La verdad no entiende de colores

Cuando nos empeñamos en mantener todos aquellos pensamientos que dan la razón a nuestra creencia nos supone un esfuerzo extra que agota y además nos adentra en un estado de sufrimiento absurdo.

La verdad nos libera. Sí, pero para llegar a esto es necesario que primero nos incordie hasta el punto de no soportarla. Sólo cuando aguantamos el pulso, trascendemos de la trampa.

Rumiamos interpretaciones, a veces obsesivas, de una realidad aséptica que coloreamos, generalmente valiéndonos de una paleta demasiado oscura. Todo para auto convencernos de que nuestra suposición es real. No lo es.

La verdad no es supuesta, ni exagerada, ni sospechada, ni imaginada. Es descubierta y sólo los sentidos nos acercan a la versión más real. Dejemos de fingir darnos la razón.

No es como lo pintas, es como es. ¿Lo sabes ya? De alguna forma siempre lo has intuido. Pues deja que caigan todas las máscaras, desnuda la versión por completo y entonces se mostrará real. No hay que hacer nada concreto para vislumbrar la verdad, hay que dejar de hacer todo aquello que la oculta.

Pregúntate: ¿Es cierto aquello que estás pensando? ¿Seguro? Defínelo objetivamente, sin suponer, sin enjuiciar, sin exagerar, sin manipular, sin recurrir al recuerdo de lo que ya ha ocurrido o a la especulación de lo que pasará. Deja que se exprese solo. Y ahora, ¿lo ves tan grave o tan negro o tan oscuro? ¿Descubres tu paleta?

Es lo que es, así y nada más. Dejemos de dramatizar, no hace falta ganar. Para dejar de sufrir, sólo hay que buscar la verdad tal y como es.

Puedes empezar ahora mismo. O no.

Siempre eliges tú.

 

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Elección sí. Control ¿para qué?

Siempre eliges tú. A menudo acabo así las entradas de este blog. Porque así lo creo de verdad.

Elegimos constantemente. Decidimos, actuamos, nos alegramos con el éxito, nos frustramos si fracasamos. Es un tiovivo que nos controla. Demasiadas expectativas. La ilusión de control nos hace sufrir.

Tres elementos: lo que hacemos, nuestra actitud y los resultados. ¿Qué crees que podemos controlar? ¿Los tres? ¿Ninguno? Venga, piénsalo por un momento.

Imaginemos que estamos preparando un examen importante que nos puede llevar a una plaza pública. Estudiamos todos los temas con precisión, nos sentimos animados porque realmente pensamos que vamos a obtener buena nota y el puesto deseado. Nos imaginamos disfrutando de nuestros próximos años con una plaza fija y estable. Montamos una vida en nuestra mente alrededor de esta ilusión. Llega el día del examen y una terrible fiebre nos desmonta toda nuestra expectativa. Aun así decidimos presentarnos a la prueba, nuestra actitud nos define. Hacemos todo lo que está en nuestra mano, todo nuestro esfuerzo encima de la mesa pero las cosas no salen como esperábamos. La vista nublada, la falta de concentración y los escalofríos entorpecen tanta preparación. ¿El resultado? Aprobamos la prueba pero no logramos el éxito esperado, la plaza no es para nosotros esta vez.

Realmente, ¿qué hemos podido controlar? Nuestra actitud, persistencia y todo el esfuerzo posible. Además, hemos elegido presentarnos al examen, hacer todo lo que estaba en nuestra mano antes de tirar la toalla. ¿Qué es lo que no podemos controlar? El resultado.

Saber esto nos libera.

A mi juicio, podemos entenderlo de dos formas:

1.- Como no controlamos el resultado, ¿para qué el esfuerzo? ¿Para qué elegir?

2.- Como no controlamos el resultado, al menos podemos controlar las elecciones, nuestra forma de actuar y la actitud.

¡Vamos a por el objetivo siendo conscientes de que el resultado no lo podemos predecir!

Pensándolo así, todo tiene un punto más emocionante.

Porque por mucho que creemos el camino, quitemos malas hierbas, lo alisemos o lo empedremos y lo cerquemos, un sin fin de caminos alternativos, austeros, repletos de baches o bien transitables, nos van a abordar. Nuestra actitud ante estos desvíos marca la diferencia.

Van a estar, van a continuar, no podemos controlar cómo va a ser el camino ni mucho menos el destino final.

Podemos actuar con todas nuestras fuerzas y con la mejor actitud posible, todo lo contrario o a medias.

