidad y nos empujan a mantener la emoción de tristeza, de forma poco constructiva.

También es frecuente entrar en el filtro de la descalificación de lo positivo, del que escribí hace poco más de dos meses.

(Creo que necesito repetir temas porque me doy cuenta de la utilidad que tienen estas estrategias en estos días).

En nuestro ejemplo, si nos centramos constantemente en la pérdida de libertad que estamos teniendo y no focalizamos nuestra atención en las ganancias que experimentamos (tener tiempo para nosotros, disfrutar de una mayor consciencia al respirar aire puro cuando pisamos la calle, lograr una mayor intimidad con nuestra familia, releer el libro que tenía pensado hace ya varios meses…), claro que nuestra tristeza permanece y se confunde, además, con rabia y frustración.

Siempre podemos analizar la gran cantidad de engaños mentales que utilizamos para magnificar los aspectos negativos de lo acontecido y alejarnos de la realidad objetiva.

La realidad muchas veces puede ser triste pero no caigamos en la trampa y la consideremos deprimente. Si esto ocurre, es muy posible que hayamos entrado en el mundo de la distorsión que, recordemos, nos atrapa a todos en un momento u otro y, dejando a un lado la culpa, siempre podemos analizar el pensamiento automático que nos ha sobrevenido y desmontarlo con habilidad.

Si somos los dueños del pensamiento filtrado, también podemos ser los artífices del realista.

Siempre eliges tú.

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