Siempre eliges tú.

 

 

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En un conflicto no funcionan los titulares. ¿Concretamos?

Ella explicó: “me siento muerta por dentro, él ha dejado de atenderme”.

No podemos quedarnos en las palabras, necesitamos bucear mucho más profundamente para conocer el verdadero significado de la expresión. Vivimos rodeados de titulares dramáticos e impactantes, de programas, series y noticias de similares contenidos. Ello redunda en nuestra forma de pensar y de comunicarnos pero no olvidemos que seguimos siendo personas complejas, muy alejadas de meros titulares.

En la gestión del conflicto, interno o con el otro, necesitamos entendernos. Los titulares etiquetan y no revelan nuestras emociones y pensamientos. La pregunta es una herramienta esencial para llegar al fondo. Y preguntar no es imaginar su respuesta para preparar la nuestra. Preguntar es querer escuchar su respuesta para comprenderla.

“¿A qué te refieres cuando dices que te sientes muerta?” “Piensas que estás muerta por dentro pero, ¿cómo te hace sentir esto?” Descubrir la verdadera emoción es importante para conocer qué necesita.

“Me siento muerta quiere decir que, aunque me encuentro muy activa, hago muchas cosas, es como si por dentro nada se moviera. Me entristece profundamente”. Aclaró.

Bueno, aquí ya tenemos una emoción real, la tristeza. Además, si leemos entre líneas podemos deducir que su actividad trata de esconder ese vacío, esa tristeza. Al aclarar, vemos que ya no se refiere a su pareja como culpable de la situación. En cualquier caso, no supongamos, no deduzcamos sin contrastar, podemos estar equivocados. Sigamos preguntando.

“¿Para qué tanta actividad?”. Cuidado con nuestras preguntas, tratemos de no orientar la respuesta. Si queremos contrastar nuestra suposición no planteemos la pregunta con intención de reforzar lo supuesto. Dejemos que descubra ella misma su parte, sin proyectar la nuestra sin querer. La pregunta objetiva, corta y aséptica ayuda.

“Realmente, hacer muchas cosas me mantiene ocupada y muchas veces consigo olvidar el vacío”. Respondió.

“Te sientes triste por tu vacío interno. ¿Qué necesitas?” Puede ser una pregunta para llegar a lo más importante, su necesidad.

“Necesito tener un motivo. No buscarlo a través de la actividad, sino tener un motivo claro para enfocarme en él y seleccionar mis actividades. Antes lo tenía y lo he ido apagando”.

En el momento en el que hablé con ella estaba inmersa en un conflicto con su pareja. Su queja era su falta de atención hacia ella. Profundizando, llegamos a la conclusión que era ella la que había dejado de atenderse a sí misma. Inconsciente del verdadero problema, había volcado toda la responsabilidad de su desatención hacia la pareja. Demandaba atención hasta en los más insignificantes detalles. Su pareja, consciente de que algo necesitaba hacer para ayudarla, no lograba satisfacer tanta demanda.

A través de la pregunta logramos concretar y objetivar la situación conflictiva que produce emociones negativas potentes. No es el otro el culpable de nuestra emoción, puede ser el estímulo, pero no el responsable. Además, la pareja puede ser una herramienta de ayuda en la satisfacción de nuestra necesidad, pero no podemos exigirle que sea la única vía posible de atenderla. La pareja también tiene necesidades que cubrir.

Si nos damos cuenta, de la expresión “él ha dejado de atenderme” a “necesito recuperar la motivación que tenía”, hay un abismo. Ella sentía lo mismo al expresarse pero como en su expresión, en un principio, enfocaba la responsabilidad fuera, necesitamos seguir buscando. Y en la búsqueda, necesitamos lograr concreción, evitar los titulares.

Las palabras nos cercan y el apego a las habituales puede interferir en nuestro crecimiento. En el acompañamiento en la gestión de conflictos, podemos ayudar a abrir caminos para encontrar el significado de los pensamientos más ocultos. Buceando encontramos nuevas palabras, nuevas expresiones. Crecemos.

Y tú, ¿te consideras presa de tus palabras? ¿Te expresas con titulares o eres consciente de lo que sientes en cada situación y sabes qué necesitas?

Siempre eliges tú.

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Cuando no percibimos la realidad tal y como es ¿estamos mintiendo?

En los conflictos nos encontramos puntos de vista diferentes, en esto estamos todos bastante de acuerdo. Que sean distintos no quiere decir que uno sea mejor que el otro ni más verdadero. Ahora bien, cuando uno miente para decorar la realidad hacia su razón sí podemos afirmar que uno de los puntos de vista es menos verídico que el otro. Sin embargo, me temo, que ninguno será del todo real, ni objetivo, ni cierto por completo.

¿Cuando una de las partes cuenta “su verdad” decimos que miente? En la gran mayoría de los casos se trata de una expresión de la interpretación parcial o focal de los estímulos ambientales que percibe. En otros, la manipula para lograr un objetivo concreto en el conflicto.

Pero cuando la persona realmente no alcanza a ver la realidad tal y como es, ¿miente, manipula la versión o simplemente la ve como la ve?

No es sencillo discernir un caso del otro, tampoco es muy diferente su consecuencia inicial: diferentes puntos de vista. Ahora bien, si una de las partes no llega a percibir la realidad tal y como sucede, difícilmente va a poder llegar a entender la visión de la otra parte porque le parecerá que esta visión no tiene nada que ver con su historia y, ante la imposibilidad de percibir adecuadamente, volcará la responsabilidad de lo sucedido hacia fuera porque no puede verla dentro.

Con un ejemplo sencillo, puede comprenderse:

Manuel percibe que el aparato de la TV no se enciende e interpreta que su compañero de piso ha estropeado el cable ya que el día anterior tuvieron una fuerte discusión en relación con la programación que ver. Roberto percibe la TV estropeada igualmente e interpreta que, de la discusión del día anterior, Manuel pudo golpear el aparato y por ello ya no funciona. Carlos, tercero en la escena, corrobora que hubo una discusión el día anterior y que la TV efectivamente no se enciende.

En este caso, ambos perciben el mismo tipo de estímulo (TV que no se enciende) y cada uno lo interpreta según su pensamiento, experiencia previa, visión, juicio de valor, construyendo una versión. Si quieren y escuchan, pueden llegar a visualizar la interpretación del otro y entenderse.

Imaginemos ahora que Manuel percibe, sin que esto haya ocurrido, que la TV sí que se ha encendido cuando ha pulsado el botón del mando pero que, al llegar Roberto y pasar por al lado del aparato, se apagó de inmediato para no volver a funcionar más. Carlos, tercero en la escena, corrobora que la TV no se encendió cuando Manuel declara. Roberto, por mucho que tenga intención de comprender el punto de vista de Manuel, no puede compartir la percepción de éste. Ya no se trata de poder comprender su interpretación, es que perciben hechos diferentes. En este caso, hay un tercero que puede confirmar el hecho de una forma más objetiva desde una tercera posición, ajena al conflicto, pero muchas veces no contamos con este tercero y a menudo desconocemos la realidad.

Generalmente y en nuestro primer ejemplo, los estímulos sensitivos del hecho los perciben ambas partes del conflicto. Una interpretará estos estímulos en función de sus pensamientos, creencias, experiencias, juicios, valores, etiquetas… Pero puede llegar a comprender, si acepta trabajar en la gestión de su conflicto, la visión de la otra parte si entiende, aunque no comparta, sus pensamientos, creencias, experiencias, es decir, todo su mundo interno. El proceso es similar en el fondo pero con un escenario distinto. Ahora bien, cuando la otra parte explica su versión de los hechos desde un fondo diferente, no es la forma lo que difiere sino la esencia misma. Digamos que una de las partes percibe unos estímulos que interpreta y la otra otros estímulos diferentes, con su interpretación oportuna. Aquí es complejo trabajar la empatía y comprensión mutua. El entendimiento se torna prácticamente imposible.

Lamentablemente, hay muchas situaciones de este tipo, más de las que pensamos. A priori vemos personas poco empáticas, “cerradas” o manipuladoras pero lo cierto es que muchas de estas personas son incapaces de percibir como la mayoría.

No existe intención de desvirtuar la verdad, por lo que no podemos exigir una responsabilidad al respecto ni un cambio de actitud. Asegurarán que la realidad es la que ven y no otra. Y así es. Manuel, en nuestro ejemplo, se ve sin ningún tipo de responsabilidad en la TV estropeada. Vuelca la responsabilidad en Roberto porque parte de hechos que no han ocurrido en realidad.

Podemos ver muy lejano este tipo de comportamiento. A veces no nos damos cuenta de que podemos estar cerrados, no a puntos de vista diferentes, sino a percibir lo que pasa a nuestro alrededor.

El autoengaño para lograr que nada se mueva de un lugar conocido es muy común y opera más de lo que pensamos. Y este autoengaño, convertido en un hábito, genera  opacidad o ceguera a lo que sucede a nuestro alrededor. Es muy posible que Manuel, acostumbrado a decorar la realidad hacia su prisma, vea algo que no ocurre porque este mecanismo se ha convertido en su hábito: distorsionar de forma automática su percepción sin que intervenga la consciencia.

Reflexionemos: si recurrimos al engaño para manipular la realidad a nuestro favor, ¿qué conseguimos con esta actitud?

Reflexionemos: si recurrimos al autoengaño como hábito para no salir de nuestra zona de confort ¿qué logramos?

Responsabilizarnos de nuestra actitud es útil para saber qué necesitamos cambiar y, si queremos, hacerlo.

Siempre eliges tú.

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Conflictos enquistados: ¿Queremos entendernos o seguir teniendo razón?

“¡No tengo nada que hablar con ella!” Aunque la afirmación parece rotunda está llena de miedo.

Porque si me siento a hablar con ella temo llorar. Porque si verbalizo el verdadero motivo de mi ira, quedo desnuda y ya no tengo armas. Porque si llegamos a entendernos ya no puedo victimizarme. Porque indagar en lo que realmente me enfada cuesta y prefiero culpar a la otra parte.

Situaciones que se dan una y otra vez. No escapamos del engaño de nuestra mente quedando enredados en lo que no es. 

“No soporto el ruido que hace al comer”, “¿no se da cuenta de que molesta cuando baja la persiana?”, “me hace ver programas insoportables de la TV”, “siempre limpio yo”… ¿Nos damos cuenta de que son frases que flotan en nuestra mente continuamente? El parloteo nocivo de nuestro pensamiento desvirtúa nuestra realidad siempre que nos dejamos. Y nuestro pensamiento no somos nosotros mismos. Nosotros somos quienes elegimos dar crédito a lo que creemos percibir. ¿Pensamos lo que percibimos o percibimos según lo que pensamos? Si toda la humanidad considera que el ruido que hace el otro al comer es insoportable, podríamos asegurar que lo que percibimos es real. Pero mucho me temo que se trata de una mera interpretación de lo que vemos o escuchamos.

Se trata de describir la realidad de forma objetiva, tal y como es. Sin suponer intenciones, sin etiquetar, sin juzgar. Cuanto más pequeños somos, mejor lo hacemos ¿Cuándo hemos desaprendido tanto?

Un niño describiría estas situaciones con afirmaciones como “hace un ruido fuerte mientras come”, “cuando baja la persiana, me quedo sin luz y tengo que levantarme a encender la lámpara”, “pone programas en la TV que no me gustan”, “suelo barrer a menudo”, Estas frases exponen la realidad de una forma mucho más descriptiva que antes, ¿no?

Hacer responsable al otro de nuestros males hará que le veamos enorme y perverso, le deshumanizamos y empezamos a percibirle como un generador de sufrimiento.

¿Por qué no detener la inercia ahora mismo? Necesitamos sentarnos, hablar y escuchar. No reprochar, sólo hablar y escuchar. Porque, aunque no lo creamos, el otro tiene tantas necesidades como nosotros y hace las cosas con un fin propio que probablemente nada tenga que ver con nuestra percepción. Ni puede llegar a imaginar cómo nos sienta su actitud ni puede adivinar por qué nos molesta tanto.

Detrás de cada percepción que pone en alerta nuestras emociones hay una necesidad no satisfecha. 

¿Qué hay detrás del ruido insoportable al comer que tanto nos puede molestar? Puede ser la necesidad de comer en silencio. ¿Y por qué puede afectarnos tanto que baje la persiana a diario a una hora que consideramos inapropiada? Puede tratarse de la necesidad de aprovechar al máximo la luz natural y evitar costes innecesarios ¿No nos gustan los programas de la TV que pone el otro en casa? Quizás necesitemos seleccionar lo que entra en nuestra mente y ese tipo de programación no es la que más se adecúa a nuestra ecología mental. Y sobre la limpieza, ¿siempre limpiamos nosotros? ¿Todo? ¿Cada día? Quizás no sea ajustado a la realidad (“todo”, “nada”, “siempre”, “nunca” suele desvirtuar lo real). Y si así fuera, es posible que necesitemos equilibrio. Todas ellas son necesidades legítimas y entendibles pero si no se las comunicamos al otro, no nos va a comprender. Y si, además de no comunicarlas, reprochamos continuamente sus comportamientos, la convivencia se hará insoportable. Creemos que el otro debe conocer todas nuestras necesidades como si poseyera una bola de cristal. ¡Pero si a veces ni las detectamos nosotros mismos!

¿Y el otro? ¿Consideramos en algún momento por qué puede estar comportándose así? ¿Creemos de verdad que las cosas las hace con el único objetivo de molestarnos? Es muy habitual que la rumiación logre convencernos de que el motivo de la vida del otro es causarnos molestias a diario. A menudo, nos aferramos a esta creencia y justificamos nuestros pensamientos que van en esa línea para darnos la razón sin parar. Con frecuencia, además, nuestro deseo de victimismo alienta pensamientos de este estilo y así quedamos protegidos en nuestro castillo perfectamente creado para evitar entender. Es más sencillo culpar que comprender, lo llevamos haciendo años. Es una inercia.

Siempre hay necesidades legítimas que nos empujan a actuar de una u otra forma, quizás no estemos de acuerdo con la estrategia que elige el otro para satisfacer sus necesidades pero si logramos comprender éstas, podremos mirar más allá de lo que hace. Entendiendo para qué lo hace el cómo deja de importar tanto.

Si no detectamos nuestro “para qué” ni su “para qué”, es difícil definir acuerdos concretos. Quedándonos en la etiqueta, en el juicio o en la exageración desvirtuamos la realidad de lo que ocurre, generamos pensamientos nocivos que entorpecen y nos aferramos a ellos para seguir teniendo la razón.  Fabricamos ira y sufrimos innecesariamente. Así no hay entendimiento.

La pregunta que necesitamos hacernos es: ¿queremos entendernos o tener razón? En función de la respuesta, actúa.

Siempre eliges tú.

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No establecer límites no resuelve el conflicto

Muchas veces actuamos en contra de nuestras necesidades más básicas. Cuando estamos inmersos en una relación conflictiva, llegamos a desgastarnos tanto que dejamos de establecer límites que protegen lo más nuestro. Es un mecanismo que nos aleja de la discusión, del conflicto, de la controversia, pero de manera puntual, a corto plazo. No obstante, todo deja poso, el equilibrio mental queda mermado y aparecen consecuencias tarde o temprano. Si, además, esta actitud es recurrente, los efectos son más perjudiciales.

En ocasiones, no ver  cuáles son nuestras necesidades puede ser una causa de descuidar los límites. Otras veces, reconocemos qué necesidad está en juego y en cambio no hacemos nada por cuidarla para evitar la confrontación con el otro. Si se trata de esto último, ¿para qué no delimitamos?

Es necesario hacernos conscientes cuando decidamos establecer un límite. Y esto no significa limitar al otro para que no se acerque al cerco preparado, significa localizar claramente en qué momento consideramos violado el espacio básico que afecta a nuestro equilibrio y acotarlo.

No es lo mismo, por ejemplo, exigir a una persona que se vaya porque necesitamos pensar a solas, que marcharnos a otro lugar para satisfacer nuestra necesidad. Esto parece simple en este supuesto pero si lo trasladamos a miles de momentos de nuestra vida, nos damos cuenta de qué modo permitimos apagar nuestra necesidad por no tomar la decisión de ser sinceros en el momento o por evitar explicar cómo nos sentimos. Utilizando el ejemplo como símil, cuántas veces nos hemos quedado sin satisfacer ese rato de soledad por no mostrar una supuesta descortesía con la otra persona o cuántas veces hemos podido exigir al otro que haga algo para que podamos disfrutar de un tiempo para pensar.

Esta actitud nos define. ¿Dejamos de cercar nuestras necesidades permitiendo la injerencia del otro en nuestro núcleo más básico? ¿Limitamos o establemos límites?

Si deseamos respeto, necesitamos respetarnos. Considerar qué necesitamos en cada momento y hacerlo valer. Entender claramente qué es lo que precisamos y buscar la vía de satisfacción más adecuada para no limitar al otro en sus necesidades.

Otro ejemplo: Imaginemos que necesitamos concentración para trabajar eficientemente. Si trabajamos en un espacio con más personas, hemos de buscar una opción que nos permita concentración (que es lo que realmente queremos hacer valer). Si no determinamos claramente cuál es la necesidad más básica en juego (concentración) podemos desorientarnos a la hora de buscar la estrategia más adecuada. Podríamos elegir pedir a los compañeros silencio constante para lograr concentración. Esto les limita a ellos y su necesidad de interactuar. Podríamos pedir a nuestro superior un espacio para trabajar en soledad. Si esto no merma los intereses de la empresa, puede ser una vía de solución porque no limita a nadie, en principio. Supongamos que esta vía no fuera posible por falta de espacio. ¿Qué solución podemos adoptar para proteger la concentración sin exigir que el resto satisfaga nuestra necesidad? También podemos tirar la toalla y resignarnos a no trabajar eficientemente. Cada cual puede pensar en la solución más idónea, no hay respuesta única ni mejor. La creatividad, en este caso, es un gran aliado.

Conocer nuestras necesidades, saber expresarlas y diferenciar qué significa proteger o exigir protección.

Si no queremos contactar con nosotros mismos para entender qué nos hace falta, ¿para qué lo hacemos?

Si decidimos no expresar nuestras necesidades, ¿qué queremos lograr?

Si no decidimos estrategias que protejan lo que precisamos, ¿con qué objetivo?

Siempre eliges tú.

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Cuando el refugio interno es una opción

Siempre hay una luz que separa nuestro interior de todo lo demás. Lo sé. Protege, amortigua, ampara y vela. A veces el refugio es la mejor opción, coger fuerzas, aire y volver a salir ahí fuera donde la hostilidad es tan enorme o donde la manipulación es la tendencia. El auto control es la clave.

Sea cual sea la situación, ese lugar en uno mismo, es único y nunca desaparece del todo. Y es que quien tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo. Y cada uno elige la actitud que adopta en cada circunstancia. ¿Qué significa para ti la situación que estás viviendo ahora? Es lo que verdaderamente importa, tu significado y lo que eliges en cada momento para enfocar lo que vives. Eso nadie, absolutamente nadie lo puede arrebatar.

Siempre elegimos nosotros.

Cualquiera puede tratar de desnivelarnos o de utilizarnos. Sólo nosotros podemos marcar los límites de la situación concreta. Auto controlarnos es la prioridad para no ceder poder a quien sabe qué hacer con él. Si recordamos cómo funciona la mente manipuladora, sabemos que su néctar es la explosión de la víctima. Darle precisamente eso le alimenta.

¿Cómo evitarlo? Neutralidad emocional. Y nuestra reacción es nuestra más preciada responsabilidad, el momento lo decidimos nosotros. Descansar en el refugio, nutrirnos de lo necesario, calmar emociones para levantar nuevamente el vuelo y continuar asépticamente. Porque, ante la provocación, necesitamos tomar la decisión de reaccionar o mantener nuestra estabilidad. Y aquí necesitamos emplear nuestra fuerza, en esta decisión. Actuar consecuentemente es el segundo paso. Si decidimos preservar nuestra estabilidad, dejaremos de reaccionar para responder exactamente como queremos hacerlo, no como podemos. Nuestra reacción es su segundo plato, lleno de nutrientes. Nuestra estabilidad es su ayuno. Cuidado que el ayuno desespera a quien lo padece y hará todo cuanto esté en su mano por lograr más y más alimento. Y su postre es conocer aspectos personales de nuestra vida, sabe dónde almacenarlo para exprimir al máximo su jugo. Cualquier opinión que mostremos, le da pistas para jugar su juego, utiliza cualquier atisbo nuestro para atacar en el momento menos esperado.

Respirar con consciencia y analizar cuidadosamente la energía que fluye por nuestro cuerpo antes de reaccionar. Separarnos de la misma situación, observarla de lejos, todo esto nos acerca al refugio que tenemos preparado en nuestro interior. Cálido y mullido, nos dejamos caer sin dudar para cuidarnos de nuevo. El refugio nos devuelve la perspectiva real y es cuando sabemos establecer límites precisos. Cuidar al máximo a qué atendemos, sus ansias de control es su motivo. Si fijamos nuestra atención a lo que espera y desea, logrará nuestro control. Los únicos responsables de elegir a dónde dirigimos nuestra atención somos nosotros mismos, nadie desvía nada, nadie nos hace reaccionar, siempre hay un hueco de luz que separa la intención del otro de nuestra decisión de qué hacer con ello.

Y esa luz es lo que separa a uno mismo de todo lo demás.

Ante cualquier intento de manipulación, puedes encontrar tal resquicio de luz. Siempre está. Templanza.

Siempre eliges tú.

 

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